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ANÁLISIS

Pedro Sánchez no tendrá piedad

 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el viernes, antes de anunciar la fecha de las generales, el 28 de abril. - JOSÉ LUIS ROCA

El 28 de abril es una fecha elegida por Pedro Sánchez y su equipo con una intencionalidad especialmente cuidadosa. Se trata de adelantarse al 26 de mayo –comicios territoriales y europeos– y enfrentarse a esa jornada con el control total del instrumento (el PSOE) que le ha fallado de forma ostensible en los últimos 15 días y que, de nuevo, como en octubre del 2016, cuando fue derrocado por el comité federal de su partido, hizo trizas sus expectativas. Porque el «relato de un fracaso» narrado este jueves por este diario tiene que ver, desde luego, con la negativa de los independentistas a mantener la mayoría de la censura del pasado mes de junio. Pero no solo, ni, acaso, principalmente. La oposición del PP y Cs no ha puntuado en el fiasco presupuestario. Lo han hecho, insisto, los independentistas, pero también, y de modo muy determinante, el fuerte núcleo de resistencia que soporta a contrapelo en el PSOE el liderazgo de Sánchez.

La «purga» de Soraya Rodríguez y de José María Barreda, diputados que discreparon abiertamente con la idea del «relator» e iniciaron un fuego graneado sobre esa pésima iniciativa gubernamental –concesiva indirectamente a las peticiones impresentables de Quim Torra–, y que fueron secundados por barones territoriales y por los tronantes Felipe González y, sobre todo, Alfonso Guerra en la presentación de su libro –durante la que comparó a España con Yemen o Burkina Faso–, quebró la espina dorsal del Ejecutivo. Le obligaron a romper con republicanos y neoconvergentes que, con manifiesta deslealtad, presentaron enmiendas de devolución de los Presupuestos, planteando, también por torpeza táctica del Gobierno, una transacción imposible: cuentas públicas a cambio de introducir en el orden del día el derecho de autodeterminación. El inicio el día 12 del juicio oral penal del proceso soberanista en el Tribunal Supremo terminó por asfixiar al Gobierno en un ambiente de hostilidad que le resultó irrespirable a Sánchez. Y el presidente, que quería ganar tiempo, terminó cediendo.

Desde que accedió a la secretaría general del PSOE en el 2014 –tras ganarle las primarias a Eduardo Madina–, el líder madrileño, quizá por razones generacionales o por criterios ideológicos no conectados sentimentalmente con las décadas precedentes de su partido y, en todo caso, debiéndose desenvolver en la catástrofe que en Europa erosionaba hasta los huesos a los partidos socialdemócratas, ha intentado, sin conseguirlo, ahormar un PSOE distinto, nuevo, reformulado.

No ha podido hasta ahora porque, tanto en las elecciones generales del 20 de diciembre del 2015 (90 escaños) como en las del 26 de junio del 2016 (85), Sánchez perforó el suelo electoral del socialismo. Cuando se negó a abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy para evitar unas terceras elecciones que no auguraban nada bueno para el PSOE y flirteó con la idea de aliarse ya entonces con los independentistas, su partido lo destituyó y armó una gestora (octubre del 2016).

El «resistente» se cogió un coche, recorrió todas las federaciones de su organización y en unas nuevas primarias batió a la candidata oficial Susana Díaz. Pero para entonces él ya había renunciado al escaño y estaba consolidado un grupo parlamentario con muchos efectivos adheridos a la línea tradicional del partido representada por el presidente de la gestora, el asturiano Javier Fernández. Y luego, hasta la moción de censura –maniobra fulminante en la que los independentistas vieron los cielos abiertos, a Rajoy en el infierno y en la Moncloa a un presidente que podría llegar a ser su rehén–, Sánchez ha desarrollado su liderazgo con conciencia de una cierta fragilidad, sintiéndose vigilado por sectores estratégicos del PSOE que, cuando retomó la senda de una audacia sin cálculo (la declaración de Pedralbes y el relator), le volvieron a practicar, concertadamente, una llave de judo.

Sánchez, en la elaboración de las listas del día 28 de abril, no va a tener piedad. Con ellas va a refundar el partido. Se va a desprender de adherencias felipistas y guerristas. Va a dejar atrás el protagonismo socialista en la Transición, va a romper las líneas rojas por la izquierda de su partido, y, en definitiva, va a cincelar eso que Albert Rivera denomina –y acierta– «sanchismo», que será una forma de superar al PSOE que conocemos, un socialismo que ya no tiene pares en Italia, ni en Francia, ni en Portugal y que decae en Alemania de manera alarmante. Se ayudará, seguramente, con lo que quede de Podemos o con las nuevas fórmulas de participación política que son las plataformas cívicas, y reescribirá el guion de la izquierda lo mismo que va hacer la derecha, que ha pasado de una a tres sin que se le haya movido un músculo del rostro ni a Pablo Casado ni a Santiago Abascal y solo haya registrado una mueca de contrariedad –superable, desde luego– en Rivera.

Sánchez ya ha dado pistas de por dónde va: está literalmente harto de determinado PSOE. De ahí que, desafiando las convenciones más elementales, haya irrumpido en las primarias para la candidatura a la Alcaldía de Madrid alineándose con Pepu Hernández y que, reventando usos y prácticas habituales, se haga presentar su libro (Manual de resistencia) el próximo día 21 por Mercedes Milá y Jesús Calleja.

Estos tics del presidente combinados con el perfil desprofesionalizado de muchos de sus ministros y ministras –algunos de ellos, personalidades de galaxias alejadas de la gestión política– delatan que el 28 de abril es un momentum fundacional. Rivera dice que eso es el «sanchismo». Quizá. Pero en todo caso, es la superación del PSOE transicional y la refundación de otro. Que la suerte le sonría es harina de otro costal.