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Sin tinta

Mi diario del coronavirus en Córdoba, día 22: el dolor

P. me asegura que no perdonaría nunca la enfermedad o muerte de un ser querido sin su compañía

 

El Cementerio de la Salud de Córdoba, con la verja cerrada. - A.J. GONZÁLEZ

María Olmo María Olmo
30/03/2020

El dolor y la desesperanza. El no saber dónde estás, por qué te ha caído esto encima, y ni siquiera poder calibrar la hondura de tus sentimientos. La sensación de culpabilidad por algo que en realidad es inevitable estos días: la muerte de un ser querido al que no has podido acompañar y casi no podrás despedir.

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El viernes hablaba por teléfono con P. A. y me decía que le parecía lo más terrible, que los cordobeses y los españoles, cuando todo esto pasara, pediríamos cuentas de no haber podido estar cerca de una persona enferma , acompañar a un moribundo, velar a nuestros muertos, celebrar un funeral que nos permita canalizar el pesar y despedirnos. No se me alcanza qué cuentas podremos pedir. Es más, deseo con todas mis fuerzas que la catástrofe que tenemos encima no nos lleve por derroteros terribles en el futuro.

Pero la comprendo. Comprendo que diga que no lo perdonaría. Con la ansiedad que tenemos de que no nos alcance esta plaga, y, sobre todo, de que no alcance a nuestros seres queridos, que no se aproxime (el domingo pasado, nuestro vecino Álvaro propuso una cita de «aperitivo en los balcones», que resultó muy agradable, y yo diría que entre ese avistamiento y el de los aplausos de las ocho estábamos todos los de la calle), con esa ansiedad, repito, recibimos con enorme pesar todo lo relacionado con el coronavirus. Recibo un wasap en el que X. me comunica que su suegra ha fallecido en una residencia, de una dolencia distinta aparentemente, y que los hijos, tras dos semanas sin poder visitarla, solo saben que ya les comunicarán cuándo será el funeral y cuántos podrán asistir. ¿Cabe más impotencia, más desesperación, más dolor?

El miedo es grande, pero les aseguro que más, mucho más, entre nuestros mayores, pues así lo percibo, y más sabiendo que hay tanta gente confinada en casa con síntomas sin que se les haya hecho el test, o que de algunos decesos no está claro si el desencadenante es el covid-19. No quiero pensar en el terror de las personas que viven en residencias de mayores. La mayoría tiene al menos un personal entregado y valiente. Hay que ayudarles.

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