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NOCHE BLANCA DEL FLAMENCO / CRÍTICA

Dos platos fuertes con un listón muy alto

 

Un momento del espectáculo ofrecido por el Ballet Flamenco de Andalucía. - A. J. GONZÁLEZ

Francisco del Cid
16/06/2019

Espectáculos: Ballet Flamenco de Andalucía y María Terremoto y La Macanita. Lugares: Plaza de las Tendilas y plaza de San Agustín.

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Ya se ha dicho hasta el hartazgo que la Noche Blanca se fraguó en el ardor de las deliberaciones que tuvieron lugar con motivo de la frustrada Capitalidad Cultural, y desde entonces este evento ha venido para quedarse, aunque el respetable presupuesto deje plana otras actividades del prestigio del Concurso Nacional de Arte Flamenco, del que, por cierto, este año todavía nadie ha dicho esta boca es mía, aunque el mes de noviembre esté a la vuelta de la esquina. Pero así son la cosas, y de lo que se trata es que nuevamente la gente se eche a la calle a intentar imbuirse en la programación de esta velada que, siguiendo la tradición, tuvo su punto de partida en la plaza de las Tendillas, lugar al que nos dirigimos con hora y media de antelación para intentar ocupar un lugar digno en el que pudiéramos contemplar las evoluciones de este magnífico Ballet Flamenco de Andalucía, que estuvo a la altura de su prestigio.
Un desarrollo de todo el elenco perfectamente conjuntado que comenzó con unas trepidantes bulerías de Cádiz, para enlazar con el Romance del Conde Sol que popularizó Antonio Mairena por los años 60.

Después, todo fue una concatenación de bailes en la que el compás desaforado de la seguiriya precedió a la Caña basada musicalmente en las letras tradicionales y las falsetas antiguas del toque de guitarra. Posteriormente, todo el grupo, en una insólita declaración de intenciones, echó mano al compás de bulerías, a la diversidad folclórica de los bailes regionales españoles, desde la jota aragonesa, pasando por el Aurresku vasco, los bailes castellanos y la muñeira gallega. Una clausura novedosa, pero que demostró la buena formación de este ballet de todos los andaluces que debemos potenciar.

Y como es ya costumbre, seleccionamos el siguiente evento para poderlo ver en su totalidad, por lo que nuestros pasos se encaminaron a la plaza de San Agustín, que fue llenándose poco a poco para ver, a nuestro entender, uno de los platos fuertes de la noche. Dos figuras señeras del cante más auténticamente jerezano en las voces de la jovencísima María Terremoto y una veterana Macanita. Un evento en el que todo el público salió satisfecho, ya que estas jerezanas, de inigualable rasgo gitano, pusieron el listón muy alto en todo lo que hicieron.

María Terremoto abrió la noche con unas malagueñas del Mellizo, quizás lo más flojo de su actuación, pero en el resto formó el taco cuando acometió la soleá por bulerías, que nos retrotrajo al tiempo pletórico de su abuelo y de su padre, de los que ella ha heredado el eco y esa fuerza sísmica marca de la casa, como demostró en los tangos y, sobre todo, en su cante por bulerías, acordándosele, entre otras, de la Paquera, que puso al público de pie.

La Macanita espoleada, intuimos, por el éxito de este firme valor del cante jerezano, salió a por todas. Los tientos, la soleá y la larga y flamenquísima seguiriya abrieron la puerta para aposentarse en su territorio buleaero, donde se siente más pletórica y segura, entregándose tanto en las letras tradicionales como en ese magistral despliegue de coplas que mete en ese ritmo en el que al igual que su niña lo adorna con una pataita que siempre tiene la virtud de enardecer al respetable que, totalmente volcado, pidió un fin de fiesta que cerró la actuación de las dos en el que las comparaciones con el evento central de esta Noche Blanca eran inevitables. ¡Esto es flamenco!, afirmaban tanto los jóvenes como los veteranos aficionados. Y es que cuando el producto es de calidad no deja indiferente a nadie como así fue en esa bella plaza de San Agustín desde la que dimos por terminada nuestro imposible deambular por el resto de la programación.

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