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Tribuna abierta

Sobre la crisis que viene

No hay que dejarse llevar por los agoreros, sino afrontarla en la actual fase del ciclo económico

 

Sobre la crisis que viene -

Si busca en Google «la crisis que viene», descubrirá que hay 87 millones de resultados al respecto. Evidentemente, tecleada así de forma genérica, la frase corresponde a muchos otros años anteriores -los que recoja el buscador- y no solo al actual. Ya que el mundo de las profecías es fascinante, y más el de las académicas, que siempre se acaban cumpliendo aunque sea en otra época -y no será porque la teoría sobre los ciclos de Schumpeter sea imprescindible para entender la economía-, es difícil abstraerse y negar la mayor con los datos cotidianos: la crisis que viene.

De hecho, en la serie de noticias recurrentes que forman parte de la agenda diaria, la relativa a la crisis que se avecina ocupa un lugar destacado. Basta ver la información económica de cualquier medio de referencia para encontrar un apunte, una nota o un análisis sobre ella.

En otro plano, podríamos darle perspectiva histórica al concepto y elevarlo con los ojos de Yuval Harari -uno de los autores más recomendables del escenario actual- y de otros como Steve Pinker o David Roser: hoy vivimos mejor que hace apenas 50 años.

El hambre, las pandemias y las guerras son «retos manejables» frente a épocas recientes y la pobreza extrema desciende de forma exponencial con mayor rapidez en el mundo. De hecho, uno de los datos más elocuentes y paradójicos (desde la óptica de la salud pública) es que el número de personas que mueren por sobrepeso está igualando, e incluso superando, al de quienes mueren por hambre.

Sin embargo, no se trata de «subir» tan alto porque se corre el riesgo de relativizar el aquí y ahora que, por otra parte, es el presente que construye el futuro. Es decir, no se puede negar que la perspectiva de la evolución es positiva y optimista, pero el trabajo que queda por delante para mejorar y hacer frente a los nuevos retos que tenemos por delante en el planeta es, sencillamente, ingente.

Al presente

Bajando de nuevo a la tierra, es un hecho contrastado el avance en transparencia pública de la última década a raíz, precisamente, de la crisis de 2007. Y no solo en transparencia, sino en determinación institucional (ahí está el papel del Banco Central Europeo). Si no fuera por ella, el populismo (de cualquier ámbito y extremo) nos habría devuelto a épocas tan oscuras como recientes. Hoy, al menos, estamos en condiciones de identificarlo y combatirlo.

Porque, y aquí está la idea central de la reflexión, la certeza de que la crisis es inevitable porque siempre acaba llegando y no hay que dejarse asustar por los agoreros que están todo el día anunciándola: corresponde a otra fase del ciclo, en la que ya no estamos.

Es precisamente la transparencia pública la que permite que, más allá de conocer de inmediato o al menos muy rápidamente, qué es lo que está sucediendo con los indicadores económicos y su correspondencia con la realidad cotidiana, se interpreten correctamente como tendencia a futuro.

Con ello, se pueden discutir las respuestas -algunas de las cuales ya están por encima del debate clásico de «más o menos impuestos», como puede verse en algunos programas de los incipientes candidatos a las presidenciales estadounidenses de 2020, por ejemplo el de la senadora Elizabeth Warren- y, sobre todo, demostrar dos cosas que siguen siendo asignaturas pendientes en gran parte de la gobernanza actual de cualquier ámbito: realismo y responsabilidad.

Rendición de cuentas

Al final suele suceder que la famosa accountability, o sea, la vieja rendición de cuentas que tanta «literatura» de carácter político, económico y hasta cultural ha producido en los últimos años se ha dirigido a otras cuestiones como la corrupción pública o el mal gobierno financiero.

Lo más directo, simple y visible, la crisis que viene a partir de los datos cotidianos, acaba siendo o bien una negación «terapéutica para no provocar alarmas», o bien un principio «relativista ya que venir vendrá seguro y cuándo, ya veremos», o bien un recurso «barato de quienes disfrutan siendo profetas del desastre».

En realidad, todo esto es puro populismo interpretativo frente a un mundo que, hoy por hoy, parece superar a quienes deberían de estar trabajando en nuestro país para buscar las respuestas a esta crisis que viene y saber conducirla ahora que estamos en otra fase del ciclo. Por supuesto que no es nada nuevo pero hay que insistir en ello porque el futuro será lo que ocurra en el presente y ya deberíamos de haber aprendido esto hace doce años.

* Periodista

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