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EN ESCENA / LÍRICA

El elixir de amor

La ópera vuelve al Gran Teatro de la mano de Donizetti, con un montaje producido por el coliseo cordobés y el Villamarta de Jerez y protagonizado por voces de la tierra

 

El elixir de amor - Foto: SÁNCHEZ MORENO

MANUEL PEDREGOSA
15/04/2016

Retorna la ópera al Gran Teatro de la mano del bergamasco Gaetano Donizetti, exitoso autor lírico que hace de puente entre dos mundos: el pasado de Rossini y el futuro de Verdi. El elixir de amor se presenta en una producción conjunta del teatro Villamarta de Jerez (escena) y el Gran Teatro (música) que contará con los solistas Pablo García López, Auxiliadora Toledano, Germán Olvera, Enric Martínez-Castignani y Lucía Tavira, la colaboración del Coro Ziryab --dirigido por Javier Sáenz López--, la dirección escénica de Francisco López y la musical de Lorenzo Ramos. Se representarán dos funciones, una hoy, a las 21.00 horas, y otra el domingo, a las 19.00 horas.

El estilo musical que desarrolló Donizetti es heredero de Rossini --brillantes y elegantes melodías--, aunque su interés en el desarrollo dramático de los personajes lo acerca al Verdi que vendrá más tarde. El mayor logro de L´elisir consiste en el afortunado encuentro entre lo cómico y lo sentimental, reuniendo en una obra elementos de la ópera buffa y de la lacrimógena commédie larmoyante francesa.

Para ello se deja llevar por una historia simple en la que conviven una pareja de ingenuos y sentimentales jóvenes, un bribón profesional y un sargento que representa el destino adverso, que finalmente se torna favorable.

El joven y pobre Nemorino se enamora de la joven Adina --que aparece leyendo Tristán e Isolda--, a la que corteja el galante sargento Belcore. Nemorino es engañado por el pícaro doctor Dulcamara, que le vende un elixir que supuestamente producirá los mismos efectos que el de Tristán. Tras varias peripecias, los jóvenes encuentran la felicidad.

La ligereza de la música refleja el tratamiento general de la obra --incluso en los pasajes más emotivos--, que se contrapesa construyendo el dramatismo de la misma mediante la humanización de los personajes y en el sentimentalismo que la salpica. La pócima de Donizetti sirve para desarrollar una comedia no exenta de melancolía o frustraciones, una obra ligera que no tiene más pretensiones --ni más efecto-- que la de llevarnos divertidos por un camino de dificultades hacia un final feliz. Nada encontraremos en esta ópera de los abismos existenciales que desvela Wagner a propósito de un filtro de amor bien distinto en Tristán. Dos formas de atacar la vida bien distintas.