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CRÍTICA / ÓPERA

Excelente Otelo

 

Una escena de la clásica obra de ópera representada ayer en el Gran Teatro. - SÁNCHEZ MORENO

Manuel Pedregosa
17/02/2019

Intérpretes: Gregory Kunde (Otelo), Svetlana Aksenova (Desdémona), Ángel Ódena (Yago).
Coro: Coro de Ópera de Córdoba, bajo la dirección de José María Luque.
Música: Orquesta de Córdoba.
Director musical: Miquel Ortega.
Director de escena: Alfonso Romero.
Lugar: Gran Teatro de Córdoba.
Fecha: 15/2/2019.

Con un aforo completo, un cartel más que interesante y tras un minuto de silencio en homenaje al recién fallecido Pablo Domínguez, jefe de sala y protocolo del Gran Teatro, comenzó la representación de Otelo, de Verdi, bajo la dirección de Miquel Ortega, en horario nocturno.

La impactante llegada a puerto de Otelo con la que comienza la obra resultó eficaz en el despliegue escenográfico; la proa del navío en vuelo sobre el foso era una metáfora de la soberbia del victorioso, aunque su escala excesiva para el escenario del Gran Teatro pudo poner en aprietos al coro, que supo moverse con soltura en un reducido espacio. El barco se convierte así en alter ego de Otelo (degradándose y escorándose según avanza la tragedia), en espejo de su alma. Ortega desarrolló con la Orquesta de Córdoba, que sonó desde la oscuridad (también acústica) del foso, un discurso equilibrado, trabajado y eficaz en su encaje dramático, dejando su lugar a las extraordinarias voces de los protagonistas y a las escasas y solventes intervenciones del Coro de Ópera de Córdoba.

El Otelo de Kunde resultó, como muchos esperábamos, imponente. El estadounidense es una autoridad en la escena, dueño de una voz poderosa y flexible que puso al servicio del drama con inteligencia y sensibilidad, sutil en cada una de las facetas del poliédrico personaje: pacificador y justo en el primer acto, inseguro y frágil en el segundo, distante y severo en el tercero, para acabar deshecho y descendiendo a los infiernos en el cuarto. En magnífico contraste con la decadencia de Otelo, la Desdémona de Aksenova mantuvo una inmaculada pureza, una transparencia de carácter y una entrega consciente a su destino que alcanzó una magnífica luminosidad vocal en el Ave María y en la canción del sauce, y Ángel Ódena construyó un odioso Yago en lo vocal y lo escénico, manipulador, colérico y violento en su voz a lo largo de toda la obra. Larga y merecida ovación casi de madrugada.