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Bajo el puente de hierro

La brevedad

 

La brevedad -

Antonio Agredano Antonio Agredano
06/06/2020

Solo temo a Dios y a la calvicie. Ambos llegan con el tiempo, inmisericordes y repentinos. Ambos recuerdan que la vida es prestada, que los días son placer y verdugo, júbilo y fatalidad. Me persigno y me aparto el flequillo para ver los clareos con la misma fe, con idéntico deseo de piedad. Con la llegada del calor, y por aprovechar la fresquita cuando aterriza suavemente la noche sobre las zonas comunes de mi bloque, se han empezado a juntar en el patio unas cuantas parejas con sus hijos. Llevan neveras con botellines, sillitas de playa, hablan con fervor de política y de otras cosas que parecen divertidas, porque sus carcajadas atraviesan mis cristales. Los niños gritan, sus bicicletas de colores conquistan a pedaladas el verano y parte del sueño de mis pequeños, a los que tanto afán socializador perturba el sueño. Les llamo «los minions», porque cuatro de ellos son completamente calvos. Me asomo a la ventana y veo sus cuatro cabezas bajo el sol postrero, y son como cuatro trozos de un espejo roto en el descampado. Refulgentes y desordenados. No tengo nada contra los calvos, pero tampoco a favor.

De pequeño me apasionaban los descampados. Esos diminutos desiertos urbanos. Tan vastos y misteriosos. Con sus revistas porno azuladas, sus botellines de Águila reventados contra el suelo, sus restos de amor, neumáticos y adicciones. Nada distingue a España de sus descampados. Tienen en común el exceso, la nocturnidad, esta aridez magnética y también un indescifrable abandono. Los campitos de mi niñez ahora son urbanizaciones. Cambiaron la magia por el hormigón. Ya no amanecen allí las migajas del progreso. Jeringuillas y motos despiezadas, condones y carteras vacías, balones pinchados y paquetes de Matutano. Solo hay sitio ya para las hipotecas. El pádel, como la naturaleza, se abre paso. Piscinas donde enamorarse de cónyuges ajenos. Calles sin bautizar. Asfalto virgen. El esqueleto de un colegio. Los restos moribundos de un ladrillo.

Los amigos son vecinos que viven en bloques lejanos. Los entiendo igual de poco. El otro día vi en el Instagram de un colega un pantallazo negro. Debajo, el hashtag #BlackLivesMatter y un mensaje: «La humanidad no puede continuar trágicamente atada en la noche sin estrellas del racismo». Me alegró mucho comprobar que por fin había entrado en razón. Hace apenas un par de años, este mismo amigo me contaba que a ver cómo se apañaba para meter a su hijo en un colegio «más normal» porque el que le tocaba por domicilio «es donde van todos los gitanos de Las Moreras».

Él compró uno de esos pisos que se construyeron sobre los descampados de nuestra infancia. Como quien decide vivir sobre su propio cementerio indio. Allí jugábamos de niños, en aquellos días intrascendentes, manchando de barro las Paredes. La melancolía es inútil, como el lápiz blanco que traen las cajas de Alpino. «Estoy hasta aquí», me dijo este amigo, señalándose la nuez, la última vez que nos vimos. Venía de recoger a su hijo del colegio. Uno de pago. «Estoy invirtiendo en su futuro», me dijo. Y quizá tenga razón. «¿No intentarías darle lo mejor a tu hijo?», me dijo. «Sí», contesté. Anoche le di un helado a Fidel. Uno grande, almendrado y caro. Le estuve observando. Mi primogénito miraba la tele mientras mordisqueaba con delicadeza el chocolate. Percatándose de mi embeleso, se giró hacia mí como diciendo: «¿Qué miras?». Quise contestarle: «La brevedad de todo esto». Hipotecarse, ponerse pelo, barbacoas en el jardín. Invadir los descampados. La vida se estrecha y su fugacidad es más alivio que condena.

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