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Bajo el puente de hierro

Cañas

 

Cañas -

Antonio Agredano Antonio Agredano
30/05/2020

Son tus amigos hasta que dejan de serlo. Lo aprendí demasiado pronto. Vamos y venimos, y a veces atravesamos otras vidas. Nos quedamos allí un rato, compartimos algunos instantes inolvidables, y luego seguimos nuestro camino. En un mapa de afectos, somos las rutas transparentes. Está bien así. Ya no me supone ningún hipido. El que se cambia de barrio, el que se echa novia, el que se droga de menos, el que se droga de más, el que te quiere por lo que tienes, el que te quiere por lo que dejaste de tener… de la amistad sólo conozco su inconsistencia. Tengo un ventilador apuntándome al corazón. No son arterias, son estalactitas.

La cerveza es el motor que hace girar el tiovivo de la amistad. No cualquier cerveza, no una cerveza enlatada, tibia, sacada del frigorífico con premura y desgana. Hablo más bien de esa caña, Niágara dorado, rompiendo contra el cristal, catarata dúctil, espuma y esperanza. Ese vaso resbalándose sobre la mesa de chapa. Esa fresca huida. Atraparlo, elevarlo para un brindis improvisado, beber con fervorosa pausa y dejarlo agonizar en su mitad justa, durante unos segundos, para referir con el amigo, como en un episodio piloto, los tres o cuatro conceptos primeros de una gran historia. Eso es la amistad y no que me abracen en un entierro.

Una amistad sin bares es un esqueleto, una percha vacía, una exclamación sin frase. Gracias a los bares aún podemos mirarnos a la cara. Hablar, entre risas, de coletas y banderas, de cayetanas y rufianes, de lastras, lastres y lustrosos apellidos. De todo esto, como si nada. Porque quien habla como si nada es que sabe muchas cosas. Probad a escuchar al que sabe poco, porque es el que más fuerte y seguro habla. Y al que todos escuchan sin escucharle, adulándolo tiernamente, como quien acaricia a un perro ruidoso y calma su ladrido con salchichas baratas. Los bares son el pegamento que une España.

He tenido un puñado de buenos amigos en mi vida. A algunos extraño. No soy Frozen, no soy Chabelita. Tengo corazón. Creo. Me palpo. Lo puse en alguna parte. Con todos hablé de política y de futuro. Ahora, ni una cosa ni la otra. Ya no es el virus, es nuestra incapacidad para construir sobre lo que él está destruyendo. Esta cosa invisible que ha chafado hasta nuestra paciencia. No hay mayor tesoro que la espera. El debate político ha superado en endeblez, por primera vez en la historia de nuestra democracia, al que teníamos los bolingas en los bares. Esas conversaciones interminables, faltonas, iluminadas y absolutas.

He vuelto a los bares porque el Gobierno me lo ha permitido. Soy un ciudadano obediente. No a las terrazas, que son el refugio de los canallas, la atalaya de los mirones, de los que no tienen nada que contarse. He vuelto a los bares a través de sus vísceras. La Fase 2. Disección del antro. Mesas de madera rayada, sillas que tiemblan, el graznido de las máquinas. El alma del bar, como la del creyente, está fachada adentro. Allí me senté con mi amigo. Uno de los pocos que me quedan. Y las dos cañas fueron como dos espadas chocando entre rayos en una película de los ochenta. «¿Tú cómo lo ves?», le pregunté. «Hacía treinta años que no rezaba», contestó. Y a lo Laudrup, sin mirar al camarero, le telegrafió dos cañas más, por los nuevos viejos tiempos. Por esta normalidad extraordinaria.

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