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Al paso

Dioses de pacotilla

 

Morir no mola. Pero hay que joderse, es la ley más natural. Incluso más que nacer porque nadie nace para que otro muera, pero sí que se muere para que otro nazca y pueda acomodar sus bártulos en el planeta. Pero es que últimamente a la gente le ha dado por no querer morirse nunca como si esta vida fuera la casa de la Troya. Y lo digo sin frivolidad ninguna y con todo el estoicismo del mundo. Y con el coronavirus se están rompiendo los esquemas. Yo me estoy quedando pasmado con lo que pasa. Es cierto que, de toda la vida, las capas populares hemos tenido la sensación de que nos manipulan. Pero con el virus éste no es así, ya que estamos retroalimentando nuestra automanipulación; ya no son esos miembros oscuros ultra magnates los que acuerdan el destino de la peña (como el Soros ese que le quedan dos telediarios al pobre por mucha pasta que tenga). No, es que somos los habitantes de todas partes los que estamos cargándonos el chiringuito: supermercados, ferias, colegios, universidades, tablaos, asociaciones de vecinos, partidos de fútbol profesionales o de barrio... En China han muerto dos mil personas y han hecho un hospital súper guapo en diez días. ¿No se dan cuenta que eso está de puta madre? Que mueran dos mil personas de una gripe en un país que hay mil y pico millones de almas no es novedad, pero que construyan más hospitales en poco tiempo con la falta que hacían, sí que lo es. Por tanto, morir en China del virus es cuestión de muy mala suerte o de pocos recursos. Pero se insiste en los medios en que esto es peor que el cáncer o el Alzhéimer. Ya no es novedad la malaria o el sida de África, ni esos niños que murieron reventaítos de andar desde Siria a Alemania. No, aquí por huevos tiene que parecer que el coronavirus nos va a destrozar la vida, aunque las economías mundiales se vengan abajo por esa caprichosa postura. Se cierran ferias económicas, acontecimientos deportivos, encuentros culturales, supermercados, tiendas de comestibles… ¡mama mía! Y lo peor es que se arruina el turismo que es lo poquito que queda para contratar a las masas sin estudios. Y todo porque tememos a la muerte. ¡Coño que aquí no se queda nadie! Si no lo estuviera viviendo no podría creerlo: ¡un 0,7% de mortandad (sin niños y jóvenes en grupos de riesgo) y todos cagados! Un poquito de por favor que la vamos a liar. En fin, como todo el mundo le ha dado por exagerar, pues yo, en línea con esta columna, voy a minimizar a ver si así tranquilizo un poco: en vez de llamar a la enfermedad esta la voy a llamar corona pollas. Porque la verdad es que me la suda. De algo habrá que morir. ¿O no, dioses de pacotilla?

* Abogado

Opinión

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