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El nuevo tablero político

El 'sanchismo' contra Sánchez

 

Gobierno 8 Pedro Sánchez habla con Carmen Calvo, en el Congreso. - JOSÉ LUIS ROCA

Si las apariencias no engañan, Pedro Sánchez podría lograr ser investido presidente del Gobierno de la 13ª legislatura no sin grandes dificultades y con socios inestables. No era esa la perspectiva que manejaba el secretario general del PSOE al que parece perseguir el sanchismo –como expresión de precariedad política y de resistencia táctica para conseguirlo y retenerlo– labrado a partir de su destitución como líder del socialismo español en aquel recordado comité federal de su partido en octubre del 2016.

El aparato del PSOE, después de dos derrotas en las generales del 2015 (90 escaños) y en las del 2016 (85 diputados), exigió a Sánchez la abstención en la investidura de Mariano Rajoy (137 escaños) para evitar unas terceras a lo que el madrileño se negó (»no es no») proponiendo una alternativa con independentistas y nacionalistas que se rechazó contundentemente. La nomenclatura socialista tumbó a Sánchez, este renunció al acta de diputado ese mismo mes de octubre y se lanzó a ganar unas nuevas primarias a la secretaría general, frente a la candidata oficial, Susana Díaz, y lo consiguió en mayo del 2017.

En esencia, el sanchismo es la heterodoxia del socialismo tradicional en el PSOE y culminó con la victoria de la moción de censura a Rajoy, la primera que prospera en democracia (1 de junio del 2018), con la posterior formación de un Gobierno «bonito» –y claramente preelectoral– que extendió su gestión del verano pasado hasta la primavera abrileña del actual y unas elecciones generales el 28-A que el PSOE de Sánchez acabó ganando ampliamente al PP (123 escaños frente a 66), pero sin sumar mayoría con un desfondado Unidas Podemos (42 diputados), al tiempo que emergían hasta 32 representantes de las fuerzas independentistas catalanas y nacionalistas vascas (moderadas y radicales).

Las tres derechas –PP, Ciudadanos y Vox– se quedaron cortas con 147 escaños, pero sin intención alguna a colaborar con el grupo mayoritaria, mientras que canarios (2 escaños), navarros (2 diputados), el representante cántabro y el valenciano aumentaban su carácter estratégico.

El propósito de Sánchez consistía, al parecer, en dejar el sanchismo –sinónimo de funambulismo político, de riesgo constante y de tactismo permanente– para regresar a los modelos más tradicionales y estables en la conformación de la que será (sería en el peor de los casos) su primera legislatura. Pero ni las actitudes de unos y otros ni los números tanto propios como ajenos cuadran.

En la historia del sanchismo está, como un hito, la negativa de Podemos a votar su investidura en el 2016, después del acuerdo con Ciudadanos. Desde entonces, las relaciones de un Pablo Iglesias prepotente y de un Sánchez receloso, no han mejorado. Ahora el líder morado quiere una coalición mientras que el socialista le ofrece una cooperación, una coalición blanda, sin ministerios para Unidas Podemos, pero sí con algunos cargos de segundo nivel. La operación está encallada pero sin los escaños de Iglesias (42) no hay investidura posible.

La operación del socialismo navarro que, previsiblemente, se hará con el Gobierno de la comunidad foral contando con la abstención de EH Bildu y la conjunción de fuerzas en Canarias, que excluye a Coalición Canaria, restan a Sánchez cuatro escaños para su posible investidura y, sobre todo, atornillan a Ciudadanos en el «no es no» al sanchismo, tratando de demostrar que se trata de un movimiento socialista que no se identifica con el PSOE, como lo acreditaría, según las tesis del partido de Albert Rivera, el hecho de que los naranjas han pactado a troche y moche con el castellano-manchego Emiliano García-Page, repartiéndose las alcaldía de Albacete y Ciudad Real.

Presidente ungido

Por lo demás, las derechas aducen –y tiene lógica el discurso– que Sánchez no estaría en condiciones de reprochar pactos con Vox si el PSOE los cierra, explícita o implícitamente, con Bildu y, eventualmente, con ERC, que será lo que tenga que ocurrir para que –de avenirse Iglesias a una entente– Sánchez renueve la presidencia del Gobierno. Denuncian las derechas –Cs y PP– que Sánchez pretende ser «ungido», y no «investido», porque no habría hecho oferta alguna que permitiese una negociación digna de tal nombre. Desde Ferraz y la Moncloa se replica que tanto Pablo Casado –relajadamente–, como Rivera –más tenso– negaron a Sánchez, de salida, cualquier posibilidad de colaborar en su investidura, restando de esta forma margen alguno para que el presidente en funciones estudiase algún tipo de oferta.

Es difícil que la hubiese formulado porque interactuar con las derechas para conseguir la presidencia era granjearse la enemiga cerrada de los morados y el alejamiento total del PNV –su socio ahora más sólido– y una cierta quietud parlamentaria de los republicanos catalanes.

Así, el síndrome del sanchismo regresa y se plantea, en un escenario distinto pero con características parecidas, como en el comité federal de octubre del 2016. Lo que nos aboca a una legislatura difícil, complicada y, a la postre, corta, o a unas nuevas elecciones.

Porque, ¿cómo lograría Sánchez contentar a Unidas Podemos sin una coalición e institucionalizar a ERC con una sentencia próxima y previsiblemente condenatoria del Tribunal Supremo contra los dirigentes políticos y sociales del proceso soberanista?

Y más aún, ¿cómo sería posible esa estabilidad con un EH Bildu que quiere una política penitenciaria radicalmente distinta mientras Josu Ternera va a protagonizar un juicio histórico, el último a un dirigente de ETA?

Y en fin, ¿cómo se comportará el independentismo cuando Carles Puigdemont sea extraditado a España? Demasiadas preguntas y pocas respuestas.