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Carlos rivera

 

RAFAEL Mir
26/08/2014

A comienzo de este verano, como hacía desde años, cada día lo comenzaba Carlos Rivera contestando espontáneamente y por extenso a la pregunta que invariablemente nos hace Facebook a quienes lo visitamos, con sitio propio para los amigos: "¿Qué estás pensando?". Carlos escribía del amor con fundamento histórico que profesaba a su esposa, ida con Alzheimer; de los gorriones que picoteaban en el alfeizar de sus ventanas; del día que anunciaba el cielo; y eran frecuentes las consideraciones acertadas y oportunas sobre recovecos de nuestra lengua... Y en el lugar adecuado reproducía su último artículo del Diario CORDOBA.

A veces coincidíamos en sus páginas, espalda contra espalda, páginas impar y par de opinión. Esta vecindad me producía una profunda satisfacción, pues al alimón siempre hemos dicho algo a alguien. Con independencia y, por tanto, con riesgo. Supongo que teníamos muchos lectores comunes.

También fuimos vecinos en el Ateneo cordobés, pues ambos publicamos en su Arca libros varios, varias veces.

Como se ha recordado en el obituario publicado en estas páginas, que por bien hecho me libera de referirme a la bibliografía de Rivera, se calificaba a sí mismo de "poeta y escritor", denominación que puede parecer, y serlo en cierta medida, redundante. Pero es cierto que a diferencia de muchos, Carlos distinguía muy bien lo uno y lo otro: él no era partidario de hacer prosa poética ni poesía prosaica. Cada cosa en su sitio y un sitio para cosa. El podía hacer de todo, incluso aforismos, como hizo Vicente Núñez y yo mismo hago, porque la vida te pide a veces greguerías.

Volviendo a los artículos de Rivera, hemos de destacar la gran compensación que hacía de su falta de fe con la abundancia de ideas, lo que es lógico, porque la fe substituye nuestras ideas con las de otros. En ocasiones las personas de mucha fe son absolutamente lelas. Naturalmente era progresista y crítico, para deleite de los enemigos de los tópicos y de los vivas Cartagena.

Su origen rural se manifestaba no solo en su rostro, cabalmente de campesino, sino en su inteligente y caritativa comprensión de los lugareños, frecuentemente ausente en quienes se tienen por cultos y hasta lo son.

Rivera era capaz de desentrañar las marañas culpables de los políticos y financieros de altura --no moral, claro-- con razonamientos muy finos, y al mismo tiempo, de captar y cantar las esencias de lo rural.

Era orgulloso, ante sí mismo, y constante y minucioso como los grandes investigadores. Recuerdo que un día escribí sobre el error de Rivera que en un artículo de prensa daba por supuesto que la calificación y la organización universitaria Erasmus se denominaba así por el de Rótterdam, cuando en realidad se trata de un acrónimo extraído de un título en inglés. Se picó, pero a los dos días sabía más que nadie de Erasmus, y nos brindó públicamente el fruto de sus averiguaciones.

Aquel hombre menudo, arrugado, con mirada enrojecida, no se sentía a gusto en las tribunas públicas, porque como él mismo me decía en una en la que coincidimos, su palabra no era la oral sino la escrita.

Pero, insisto, su palabra escrita era excelente, fuera en el lugar y en el género literario que fuera.

Se le ha calificado de columnista y yo lo califico de articulista, pues pareciendo lo mismo no son iguales los dos escritos; lo que calificamos como columnas o como artículos. Con acortar un artículo no se obtiene una columna de prensa, ni con alargar una columna se consigue un artículo, porque ambos difieren no son solo en la longitud, sino que tienen estructuras diferentes y se piensan y se escriben con ritmo y tiempos distintos.

Ciertamente quienes escribimos en las páginas de opinión de los periódicos no somos periodistas; lo son quienes además de escribir, o casi sin publicar, trabajan en ellos, los hacen.

Pero hubiera estado bien, aunque solo hubiese sido por una vez, que el premio de periodismo de la Asociación, haciendo de tripas generosidad, se hubiera otorgado a un escritor de artículos de opinión. Porque la vecindad y la cohabitación debieran obligar.

El premio a Carlos Rivera habría sido justísimo.

* Abogado y escritor

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1 Comentario
01

Por Marisa 11:52 - 26.08.2014

No fui amiga de Carlos Rivera, ni he conocido bien su obra. A veces leí algún artículo suyo, aquí en el Diario, pero, sinceramente, me parecía un radical político. No obstante, opino que quiénes lo conocían bien, ¿por qué no propiciaron el renombrado galardón de periodismo o lo que fuera? Siempre tarde porque ya el que se va no hace sombra. Así somos; nos lamentamos de lo que pudimos hacerr a tiempo.