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CRÍTICA

Crescendo monocromo

 

MANUEL PEDREGOSA
25/03/2017

El séptimo concierto de abono de la Orquesta de Córdoba estuvo confeccionado en torno a Mozart, ciñendo el entorno a obras del salzburgués y de su amigo Anton Eberl, lo que dio lugar a un concierto en exceso homogéneo en opinión de quien escribe, que echó de menos algo de contraste entre las obras.

Comenzó la velada con la obertura de Così fan tutte, que sonó apagada, alejada de la viveza y audacia que caracterizan la trama del Dramma giocoso al que precede. Se redujo a continuación el tamaño de la orquesta para interpretar el Concierto para clarinete, en La mayor, K 622 también de Mozart, para lo cual la formación cordobesa contó con el clarinetista valenciano Roberto Pérez. La interpretación orquestal continuaba desvaída, con algunos problemas en las cuerdas, lo que no impidió que el solista atacara con decisión una interpretación difícil que fue de menos a más tanto en lo técnico como en lo expresivo: en el Adagio, sobre todo en la reexposición, Pérez nos obsequió con una interpretación delicada y etérea gracias a un fraseo preciso y leve, que adquirió firmeza y profundidad en los tonos graves del clarinete di bassetto. El momento de gracia del Adagio dio paso a un Rondó allegro ágil e intenso con el que el solista cerró una gran actuación.

Tras la pausa, el maestro Ramos explicó el contexto y las bondades de la Sinfonía en Do mayor, WON 7 de Eberl en un interludio pedagógico en el que la orquesta ilustró las palabras del director con fragmentos musicales de Mozart y Eberl. Atacaron a continuación director y orquesta la obra del amigo de Mozart con un espíritu bien distinto al de la primera parte: una dirección mucho más atenta a la articulación y una orquesta más empastada e intensa lograron una excelente interpretación en el estreno en España de la obra, una pieza a valorar que reclama más atención de la que ha recibido hasta ahora. La metamorfosis experimentada por la formación cordobesa alcanzó también a la última obra programada, la Sinfonía nº 34, en Do mayor, K338 de Mozart, sólida desde los primeros compases hasta el Finale, un movimiento vigoroso y «atarantelado» que sonó fresco y juvenil.