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tensión en Asia

Hong Kong entra en su novena semana de disturbios callejeros

La policía y los jóvenes se citan cada semana en las calles para enfrentamientos de escasa intensidad

 

Un manifestante durante los disturbios de hoy en Hong Kong. - AP / ELSON LI

ADRIÁN FONCILLAS
03/08/2019

El río negro fluye por Mongkok, un distrito salpicado de relojerías y joyerías frecuentadas por los turistas chinos. El caudal avanza por Nathan Road, su principal arteria, sumando más camisetas negras desde sus afluentes a ambas orillas. Be water, my friend, aquel viejo lema de Bruce Lee, integra la iconografía de las protestas de sus compatriotas hongkoneses décadas después. Es una guerrilla urbana sin márgenes definidos, una marea impredecible que puede romper en cualquier momento, aquí unas barricadas levantadas con mobiliario urbano y allá una comisaría asediada. Es inútil preguntarle a los jóvenes dónde van o dónde se zurrarán con la policía para asegurarse una buena tribuna. Hay que dejarse llevar por la corriente y esperar.

Es sábado pero todas las tiendas han bajado la persiana en Nathan Road, una de las calles comerciales más vibrantes de la excolonia. Los jóvenes avanzan despreocupados y festivos, con algún espontáneo mostrándoles el pulgar hacia el cielo. Algunos se ajustan su equipo mientras son tapados por los paraguas de los compañeros. Con sus máscaras antigases integrales y otros recios accesorios parecen preparados para entrar en Chernobyl. Le echo un ojo a mi humilde mascarilla de papel y concluyo que voy a tragar gas lacrimógeno hasta hartarme.

Me la han ofrecido en uno de los frecuentes puestos de avituallamiento. También disponen de botellines de agua y variada comida. Unas galletas? Va a ser una noche larga, me advierte una sonriente joven. Es esa amabilidad que apuntala el enamoramiento del gremio periodístico por la causa. Los defensores del gobierno local y de la policía, reunidos horas antes en el Parque de la Victoria, recibían a la prensa con miradas torvas, desconfiados por el tenaz ninguneo y el cliché de lacayos de un régimen dictatorial. Algunos piden que se les envíe el enlace al artículo publicado para comprobar la fidelidad de la cita.

Huevos e insultos

La policía está escarmentada por las acusaciones de brutalidad cada vez que usa gases lacrimógenos contra quienes les lanzan piedras o lo que encuentren a mano y con su invisibilidad han evitado durante toda la tarde cualquier encontronazo. Es una dejación de funciones intolerable y a los activistas, inflamados de ardor juvenil, no les queda más remedio que ir a buscarlos a su nido. Ha caído la noche cuando inician su acoso a la comisaría de Tsim Sha Tsui. Gritan, insultan, manchan de huevos sus fachadas, utilizan una catapulta para que las piedras salven el muro, prenden fuego a sus puertas y desoyen todas las peticiones de dispersarse. Es cuestión de tiempo que salgan los antidistubios para que empiece la fiesta. Demoran una hora su entrada en acción y desalojan a los congregados con gases lacrimógenos. Los gases son, ciertamente, un incordio. Las primeras dificultades para respirar inducen al pánico y un picor molestísimo inunda los ojos. El asunto se lleva con más sosiego tras un par de experiencias.

También cuesta encontrarle la épica a lo que sigue. Los jóvenes incendian un par de bidones, destrozan alguna señal de tráfico y levantan barricadas con el mobiliario urbano. La policía avanza por Nathan Road y los activistas se parapetan decenas de metros más adelante con los paraguas en la formación tortuga romana para repeler las embestidas. Pero es un constante retroceso que elude la colisión. Los periodistas caminan junto a los disturbios, algunos se hacen autofotos con ellos y la mayoría retransmite en directo cualquier lanzamiento de gas lacrimógeno con la gravedad del que informa del bombardeo sobre Sarajevo. Los agentes no afrontan mayor peligro que el asfixiante calor húmedo bajo sus gruesos uniformes y a medianoche ya han desalojado la avenida hasta el muelle. Fin de la jornada.

Gravedad e injundia

Las autoridades han perdido la paciencia tras nueve semanas de escaramuzas callejeras. La policía detuvo la semana pasada a una cincuentena de jóvenes y se han presentado cargos por disturbios que acarrean hasta diez años de cárcel. El mensaje es diáfano: zurrarse alegremente con la policía no sale gratis.

A la cuestión hongkonesa le sobra gravedad e injundia. Es un magma de problemas económicos, sociales y políticos de solución complicada y con efectos devastadores también en la relación de Pekín con Taiwán. Es más dudoso que estos combates semanales merezcan monopolizar el foco global. Mañana hay programadas otras tres concentraciones.