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Historia en el tiempo

De la decadencia a la destrucción

Cuarto artículo de la serie, dedicado esta vez al catolicismo en Europa

 

Con pocas concesiones al estilo indirecto y a los convencionalismos corteses, el hoy muy famoso cardenal Robert Sarah enfrenta a su muy admirado Viejo Continente con el destino fatal de su descaecimiento y posterior desaparición. El catolicismo, principal ingrediente de la fecunda civilización de la fuese partera, se encuentra en su histórico y patricio solar en la misma situación, aunque con la diferencia sustancial de que podrá nuclear otros pueblos y culturas, agotada su misión en Occidente. Su ideario y mensaje están por encima de naciones, estados y geografías.

Mas en el ámbito europeo es muy probable, a los ojos del citado cardenal guineano, que las próximas generaciones, después de haber protagonizado su crisis final, contemplen, como lo hicieran San Agustín y sus coetáneos ante el increíble y espectacular desplome de Roma y su espléndida civilización, el lancinante hundimiento de la no menos fecunda y creadora que la sucediera entre el Atlántico y los Urales, antes de su expansión mundial.

Según se recordaba en artículos precedentes, en pos de la impactante obra spengleriana, han sido muchos los pensadores que propalaron lo esencial del corpus ideológico del autor alemán, y un riguroso contemporáneo suyo, el gran poeta y lúcido ensayista francés, Paul Valéry, gritó clamorosamente: «¡Civilizaciones, recordad que sois mortales!». Más o menos alhacarientas, iguales voces se escucharon veinte años después con la terminación de la segunda guerra mundial. Uno de los más indiscutibles maîtres à penser del momento, M. Hedeigger, en la cumbre de su prestigio intelectual, creía que «solo un dios puede salvarnos».

Sin declararlo apodícticamente y sin inclinación especial por los trenos apocalípticos, el cardenal africano -culturalmente de un afrancesamiento prístino e impecable factura literaria y hondura conceptual- cree con firmeza que el catolicismo en su plasmación europea se encuentra al borde de la extinción, sin que por ello sentencie su inexorable final ni menos aún la posibilidad de volver a la estricta fidelidad evangélica. En su descarnado análisis, empero, esta hipótesis se desvela remota. La secularización de las sociedades del Viejo Continente alcanzaron ya tales extremos que se hace arduo imaginar un salvador golpe de timón frente a los desviacionismos de muy fuerte musculatura; la infirmidad de los testimonios; el espectral y hondo vaciamiento de las conciencias en punto a los manantiales más genuinos del credo cristiano y, finalmente, el silencio casi cósmico de la palabra de Cristo y su mensaje redentor reinante en tierras y mansiones presididas secularmente por la Cruz. Desde el espectáculo bufonesco de muchos entierros y de eutrapélicas primeras comuniones, hasta la simple negación de la vida en no pocos hospitales y las multitudinarias protestas callejeras contra hábitos nacidos al calor de la doctrina fijada por la Iglesia a través de los siglos, es un terreno por entero yermo el que recibe en Europa una siembra cristiana con cada vez menos obreros, sometidos, por contera, a la continua discusión sobre su estado y vocación.

Justamente, por haber introducido su sabia y diligente pluma en el corazón de una de las principales controversias de ese sesgo, la laboriosa y ejemplar senectud del cardenal guineano, que ya sufriera los horrores de la persecución de Seku-Tore en su Guinea natal, se encuentra remecida implacable en su tramo postrero.

*Catedrático

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