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Tribuna abierta

Creer en los Reyes Magos

Esos rituales navideños compartidos son la masa con la que se construyen los recuerdos

 

Creer en los Reyes Magos -

Creo en los Reyes Magos. Hay quien se asombra, especialmente si son niños que se acercan a la pubertad. Les digo «¿Has escrito ya la carta? Acuérdate, deja un tentempié para los camellos». Creen que intento engañarlos y que lo afirmo para hacerles sentir pequeños. Me miran con desdén, como diciendo: «¿Por quién me tomas? No soy un bebé, ya no creo en esas paparruchas. Conozco la verdad». No llegan a pronunciarlo, pero lo intuyo tras su mirada y esa sonrisa torcida. Sé que aún se debaten entre la información que otro niño les ha revelado recientemente («Los Reyes son...») y el anhelo de seguir creyendo y perteneciendo a un mundo que se aleja: la infancia.

Los niños que ante la noche de Reyes saben, pero aún dudan, están en un punto delicado. Empiezan a salir de la infancia, pero no del todo. Se asoman a su futuro de adolescentes y titubean. Unos días son ariscos, pues están muy convencidos de dar ese salto y crecer cuanto antes, y al siguiente dudan y buscan de nuevo los mimos de sus padres. Son conscientes de que dejan atrás la etapa en la que se podía creer en lo bello y lo bueno; presienten que aquel mundo de una pieza tenía ventajas y era mejor, sin dobleces, ni engaños, ni contradicciones. Al niño entonces le revienta que los regalos de Reyes no los traigan los Reyes, como creía hasta antes de ayer, y se enfada con nosotros, los torpes mensajeros de malas noticias. Sabe que era más hermoso vivir para jugar, comer, dormir y no descubrir que tantas cosas son una falacia.

Creer en hadas, gigantes y brujas permite al niño explorar su mundo interno. Sentir el miedo a la oscuridad en el pasillo de casa de la abuela, es como sentir temor al cruzar un bosque poblado de alimañas. Superarlo o, al menos, saber tolerar esa incertidumbre, tiene utilidad. De ahí que la imaginación constituya una herramienta de crecimiento, pero no solo.

La noche de Reyes y el resto de fiestas navideñas suponen además un mecanismo de adaptación social. Conservar rituales como la carta con la lista de deseos, la cabalgata, el roscón, las uvas en Nochevieja, el Nacimiento y el árbol con sus adornos, es útil socialmente, aunque la fe en su significado se haya perdido. Esos rituales compartidos son la masa con la que se construyen los recuerdos. Y los recuerdos de las experiencias comunes son el pegamento que une a las familias.

En Navidad, como en aquella canción de Mecano, los españolitos hacemos, por una vez, algo al unísono. El ritmo viene muy marcado y, aunque vayan variando los detalles, lo esencial se repite. Todos estamos de acuerdo en que se compra lotería, se comen turrones y mazapanes, se brinda con cava y se comen uvas. Eso nos permite reconocernos como miembros de un mismo grupo al tiempo que nos proporciona una cierta seguridad, quizá la única, de que hay cosas que nunca cambiarán, aunque sean las discusiones entre parientes, los entripados y el hartazgo de tanta fiesta.

Tal vez por eso, a pesar de que el modelo de familia tradicional se encuentre en declive, seguimos conservando el ritual adaptándolo a las nuevas circunstancias. Aunque nos llevemos mal, y quizá, de poder elegir, hubiéramos elegido otros parientes, el modelo tradicional de reunión familiar en torno a la mesa cuando llega Navidad persiste. Con sus rituales, las celebraciones navideñas refuerzan la familia porque sin necesidad de grandes aspavientos, solo con los hechos, transmiten el mensaje de que esos lazos son sólidos.

La familia es un colchón social muy importante en el sur de Europa. Amortigua los golpes del paro, de la enfermedad, de los distintos reveses de la vida. Nos llevemos bien o nos resultemos inaguantables, generalmente podemos contar con nuestra familia; de hecho, un riesgo de exclusión importante es la falta de ella. Por eso en sociedades como la nuestra que se apoyan en un modelo económico-social familiarista, las Navidades se toman muy seriamente. A menos que se pertenezca al sector de la hostelería o el comercio, donde toca trabajar a destajo, los empresarios toleran que el rendimiento en estas fechas baje y que la oficina esté a medio fuelle. Se sobreentiende que, para que el sistema no colapse, es necesario que demos prioridad a actividades de familia sobre cualquier otro ítem en la agenda.

Nuestro modelo familiarista cubre las carencias de las que en el norte de Europa se ocupa el Estado. Será por eso por lo que yo sigo creyendo en los Reyes Magos, tres sabios de Oriente Medio no muy distintos de nosotros que cada año cuando llegan estas fechas pasan por casa para recordarnos que, de vez en cuando, lo bello y lo bueno todavía existe.

*Escritora y guionista

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