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Tribuna abierta

El club de las poetas muertas

 

Lucía Etxebarria Lucía Etxebarria
23/10/2019

Si le gusta a usted la literatura, le ruego que piense en las siguientes escritoras. Virginia Woolf, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Anne Sexton. Si es usted un inmenso/a lector/a inmediatamente habrá averiguado qué tenían todas en común: problemas mentales y suicidio.

Ahora le pido que me diga qué tienen en común estos escritores: Mayakovski, Emilio Salgari, Hemingway, Ángel Ganivet, Larra, Yukio Mishima, Cesare Pevese, Stefan Zweig, Hunter S. Thompson, Sándor Marai, Yukio Mishima, Primo Levi. ¿Ha encontrado ya la conexión? Es la misma. Problemas mentales y suicidio.Sin embargo, en las biografías de las primeras se incide siempre en sus problemas mentales, e incluso se intenta ofrecer un diagnóstico. En el caso de los segundos, no.

Pero las mujeres que he citado no estaban locas.

Virginia Woolf había sido violada por sus dos hermanastros, desde los 13 años. Se intentó tirar por la ventana poco después de la primera violación. Los tratamientos que le prescribían eran una barbaridad: curas de reposo. Días enteros, 24 horas al día, en total inmovilidad, sin permitirle leer ni escribir, ni siquiera levantarse para ir al baño. De hecho, se suicidó al enterarse de que su marido tenía planeado internarla de nuevo en un centro especializado en una de esas curas.

Alfonsina Storni no padecía problema mental alguno. Se suicidó porque sufría un cáncer de pecho. Le habían extirpado ya un seno, pero el cáncer se había reproducido. No había salvación posible y le esperaba una agonía de dolor hasta el inevitable final. Prefirió acortarlo. No estaba loca ni se suicidó por amor, como cuenta la leyenda.

Anne Sexton había sido maltratada y abusada por sus padres, alcohólicos ambos. Después la maltrató su marido, que le pegaba palizas. Los médicos le prescribieron un cóctel de medicamentos absolutamente delirante si una lo lee desde la farmacología moderna: torazina, hidrato de cloral, pentobarbital y deprol, que para colmo ella mezclaba con alcohol. Su equilibrio psíquico, inestable de por sí, se acabó de desmoronar con tanto medicamento.

Sylvia Plath tuvo un primer intento de suicidio cuando era adolescente. Vivía con una madre hiperexigente y su padre había muerto. Para «curarla», la sometieron a electroshocks. Se casó con un marido maltratador y como resultado de una de sus palizas perdió a un bebé. Pero en aquella época no se hablaba de violencia doméstica, sino de cosas de la vida. El marido la dejó por otra mujer y la abandonó en medio del campo, en el invierno más frío que se recordaba en Londres durante décadas, con dos niños pequeños y enfermos. Para colmo, el marido publicaba poemas sobre su nueva amante, Assia. Sylvia se suicidio. Assia lo haría unos años después.

Alejandra Pizarnik era bisexual, judía y andrógina en la Argentina peronista, que era fuertemente antisemita, homófoba y machista. (De hecho, los Perón acogieron en Argentina a numerosos exdignatarios nazis). ¿Qué psiquiatra iba a poder ayudarla si en aquel momento la homosexualidad se consideraba una enfermedad? En su poema Sala de Psicopatología, explica que no puede hablar sobre su vida sexual porque se arriesga a que la encierren de por vida.

Cuando medicalizamos la violencia negamos que existe. Si creemos que la víctima está loca, si consideramos que está deprimida o ansiosa... ocultamos la verdad. Sucedía entonces y sucede hoy. Y cuando la historia miente, nos enseña a seguir mintiendo. Pero no podemos enmascarar la violencia llamando locas a sus víctimas.

* Escritora

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