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ENTREVISTA / JULIO MERINO

«Mi ambición era triunfar en el teatro, no como periodista»

Periodista, escritor y dramaturgo

 

Julio Merino, antes del estreno, ayer, de su nueva obra teatral en el Círculo de la Amistad. - SÁNCHEZ MORENO

Carmen Lozano Carmen Lozano
28/12/2017

Ha sido testigo directo de algunos de los momentos cruciales de la vida española desde su faceta como periodista, ha volcado sus conocimientos históricos en numerosas novelas en su vertiente de escritor, y ahora, entre las más de cien obras que acumula, Julio Merino (Nueva Carteya, 1940) estrena un nuevo texto teatral que, bajo el título María Antonieta y la Revolución, recrea la revuelta francesa a través de una serie de sketches que ha seleccionado de cinco de sus novelas en torno a este tema. Un elenco de actores aficionados, algunos de ellos figuras muy conocidas y representativas de Córdoba, pusieron ayer en escena este texto de una manera muy peculiar en el Círculo de la Amistad.

-Salta de la novela al texto teatral con mucha frecuencia. ¿Le gusta especialmente la dramaturgia?

-Pues sí, el teatro ha sido y sigue siendo una de mis grandes pasiones. La primera obra que escribí, con 15 años, fue un drama rural. Por cierto, aquella obrita que estrené en mi pueblo, Nueva Carteya, se llamaba No todo se compra con dinero y 60 años más tarde he escrito una réplica que he titulado Todo se compra con dinero. Es, tal vez, la distancia que separa la ilusión de mi juventud y la realidad de hoy. Es más, cuando con 18 años me fui a Madrid no iba con la intención de hacerme periodista, en mi vieja maleta de madera sólo llevaba las obras de Shakespeare y las de Calderón de la Barca. Mi ambición era triunfar en el teatro.

-Sus escenografías son un tanto particulares, con todos los actores alrededor de una mesa interpretando su texto. ¿Le gustaría llevarlo a un escenario?

--Por supuesto que sí, ver a tus personajes moviéndose en un escenario es algo increíble. Le aseguro que ni el novelista ni el ensayista ni el biógrafo ni el poeta ni el periodista disfruta como el autor de teatro cuando ve a sus personajes vivir en un escenario. En ese momento, como decía Unamuno, el autor se siente Dios.

-Esta obra está basada en cinco libros suyos sobre la época de la Revolución Francesa. Es usted verdaderamente prolífico. ¿Sabe cuántas obras tiene publicadas?

--Si le digo la verdad, ya ni lo sé, pero más de 100, seguro. La Revolución francesa ha sido, quizás, la fuente de algunas de mis obras. Es un tema al que he dedicado muchas horas de mi vida y muchas páginas.

-¿Hay algo de María Antonieta que vaya a descubrir el espectador con este texto?

--Sí, al menos para los no iniciados en la vida de la reina más discutida de la historia. Porque pocos saben que, al final, María Antonieta fue llevada a la guillotina no por sus pecados como reina, sino por haber inducido a su hijo de 8 años al mundo del sexo. Esto sorprenderá a muchos.

-¿Por qué una obra sobre su figura?

--María Antonieta puede ser muy bien un símbolo claro de lo que es el poder y lo que sucede cuando se pierde. Y, todavía más curioso, porque fue una mujer que no supo ser reina pero acabó siendo sincera y honesta consigo misma hasta entregar su cabeza con honor y valentía.

-Hábleme del elenco de actores.

-Solo puedo decir que he conseguido reunir a un grupo de 17 amigos que, sin ser actores profesionales, se han volcado para interpretar sus papeles lo mejor posible. Entre ellos, María del Pino, que hace el papel de María Antonieta; Rafael Blanco, que hace un Robespierre estupendo; Rafael Jordano, en el papel de presidente de la Convención Nacional; Pilar Redondo, que interpreta a Madame Roland, la única mujer que destacó en aquel terremoto de oradores, y a mis dos buenos amigos Juan Luis Galiacho y Jorge Solana, ambos periodistas y profesores de la Universidad que se desplazan desde Madrid con verdadera ilusión. Todos interpretan sus papeles con el máximo entusiasmo.

-Ha sido periodista durante toda su vida y, por tanto, testigo de importantes hechos de la historia reciente de España, pero parece que últimamente se inclina más hacia la ficción. ¿A qué se debe?

--Pues por lo mismo que no le voy a responder a su pregunta, porque no me gusta el periodismo actual, o mejor dicho la falsa libertad de expresión que tienen los propios periodistas. En mis tiempos, y he ejercido antes de Franco y después de Franco, había censura, sí, pero solo una; hoy hay muchas. En cualquier caso, yo ya soy un jubilado y si salvé durante mis años de ejercicio 127 querellas no voy a sufrir otras nuevas a mis 77 años.

-¿Hay algún momento de su vida como periodista que eche de menos?

-No uno, varios. Afortunadamente, viví momentos cruciales de la vida española. Ahora recuerdo con especial emoción el día del atentado que acabó con la vida de Carrero Blanco, y lo que vivimos en la redacción de Pueblo con Emilio Romero al frente. ¿Y cómo puedo olvidar el mes que padecí, siendo director de Pyresa, cuando se moría Franco y no se sabía lo que podía pasar? ¿Y cómo no voy a recordar el día que, siendo director de El Imparcial, me detuvieron falsamente por incitación al asesinato? Tampoco puedo olvidar mis meses de director del Diario de Barcelona y mis largas conversaciones con el presidente Tarradellas. Y no le hablo del 23-F. Entonces era director del Heraldo Español, y aquel día y los siguientes viví cosas que todavía no he podido contar, porque si las cuento no se publican. Solo le puedo decir que mis amigos Torcuato Fernández Miranda y Sabino Fernández Campos murieron de pena por lo mismo que yo callo.

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