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TENSIÓN EN ESTADOS UNIDOS

Una vida en la diana

El asesinato de Floyd obliga a la autorreflexión a un país marcado por la desigualdad

 

Protesta antirracista en Providence (EEUU). - AFP / JOSEPH PREZIOSO

Idoya Noain
07/06/2020

Cuando uno de sus hijos llegó llorando a casa porque otro niño en la guardería le había dicho que no quería jugar con él por ser negro, a Allegra Kennedy se le partió el corazón. Le dijo a su hijo que era «hermoso» y le llamó «rey». Porque en esta casa de protección oficial en el humilde barrio de Jordan, en el norte de Mineápolis, Kennedy, a sus 27 años, tiene claro que todas sus criaturas, y son siete, van a crecer «sabiendo que son reyes y reinas», aunque solo entren 1.000 dólares fijos mensuales.

Cuatro de los cinco padres están ausentes de las vidas de los pequeños igual que su propio padre, un músico, lo estuvo en la complicada infancia de Kennedy en Chicago, que incluyó abusos y violación desde los nueve años, el paso por un reformatorio, los primeros encuentros con una policía dura, el estreno en la maternidad a los 14 años y la violencia de una pareja que le obligó a huir a Minnesota.

Ha recorrido un camino tortuoso que le ha dejado estrés postraumático. Y «cada día es una guerra», pero Kennedy tiene también una visión de un futuro mejor para sus hijos, aunque esté convencida de que «lo que dice la canción de This land is your land (Esta tierra es tu tierra) no es cierto. El sistema en Estados Unidos está organizado para que los negros fracasemos», concluye.

«Muchas cosas no son iguales para nosotros», reflexiona sentada en el porche frontal mientras la prole juega en el jardín. «Todo es un montaje para que sigamos donde estamos», añade. Y pone de ejemplo cómo su diploma del instituto fue anulado porque sus profesores resultaron no estar certificados. O cómo cuando, tras sacarse un título en una escuela médica, fue despedida de un centro de cuidado de ancianos por denunciar el trato que se daba a los residentes.

Una entre 44 millones

Ahora está volcada en sus hijos, gana algún dinero extra con trabajos de peluquería, pero está implicada también en el activismo, desde la promoción de la educación temprana a la reforma del sistema de justicia penal o la ayuda a la comunidad negra para encontrar mejores casas, trabajos, escuelas... Porque, dice, «hay recursos, pero hay que saber descifrar los códigos».

La historia de Kennedy es solo una entre 44 millones, los ciudadanos negros de EEUU, el 13,4% de la población, cuyas realidades, especialmente la de su sufrimiento de una desmedida brutalidad policial y la falta de justicia en esos casos, se diseccionan ahora que el asesinato de George Floyd ha desatado un tsunami de protesta y reivindicación. Y si como ha escrito el mítico baloncestista Kareem Abdul-Jabbar –«el racismo en América es como el polvo en el aire: parece invisible, incluso si te estás ahogando en él, hasta que dejas que entre el sol y entonces ves que está en todas partes»–, el caso Floyd ha sido el más poderoso rayo de luz en mucho tiempo.

Lo es porque ayuda a poner rostro a lo que se sabía, a una realidad que debería haber incomodado a muchos antes. Los hombres negros en EEUU, por ejemplo, tienen 2,5 posibilidades más de morir a manos de la policía que los blancos (1,4 en el caso de las mujeres), según un estudio publicado el año pasado. Y dan escalofríos las conclusiones: uno de cada 1.000 hombres negros pueden esperar ese final.

Cuando en las calles estos días se clama por justicia, no obstante, se va más allá de lograr que rindan cuentas en los tribunales los cuatro agentes involucrados en la muerte de Floyd en Mineápolis, donde en toda la historia solo se ha condenado por un crimen así a un policía (un somalí que mató de un disparo a una mujer blanca australiana). Porque también el sistema de justicia penal está inclinado desfavorablemente para ellos.

La nueva segregación

Los negros de EEUU, según ratifican análisis como los de The sentencing project, tienen más riesgo que los blancos de ser arrestados; es más probable que sean condenados y tienen más opciones de obtener sentencias más duras. Negros y blancos, por ejemplo, consumen drogas a niveles parecidos, pero su tasa de encarcelamiento por cargos vinculados a estupefacientes multiplica por seis la de los blancos.

Datos de la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color muestran que los hombres negros son encarcelados en una proporción cinco veces mayor que los blancos, y las mujeres negras, el doble que las blancas. De los 2,3 millones de personas ingresadas en el sistema penitenciario, el 40%, según Prison Policy Initiative, son negros.

El racismo algo más que latente del sistema es esa rodilla sobre el cuello negro de la que habló el reverendo Al Sharpton en el memorial por Floyd, y lo aplasta todo: de la economía a la sanidad pasando por la educación. Lo constata Victor Byrd, un técnico de moldes de 54 años originario de Detroit. «Es más difícil siempre para una persona negra porque te ponen el doble de obstáculos», contaba esta semana mientras preparaba una barbacoa para su familia, birracial.

Y hablaba de la propiedad de la vivienda, otro de los aspectos donde la disparidad racial es sangrante, con una diferencia del 30%, que en Mineápolis se dispara hasta superar el 50%. «Ilegalizaron la segregación, pero ahora es la gentrificación», dice Byrd. «Supuestamente no es por el color de la piel, que sería ilegal, sino por tus ingresos, pero los negros mueven menos dinero que los blancos. Y sigue siendo segregación», concluye.

En esa realidad entra el factor del desigual acceso a la educación, que en Mineápolis y St. Paul se refleja en datos como que el 82,2% de los adultos negros ha acabado el instituto, frente al 95,9% de los blancos. Le sigue luego la brecha salarial, donde la paga media semanal para hombres negros es el 75% de la de los blancos. Y la montaña de disparidad va elevándose también en ingresos y riqueza. Según datos del 2016, en EEUU harían falta 11,5 hogares negros para acumular la riqueza equivalente a la de un hogar blanco.

Desempleo desigual

A los negros les golpea especialmente el paro, un hecho que Trump quería obviar el jueves cuando se mostró exultante por una recuperación inesperada de empleo en mayo durante la pandemia que, sin embargo, ha excluido a los negros. Y en Mineápolis, el paro entre los negros es un 6% mayor que entre los blancos.

Pero hay más. Según los datos del censo, aunque se va reduciendo la disparidad en el acceso a internet, clave para disponer de herramientas educativas, de búsqueda de trabajo o simplemente para estar informado, el 10,8% de los hogares negros no tienen servicio, tres puntos más que en los hogares blancos. Y el 11,5% de los adultos negros no tienen seguro médico, porcentaje que baja al 7,5% entre los blancos. Y eso, precisamente, en una comunidad más enferma por la inextricable vinculación de economía y salud.

Lo ha puesto de relieve la pandemia, que está castigando especialmente a los negros. Pero es evidente también en otras realidades. Las mujeres negras, por ejemplo, tienen entre tres y cuatro veces más probabilidades de morir de complicaciones durante el embarazo que las blancas, según los Centros de Control y Prevención de Enfermedades.

Quizá por todo eso, cuando Allegra Kennedy habla de las protestas de estos días, donde se repite la proclama black lives matter – «las vidas negras importan»–, ella no quiere ser excluyente. «Todas las vidas importan», asegura. «Pero lo que decimos es que las nuestras son las que están más en la diana». De la policía. Y de algo más.

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