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Tribuna abierta

Atrevernos a ser arrogantes

 

Atrevernos a ser arrogantes -

Hace un par de meses, un amigo me recordaba que cuando España entró en la Unión Europea, en el año 86, los funcionarios y políticos que Madrid mandó a Bruselas para preparar la adhesión y trabajar en las instituciones europeas una vez lograda se ganaron el apelativo de «prusianos del Sur». La eficacia, dedicación, y, sí, incluso puntualidad de los españoles sorprendieron a muchos en una ciudad que vive de tópicos.

Yo llegué a Bruselas hace 12 años, cuando estas primeras generaciones estaban ya a punto de jubilarse y la crisis financiera empezaba a intuirse. Junto con Portugal, Irlanda y Grecia, los «prusianos del Sur» se convirtieron en los «PIGS» (cerdos, literalmente) por cortesía de The Economist y el dogmatismo económico imperante. Donde antes había admiración y respeto, ahora había recelos y acusaciones. La crisis económica y financiera desembocó en una crisis de la eurozona que abrió una brecha profunda entre los países del norte y del sur de Europa. Los del norte, con Alemania a la cabeza, estaban convencidos de que la austeridad era el único remedio a los males del euro, de los que acusaban en parte a los vagos y gastizos países del sur. Y estos, a su vez, culpaban de su mala situación económica a la inflexibilidad ideológica y poca creatividad de Alemania. La crisis del euro, precursora del brexit y la crisis migratoria, fue, seguramente la primera vez que los estereotipos nacionales se convirtieron abiertamente en insultos.

Ante esta situación, el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, decidió adoptar un perfil bajo en Europa y pasar lo más desapercibido posible. Su intención era hacer bien los deberes en casa y así evitar males mayores para la reputación y la economía española. Y lo consiguió, aunque el precio a pagar fuera alto, no solo para los españoles, sino también para el papel de España en la UE. Durante los alrededor de seis años que Rajoy estuvo en La Moncloa, el peso de España en la UE disminuyó considerablemente, y Madrid no fue decisivo en ninguno de los debates que se originaron como consecuencia de las diversas crisis en temas tan cruciales para nuestro país como la inmigración, la eurozona y el brexit.

Esto puede estar a punto de cambiar, gracias a una combinación de factores. Este 2019, a España se le han alineado las estrellas, y a las estrellas debería aspirar. Con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, los «seis grandes» (los países más poblados de la UE) se han quedado en cinco. Si de esos cinco descontamos a Polonia e Italia, gobernados por ejecutivos abiertamente hostiles con la UE, cuando no euroescépticos, nos quedan tres: el eje franco-alemán, tradicional motor de la Unión, pero que no pasa por su mejor momento; y España, que tras un par de años de cierta parálisis parlamentaria y con el conflicto catalán en un relativo segundo plano, acaba de elegir a unos diputados que, sea en minoría o en coalición, deberían ser capaces de formar un Gobierno estable. Y no solo eso: España es uno de los pocos países de la UE decididamente proeuropeo y donde la extrema derecha no ha conseguido (¿aún?) un gran apoyo popular. Las elecciones europeas de la próxima semana parecen no importarle mucho a los españoles. Pero el resultado de los comicios españoles importa mucho en la UE.

Ahora que la economía española se está recuperando (a pesar de la amenaza de recesión global), la influencia de España debería crecer también. El peso estratégico de España en la UE no tiene por qué ser una cuestión de colores políticos: todos los gobiernos, sean del signo que sean, tienen la responsabilidad de jugar fuerte en Europa. Pero para eso, primero tenemos que sacudirnos los complejos. Y atrevernos a ser arrogantes. No digo que nos hagamos franceses --al fin y al cabo, a los españoles nos gusta gustar y llevaríamos muy mal eso de que todo el mundo nos odiase--. Ni tampoco que tengamos que pretender ser algo que no somos. Para el dañado ego español, ser arrogante no es, ni más ni menos, que darnos la importancia que tenemos. Y, sobre todo, creérnoslo.

Los próximos meses van a ser importantes para el futuro de la UE. Los estados miembros tendrán que repartirse carteras y puestos claves y fijar las prioridades para los próximos cinco años. España debería lograr configurar un Gobierno estable pronto para poder jugar un papel clave en esta discusión.

Uno de los estereotipos más extendidos sobre los españoles es que hablamos muy alto. Quizás haya llegado la hora de demostrar que eso no se aplica solo a bares, restaurantes, plazas o autobuses, sino también a Europa.

* Investigadora en el Centre for European Reform

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