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Tribuna abierta

Diario de un año raro

 

Diario de un año raro -

Olga Merino Olga Merino
15/12/2019

Me han regalado un cuaderno tan bonito como venenoso. Una libreta Leuchtturm1917 negra, muy elegante, de tapa dura, papel de 80 gramos, una goma lateral y con un epígrafe impreso en la página de cortesía: «Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años» (Abraham Lincoln), una frase demasiado redicha para mi gusto. En realidad, se trata de un diario con sus lunes y sus domingos, pero no uno cualquiera, con 366 días --ojo, el 2020 viene bisiesto--, sino uno pensado para contener anotaciones durante los próximos cinco años. ¡Un lustro! Menuda ocurrencia. Deslizas el pulgar por el corte de las hojas, como si la libreta fuera un foliscopio, y la blancura de los 1.827 días sin estrenar produce un vértigo atroz ante lo que pueda esconderse entre los pliegues. ¿Sorpresas? Las mínimas, por favor. Que el camino sea más o menos andadero.

Todo parte de un error (¿qué haríamos sin los malentendidos?) porque la persona que me lo obsequió quiso entender que suelo utilizarlos. ¿Un diario?, ¿servidora? Lo que tengo son libretas sin orden ni concierto, un cerro de ellas, escritas más o menos desde los 20 años, donde pego algún recorte de prensa, fotos o ilustraciones que me gustan, y anoto lecturas, frases afortunadas cazadas al vuelo, alguna idea que se queda en ese estadio, chorradas, comidas con amigos y los contratiempos de turno. Me acompañan sobre todo cuando estoy metida en el fregado de una novela, en los retrocesos y en las pájaras, porque, cuando el artefacto tira millas, a nadie se le ocurre perder el tiempo consignándolo.

La de este año es una libreta extraña, con muchos huecos. Un cuaderno raro para un año raro. No apuraré hasta la última hoja: la plantaré el 31 de diciembre o quizá antes. Lo más duro, la muerte de Enrique de Hériz, una rabia que hasta el momento he sido incapaz de rebajar con tinta. Tardé casi 15 días en introducir una sola entrada, y cuando lo hice fue para hablar de las ampollas bíblicas que me hice en los pies el día de su fallecimiento. Una amiga, por distraerme, para que nos diera el aire, me sacó a caminar. Me puse a desgana y medio lela unos calcetines de media con las Dr. Martens. Ampollas; menudo diario.

Recorro las páginas al azar, y aparece una rinitis alérgica tras la exhumación de Franco. Hacia atrás, la primera victoria de Pedro Sánchez. Hacia delante, el andamio de la fachada. En el medio, una pequeña decepción. También cuatro notas sobre un feliz viaje a la campiña inglesa y a Manchester. La pérdida de unas llaves. Las hogueras bajo el balcón tras la sentencia. El asco que me produjo saber que en Montserrat se taparon abusos sexuales durante años... Retazos del día a día sin propósito; un verdadero dietario no es la vida en directo.

Me gusta frecuentar la literatura de la memoria, porque permite conocer el mundo interior de los pensadores y la época en que vivieron. Con los diarios de Samuel Pepys, por ejemplo, puedes recorrer de su mano las calles de Londres durante el gran incendio de 1666: «Las casas están demasiado juntas en ese barrio, y llenas de material combustible, como la resina y el alquitrán, sin contar los comercios de aceite, aguardiente y de vino, a lo largo del Támesis». He disfrutado mucho con algunos. Los de Virginia Woolf. Los últimos y durísimos de Josep Pla («siento que me he hecho viejo, que cada día soy más viejo. ¿Qué viviré? ¿Tres años? ¿Seis años?»). Miguel Torga. Tennessee Williams. Sylvia Plath («hoy estoy muy deprimida. He sido incapaz de escribir nada. Dioses amenazantes. Me siento exiliada en una estrella fría»). Gil de Biedma. Enric Soria. Andrés Trapiello. John Cheever («mi padre colgaba la ropa interior de un clavo que había en la puerta del cuarto de baño»). Jules Renard. Laura Freixas. Julio Ramón Ribeyro («sin dinero, pude comer y conversar con mis amigos. Uno de ellos me dio su paquete de cigarrillos para que los fumara esta noche»).

En los dietarios, en los que merecen la pena, el lector descubre a través de anotaciones que se antojan dispersas el auténtico sentido de las cosas, el paso del tiempo, la urdimbre de la vida. Los verdaderamente buenos cumplen tres requisitos al menos: la disposición reflexiva sobre la propia vida; un aire de sinceridad, de no esconder las taras ni las pequeñas mezquindades; y cierta voluntad de estilo, lejos de la solemnidad, en el difícil ejercicio de que estén escritos sin que lo parezca. En este sentido, acabo de hacer un descubrimiento tardío porque el autor, Iñaki Uriarte, un vasco nacido en Nueva York, lleva 20 años escribiéndolos («cumpleaños de María. Sesenta. Fallé. María llevaba tiempo diciendo que no quería celebrarlo. Ni siquiera salimos a cenar. Resultó que sí quería»). La editorial Pepitas de Calabaza acaba de publicar en un solo volumen todos sus Diarios. Imperdibles. Un inventario majestuoso de la vida pequeña.

* Escritora y periodista

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