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Sin tinta

Mi diario del coronavirus en Córdoba, día 53: Frágiles

Cuando empiezas escribiendo de pequeñas cosas y te topas con el dolor de la realidad

 

Minuto de silencio por Nanda Casado en el Castilla del Pino. - FRANCISCO GONZÁLEZ

María Olmo María Olmo
21/05/2020

Me pongo tempranito a escribir esto, que más que un diario hoy va a ser un mañanario, tras inspeccionar las calles a primera hora en el paseo higiénico (antes se llamaba así) y concluir que sí que hacen falta los 90 nuevos contratos de Sadeco (especialmente si hay 300 operarios confinados en su casa por pertenecer a grupos de riesgo) no solo para desinfectar las calles, sino para continuar ese plan de limpieza en el que el presidente de la empresa municipal, David Dorado, tiene puesto su empeño.

Iba a abundar en eso, pero pasadas las diez de la mañana nos llega a través de María José Raya la triste noticia de que ha fallecido Nanda Casado Salinas, enfermera en su vida profesional, una persona encantadora, inteligente e ingeniosa, muy conocida en Córdoba por sí misma, pero también en el marco de su extensa y querida familia, y se quitan las ganas de escribir pegos, por más que a lo largo de estos dos meses haya puesto aquí muchas tonterías en días que luego eran de honda tristeza por dentro.

En lo profesional, donde apenas la conocía, descubro que Nanda era de una calidad inmensa, reconocida en su carrera y en su tarea actual de enfermera gestora de casos, vinculada al centro de especialidades médicas Castilla del Pino, como lo prueban los ancianos que gracias a su labor han podido evitar el coronavirus y como demuestra la reacción solidaria y emocionada de sus compañeras y compañeros, que ayer le dedicaron un minuto de silencio. Ella era una de esas profesionales a las que hemos agradecido tanto su entrega con esos aplausos que son poco, pero dicen mucho de nuestro reconocimiento.

Nanda me lleva al pasado, a la puerta del colegio recogiendo a la chiquillería, a los cumpleaños, a las madres charlando mientras nuestras criaturas jugaban, a las funciones y las fiestas de fin de curso, y, años después al saludo por la calle, a la mirada amable y la sonrisa cuando ya apenas coincidíamos, pero nos alegraba vernos. Siento, en el adiós de Nanda Casado, y en la pena que deja tras de sí esta pérdida de una mujer valiosa y querida, la fragilidad de la vida, con más intensidad desde este encierro ya parcial que tanto nos debilita, desde este mundo de la epidemia opresivo e incierto, y siento el dolor de su familia.

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