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EL RELATO

El estigma

TABÚ. Capítulo 5

 

El estigma -

Juan Soto Ivars Juan Soto Ivars
17/08/2019

Bill Haker comprendió que el reverso del carisma es el estigma aquella misma noche, justo después de la emisión. El público, que por lo general esperaba a que terminase para acosarlo en busca de selfis, fue desalojando el estudio en silencio, o murmurando en pequeños grupos, alumbrándose las papadas con sus teléfonos móviles. Los pocos que se acercaron le hicieron comentarios alarmantes: habían consultado sus cuentas de Twitter y le dieron la primera impresión sobre el escándalo.

Algo había podido intuir Bill durante el programa por la actitud de sus colaboradores. Se habían mostrado recelosos en la recta final, maquinales, distantes, como si no quisieran que se les viera demasiado amables a su lado. Le reían las gracias entre dientes y pasaban a recitar sus partes. La ausencia de uno de ellos, el rapero Pe Menac, que la ayudante de dirección atribuyó a una indisposición repentina, era quizá la peor señal de todas. Lo que ignoraba Bill era que su único colaborador negro ya estaba tuiteando contra él. Nada más salir del estudio había hecho pública su renuncia.

–No, no seguiré trabajando con ese cerdo.

Mientras se hacía fotos con los pocos fans que permanecían allí, Bill detectó al presidente de la CBA al fondo. Estaba apoyado en las altas bambalinas con una expresión ausente y sombría. Cosa extraña: habitualmente, John Larkin no solo no se dignaba a descender de su despacho acristalado, sino que aquel día ni siquiera tenía que estar allí. Bill lo suponía borracho, en su mansión, tal y como lo había dejado durante tardes tras la comida de los ejecutivos. Acertaba al menos en una de sus suposiciones: Larkin estaba tan bebido que le faltó poco para precipitarse al suelo cuando intentó salvar el escalón que le separaba del escenario.

El Olimpo de la televisión

Bill fue a saludarlo con un abrazo, pero el presidente lo apartó. Se lo quedó mirando con unos ojos coléricos, inyectados en sangre, amoníaco y vodka. «¿Tan jodido es?», preguntó Bill, y Larkin dijo: «Menudo hijo de puta». Del pecho de Bill brotó una risotada nerviosa. «Vamos, hombre», dijo para quitarle hierro, pero los ojos del presidente lo taladraban con asco y frialdad. Empezó a sentir una angustia punzante y recordó esa llamada perdida de Elisa en su teléfono. Por Groucho y Harpo, ¿tan malo había sido? Con un gruñido, Larkin le hizo un gesto para que lo siguiera y se encaminó dando tumbos al ascensor que conectaba el estudio con su despacho, el planeta con el Olimpo de la televisión. Bill caminaba observando a los técnicos con una mezcla de angustia y curiosidad. A su paso levantaban la cabeza de sus teléfonos y lo miraban pasar sin hacer un gesto o decir una palabra. En el ascensor sacó su propio móvil con la tentación de consultar Twitter, pero logró frenarse a tiempo. Dos horas después de que pronunciara en antena la palabra mágica, más de cien mil firmas exigían a la CBA la cancelación del programa. Tan rápido como instantáneo.

Esto es lo primero que le dijo Larkin cuando se desparramó en su butaca: «Me están pidiendo que cancele tu puto programa». Cuando Bill Haker iba a contestar, John Larkin le hizo un gesto que él pudo descifrar apenas sin esfuerzo.

Obediente, tratando de parecer desenvuelto, fue hasta el minibar y trajo una botella de vodka y dos vasos de cristal. El presidente los llenó hasta arriba e hizo desaparecer el contenido de uno de ellos. Ya no parecía furioso. Parecía apesadumbrado y bastante resignado. Esto multiplicó las pulsaciones de Bill.

–¿Vas a despedirme? –preguntó. Más valía ser claro y resolutivo.

–¿Cómo hostias se te ha ocurrido decir negrata en antena?

–Creo que la palabra que he dicho ha sido negrazo.

–¿Te has vuelto loco? ¿De dónde cojones ha salido esa puta palabra?

–No pretendía ofender a nadie más que a Harrison.

–Pues te has lucido. Esa sabandija que contrataste, el rapero, ha presentado su dimisión.

–Así que su indisposición era grave...

–¿De qué hablas?

–Da igual.

Apuró el vaso de vodka y el presidente sirvió otros dos. No era una mala pregunta. ¿De dónde había salido esa palabra? Era absolutamente imposible atribuirlo a un descuido. Reflexionó un instante mirando su vaso de vodka y recordó la complacencia de los directivos esa misma tarde. Vinieron a su memoria fogonazos del pasado, el lejano placer de ofender a un puñado de paletos. Entoces se dio cuenta de que el móvil del presidente vibraba encima de la mesa.

Desvió los ojos a la pantalla: «Te está llamando Oprah», informó. Larkin torció el gesto y lanzó el móvil al fondo de un cajón. «Ya sé qué quiere decirme», murmuró. Sí. Bill también lo sabía.

Mañana, capítulo 6:?El sintagma.