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Bajos vuelos

 

Bajos vuelos -

Miguel Ranchal Miguel Ranchal
28/01/2020

La aventura espacial estará ligada para siempre a una de las grandes deidades de la mitología griega. Fue el programa Apolo el que llevó al hombre a hollar la Luna, un mito que los chinos pretenden recuperar en la presente década. La insolencia humana, el reto de superar las propias leyes de la Física, quizá habría hecho más apropiado denominar Ícaro a aquel fabuloso desafío espacial. Para más señas, Ícaro era un hombre y no tenía el pedigrí del Olimpo. Pero viene bien avituallarte con amuletos contra el marfario. Y es que la aventura del hombre que quiso volar hacia el Sol acabó mal, pues Ícaro se hizo unas alas de cera, y ya se sabe lo que ocurre cuando el Lorenzo aprieta.

Nuestro desafío por volar se cobra de cuando en cuando algunos mitos, cual si las Furias sintiesen debilidad por el baloncesto. Pero también surgen otras colateralidades en eso de especular con el espacio aéreo. Mucho antes de que los Pokemon pontificasen la expansión de la realidad virtual, se arbitraron leyes de navegación aérea, y el concepto de soberanía moduló la insolencia de los dioses, pues era el hombre el que se procuraba sus propios limbos. Por obra y gracia de los hermanos Wright y todos los apóstoles de Ícaro, las terminales de los aeropuertos se convirtieron en una nueva Puerta de Indias; en una Isla de Ellis donde te despiojan con los escáneres. Pero también en el suculento sustituto de la noria del Prater vienés, allá donde Graham Green y Orson Welles se confabularon para espiar -o expiar- misterios.

Ábalos da el cariotipo para enrolarse en el cine negro ibérico. Esa voz rajada superaría el casting para tomarse un Martini en el fabulado Savoy de Antonio Garmendia ¿Ponen posavasos en el ron añejo de los aviones privados venezolanos? Porque en la despresurización del jet lag, las horas de tránsito dan para guionizar coartadas, más que acciones de Gobierno. El Ministro de Transporte se muestra hostil, a la defensiva, víctima de un relato poroso con las conjeturas. ¿Por qué ese lastre, en los acuerdos del Gobierno de coalición, de entibar con silogismos al chavismo?

No es que el Pacto entre Sánchez e Iglesias sean las Capitulaciones de Santa Fe, pero produce cierta perplejidad esa innecesaria quemazón por exponerse a la órbita de Maduro. Hace unos meses, España presentía abanderar el reconocimiento de Guaidó como Presidente legítimo de Venezuela. Europa nos entregaba ese natural abanderamiento por los obvios vínculos que mantenemos con el continente suramericano. Y ahora, por unas trabadas o molestas indefiniciones, parecemos, más que abandonar el avión, el barco. No creo que las reticencias moradas del Gobierno a soltar lastre en el asunto venezolano sean tan crípticas como los misterios de Fátima. Pero extraña esa sobreexposición a contradicciones en un país donde al menos media parroquia grita «Maduro el que no bote». Tras el rocambolesco encuentro con Delcy Rodríguez, se están dando gratuitamente alas al paranoico advenimiento del chavismo. Alfredo Landa, o su trasunto Germán Areta, tal vez habría apagado el cigarrillo en el reposabrazos de la avioneta. Pero, posiblemente, este caso ya estaría resuelto.H

* Abogado

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