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Banderas al viento

 

Recogidas las banderas ayer al viento, deshechas las filas prietas y marciales, y con un pie en cabestrillo, me entrego a la melancolía del gris pálido que entra por la ventana de la reflexión. Los periódicos de hoy envolverán el pescado de mañana manchando sus escamas con la tinta de las cifras bamboleantes de sus titulares, así que a taparse la nariz que el ganado de mar huele muy suyo, y lo amas o lo odias, pero huele. Miro los muros de la patria mía --como cantó Francisco de Quevedo y Villegas-- si un tiempo fuertes ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados por quien caduca ya su valentía. Triste oficio este, la mayor parte de las veces, el de ser español. Cierto que en casi todo el mundo la mitad de los habitantes sufre de la otra mitad, no es un mal únicamente nuestro, aunque, puestos a ser originales, nos diferenciamos de otros lugares en despreciar lo que otros suelen tener claro: la unión hace la fuerza. Poeta hubo que dijo aquello de «españoles con futuro y españoles que, por serlo, aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno», pero al buen Celaya le traicionaba la traicionera historia reciente. ¿Por qué no hay que dar por bueno el pasado? He ahí la otra cuestión que nos diferencia del entorno, el eterno cilicio de la culpa sobre lo que fuimos capaces de hacer e hicimos, ahora que nos paralizan los complejos. Deshechas las banderas ayer al viento y hoy de nuevo en los balcones mostrando que aún somos quien somos, recogidas las filas el domingo prietas y marciales, y con el corazón en cabestrillo por la apatía del gris pálido que esta realidad nacional de patanes, pazguatos, gañanes y vendedores de humo que te venden el país como te descuides, no queda sino volver a Quevedo y salir al campo a ver cómo el sol bebe los arroyos del hielo desatados y del monte quejosos los ganados que con sombras hurtó su luz al día. Todo fue para nada y nada fue para algo, los traidores seguirán hoy traicionando, enredando y cambiando de parecer cada minuto para enmascarar su traición. Al menos Simon y Garfunkel me cantan aquella canción que dedicaron a Emily para cuando algún día la encontrasen. No hay más.

* Profesor

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1 Comentario
01

Por Juan Gutiérrez 12:04 - 12.02.2019

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Pero no, enseguida se habría dado cuenta de que delante de toda esta gente no iban ni Casillas, ni Iniesta, ni Sergio Ramos, sino Albert Rivera (Cs), Pablo Casado (PP) y Santiago Abascal (Vox), eso sí, metidos entre líneas con otros “protestones”, algunos de la otra orilla como “los varones de más o menos avanzada edad” como un tal Corcuera (PSOE), movido por “(ir) a la manifestación para defender la Constitución que contribuí a crear” antes que por acompañar a los tres primeros que lo que quieren es “echar del Gobierno” a Pedro Sánchez a quien acusan de querer romper España. Nuestro españolito de a pie, curioso él, pese a su edad, animado por aquello de que “hoy puede ser un gran día” que los altavoces lanzan al aire, se acerca a la Plaza en cuestión y, poniendo la oreja, escucha las razones que animan a aquella gente a reunirse esta mañana: “Me siento indefenso frente a los independentistas”, dice una persona; “estoy harto de las cesiones al separatismo”, dice otra. Y, de pronto, ¡oh, sorpresa¡ suena el himno nacional, que es de todos los españoles, no solo de los de derechas. Y le muestra su respeto en silencio. Sin duda, el espíritu adulterado de un país del mundo civilizado en el siglo que corre puede medirse por la cantidad de gente que calla mientras suena el himno nacional. Al tiempo que en Alemania o Francia el signo es símbolo, y la unión es canción, en España el himno es silencio, más de dos minutos de silencio en los que se adelanta el luto de una muerte continua y, por supuesto, anunciada.