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Colaboración

De Alcaracejos a Nueva York y viceversa

 

Fiesta de la matanza en Alcaracejos. -

Me encanta saber cosas de mi pueblo. Todo lo local me atrae como si fuera un ardoroso romance de juventud. Sus tradiciones, sus gentes, las costumbres que se asoman en bodas, bautizos y entierros. También su gastronomía y las letras de sus jotas; dulces, conservas caseras. Sus ermitas, su dehesa, sus caminos con sus cruces, sus casi fósiles paredes llenas de conversaciones e imágenes no grabadas de viajeros y paseantes, sus dinteles, su subsuelo perforado, su folklore... Me embelesa su pasado, su presente y desde luego me interesa su futuro. Tener un pueblo es un lujo, una gozada, un túnel particular del tiempo. Los pueblos, como los barrios de las capitales, son realidades delicadas que hay que cuidar porque encierran la inocencia de la niñez, la madurez de una vida y miles de cosas más. Nuestro nacimiento nos vincula con lugares y personas y, queramos o no, cada uno de nosotros es un eslabón en la cadena de su historia.

Todo lo de mi pueblo lo entiendo fascinante, pero ¿cómo olvidar que el mundo es un cajón con vastas dimensiones que alberga enormes cantidades de pueblos --tan pueblo como el mío-- y que la naturaleza humana aspira conocer? Porque... tu pueblo anida en la provincia y esta a su vez forma parte de una región. Esa región con otras integran un país. Y ese país con otros define un continente. Continentes hay cinco para la ONU y el COI, pero en Latinoamérica, añadida la Antártida, llegan a contar seis. En las naciones de habla inglesa, para no variar, llegan hasta los siete: los indudables cuatro (África, Asia, Europa y Oceanía) más la citada Antártida junto a las dos Américas. Si la Tierra ya es grande, miremos hacia arriba y contemos galaxias. Qué duda cabe: nuestro pueblo es cualitativamente importante, pero a nivel cuantitativo no pasa de ser una mota de polvo anclada en un planeta.

El tamaño importa y la calidad también, todo depende. Es por eso que resultan magníficos lo pequeño y lo exorbitante. El Universo nos conduce al átomo y el microcosmos a la inmensidad. Guadarramilla y Volga, enano y un gigante, ambos ríos peculiares, convergen en la noción de rio y los dos necesitan la lluvia y dos orillas, de un cauce que los guie, de una inclinación madre. Los dos son importantes y vienen en los mapas.

Si me gusta Alcaracejos es porque puede conducirme de Quito a Mozambique, pasando por Pekín; del gótico al románico y de los visigodos a la guerra civil. Todo está conectado. El conocimiento adopta caminos caprichosos y te ayuda a emprender sendas que te conducen de lo chico a lo grande, de la sombra a la luz, de grutas a pirámides. La Catedral conduce a la Mezquita y la Mezquita nos traslada a la Catedral.

Creo que lo importante es amarrarse a un punto de referencia que te guste. Mejor que te apasione. Llegado ahí, déjate llevar por sus buenas vibraciones porque conocer Alcaracejos y quedarse en el Fresnedoso es una pérdida similar a dominar New York sin visitar los escudos heráldicos de Dos Torres o el Calvario de El Guijo. Defenderé amar los Pedroches siempre que eso me lleve a comprender Turquía; lo mismo que defiendo la construcción de Petra o de la torre Eiffel si eso me facilita al menos vislumbrar la torre de Pedroche o las Cruces de Añora o el Museo del Pastor de Villaralto.

Ser viejo ayuda a comprender a los niños y muchos niños se entienden a la perfección con sus abuelos. Es enriquecedor transitar de lo general a lo particular y de lo particular a lo general; de lo nuevo a lo viejo y de lo viejo a lo nuevo; del silencio a los ruidos y al revés, de la pequeña ermita a la gran catedral; de derecha a la izquierda y de izquierda a derecha; del pueblo al Universo y del Universo a los pueblos; del hombre a la mujer y de la mujer al hombre. Del cero al infinito y viceversa. Enfermedad y salud son estaciones de ida y vuelta porque tanto monta la «a» como la «zeta». Nuestras realidades, aparentemente antagónicas, son escenarios complementarios, portada y contraportada del mismo libro. ¿Qué sería del color blanco sin el negro? Creo que el gran problema es de miopía digital al calificar la vida y situaciones con un cero o un uno

* Profesor

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