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La clave

Apropiación indebida

 

Jenn Díaz Jenn Díaz
17/12/2018

A estas alturas del año, cualquier texto que lleve por título «apropiación indebida» parece que vaya a hablar de Rosalía y el flamenco. A menudo utilizamos la expresión cuando nos sentimos amenazados --a menudo el éxito de la persona que supuestamente nos amenaza es mayor al nuestro--. En el arte me atrevería a decir que no existe la apropiación indebida, precisamente porque la creación está sujeta a tantas condicionantes que es imposible controlarlas todas. Carmen Martín Gaite, en El cuento de nunca empezar, le daba vueltas al plagio, y se daba cuenta de que no era una cuestión tan sencilla, puesto que a ella, en un momento dado, la podrían haber acusado de haber plagiado --y con gusto, reconocía-- a Natalia Ginzburg. Fue leyendo aquel texto como descubrí a la que ahora es una de mis autoras de referencia. Y sin pudor puedo decir que me he apropiado indebidamente de ambas.

Pero hay una apropiación indebida que no nos escandaliza tanto. Quizá porque, como siempre, afecta negativamente a esa mitad de la población ninguneada: las mujeres. La apropiación indebida de las ideas que surgen en las reuniones, en los despachos, tomando algo con amigos, en las redes. Sí, esa apropiación indebida. Cuando reflexionas en voz alta, tienes una idea todavía sin desarrollar, la dejas suspendida en el aire, nada, dos pinceladas de una idea que hace días que te ronda por la cabeza; por poner un ejemplo, insinúas que el plagio existe más allá de la copia burda y barata, la copia literal.

Y unos días más tarde, alguien, digamos que un hombre, ha adaptado tu propia idea y le ha dado la vuelta: ahora es suya, ha escrito un artículo, o se la ha contado a su jefe (sí, en masculino), ha hecho unas declaraciones a la prensa o incluso ha sido ovacionado ante el público con una idea pequeña, sin definir, nada, dos o tres pinceladas, que hace una semana era solo una idea tuya. Sí, esa apropiación indebida silenciada: cuando una idea vale más cuando la desarrolla un hombre que cuando lo haces tú, y nadie te reconocerá como su autora. La apropiación indebida del machismo cotidiano.

* Periodista

Opinión

Augures

Miguel Ranchal

Poderes previsibles

Alberto Díaz-Villaseñor

Satisfacción

José Luis Casas Sánchez

Ser escritor

Isabel Agüera

‘Morrosidad’

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