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Tribuna abierta

Coronavirus y el mundo rural

La epidemia del covid-19 ha puesto al descubierto nuestras debilidades, no solo como sociedad inteligente, sino como sociedad autosuficiente

 

Coronavirus y el mundo rural -

JAVIER CABRERA DE CASTRO *
03/04/2020

El coronavirus marcará un cambio de hábitos en la población.

Hoy más que nunca, nuestra sociedad, se está haciendo una y mil veces las mismas preguntas:

¿Qué hemos hecho mal?

¿Qué podemos hacer para que nuestras familias puedan estar más seguras en un futuro?

Son preguntas difíciles de responder, cada cual tiene su opinión, yo quiero dar la mía.

Durante años hemos vivido en una constante subida de prestaciones y nivel de bienestar, inapreciables quizá en periodos de tiempo cortos, pero claramente significativas, casi increíbles, si analizamos periodos de varios años. Solo tenemos que mirar nuestros móviles para ver que los que tienen cuatro años están obsoletos, así todo.

Hemos creído que, todo nos lo merecemos y a todo tenemos derecho, sin tener en cuenta que por todo ese “progreso o avance” tarde o temprano se nos iba a pasar factura.

No quiero decir ni que sí, ni que no, que nuestro descontrolado crecimiento haya sido el causante del coronavirus, pero sí puedo afirmar que gracias al covid-19 estamos descubriendo las grandes debilidades que tenemos, no solamente como sociedad inteligente, sino como sociedad autosuficiente.

Hemos valorado más comprar un apartamento en primera línea de playa, de apenas sesenta metros cuadrados, con un coste de entre 200.000 y 400.000 euros, dependiendo del lugar, sin valorar que por esos precios podíamos ser propietarios de una pequeña finca rústica en plena naturaleza. Bueno, pequeña o no tan pequeña pues la apreciación de estos términos no es para todos igual. Por 300.000 euros se pueden encontrar en España fincas de dimensiones muy grandes en base al concepto que la mayoría de urbanitas tienen del espacio. A partir de 50.000 euros multitud de casas en pueblos de dimensiones, seguro, muy superiores a las de sus viviendas habituales y encima, ¡con patio!

Propiedades que, bien planificadas, podemos convertirlas en casi autosuficientes y que nos pueden aportar una calidad de vida que en nada se parece al bullicio que las grandes concentraciones costeras ocasionan, por ejemplo, en las vacaciones. Bullicio que te empuja a un gasto desmesurado y a una actividad, en muchos casos, excesivamente frenética y todo esto, rodeado de multitud de gente que desean lo mismo que tú, en el mismo lugar y tiempo. Ese aparente estado vacacional se convierte en un angustioso periodo del que estoy seguro, nada más empezarlo, muchos desean que acabe cuanto antes.

No critico la playa, la costa... critico la superpoblación, la sobre concentración de personas, que impide que un periodo que ha de servir para descansar, para recargar pilas, actué como bálsamo para todo lo contrario.

La opción de vivir en un pueblo

Hay gente que vive en la ciudad y que, por su condición o actividad, podría hacerlo en un pueblo sin ningún tipo de problema y de forma continua. Es más, podría afirmar que, seguro que el ahorro que tendría, por vivir en un pueblo, le permitiría hacer escapadas a la ciudad que deseara y costearse un buen fin de semana, cosa que no se puede permitir viviendo de forma continua en la ciudad. Paradójico.

En España hay multitud de pueblos que pueden ser una bonita alternativa al turismo veraniego tal como lo entendemos hoy y también a nuestra habitual forma de vida. Una alternativa para refugiarse si los tiempos no vienen como deseamos. Propiedades desde las que se puede teletrabajar, donde podemos encontrar los recursos básicos de manera abundante y de calidad.

En verano están cargados de fiestas populares y en otoño, invierno y primavera son lugares en los que se pueden realizar multitud de actividades relacionadas con la naturaleza o, por ejemplo, visitar ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla...  Desde esta perspectiva las ciudades tienen mucho encanto.

Hace años, cuando la gente no tenía el nivel adquisitivo que se tiene hoy, bueno, más bien el que teníamos antes del estado de alarma, la gente iba a su pueblo a descansar. Muchos tenían como vivienda la casa de sus padres, abuelos... o tenían una vivienda propia.

Hemos de retomar ese pasado. Si lo hacemos encontraremos multitud de ventajas y soluciones que no podemos desvalorar, ventajas para nosotros y para esas comarcas devastadas por la despoblación y que necesitan más gente para subsistir.

Un espacio de tranquilidad que nos ayude a cultivar nuestra mente y nuestro cuerpo, cada uno a su forma.

Un simple paseo por el campo con un grupo de senderismo apreciando el paisaje, sabiendo qué nombre tiene ese gran árbol con el que nos acabamos de cruzar o cómo se llama esa preciosa flor que ha acaparado el interés de todos los que la hemos visto, es una forma de cultivar nuestra mente, además de ejercitar nuestro cuerpo.

Hemos de repoblar el mundo rural. Recuperar nuestro origen sin despreciar nuestro presente y nuestro futuro, pero sí intentando que este sea más seguro y menos incierto.

Entiendo que ante nosotros se presenta una oportunidad histórica para rectificar. Hemos de aprovecharla, hay motivos para que nos lo propongamos.

Es el momento de pasar de la España vaciada a la España equilibrada y para ello nuestro Gobierno ha de facilitar que esos lugares, muchos de ellos mal comunicados, gocen de infraestructuras que eviten que ese sea un motivo para no ir a ellos. Sean dotados de estructuras eléctricas medioambientales y autosuficientes, autónomas.  Y gocen de buenas conexiones de internet, asistencia médica, plataformas culturales y educativas...

Me gustaría hacer una última reflexión a modo de resumen.

Tras esta crisis hay algo que habrá quedado claro; el teletrabajo es una alternativa viable y rentable para muchos casos. Las empresas lo están descubriendo a la fuerza. Esto provocará una deslocalización de parte de su personal tras comprobar que es posible trabajar de esta manera.

En cuanto a las residencias que cada uno de nosotros podamos tener, hay que considerar que para aquellos que solo poseen una, la de la ciudad, si se desprenden de ella o la alquilan, podrían disponer de una vivienda en el campo o pueblo con mayores comodidades y prestaciones.

Por otro lado, para aquellos que tienen dos, les sugeriría que cambiaran su orden, convirtiendo la segunda residencia en la primera.

Estas, entre otras, son parte de la solución.

* Director de Inmocampo

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