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CRÍTICA / TEATRO

Una Carmen nada folclórica

 

Un momento de la representación de ‘Carmen’ en el Gran Teatro. - A.J. GONZÁLEZ

Juan Antonio Díaz
08/10/2018

Obra: Carmen.

Música: Bizet, arreglos y orquestación de Pedro Navarrete.Trama argumental de Víctor Ullate y Eduardo Lao.

Coreografía: Víctor Ullate.

Música interpretada por: Orquesta de Córdoba.

Dirección musical: Manuel Coves.

Lugar: Gran Teatro de Córdoba, 6/10/2018.

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Da comienzo esta nueva temporada en el remodelado Gran Teatro con la adaptación para ballet de Carmen. Coreografía y trama argumental de Víctor Ullate basada en la novela de Merimée y en la música de Bizet.

Ullate toma la historia de la cigarrera sevillana y la modela a su forma para quitarle todo el simbolismo original. Nada recuerda el folclore que rodea a esa Carmen que todos conocemos. Ella es una modelo de alto estanding con pinceladas de golfería cuyas amigas son travestis, Don José es jefe de policía, Escamillo un playboy, Micaela una abogada, y hace su aparición el personaje de la muerte como leit motiv de esta adaptación. Todo ello hace que se saque de contexto la historia original y parezca en este montaje un tanto confusa y caótica en ocasiones. La relación de amor, celos y desengaño entre Don José y Carmen es excesivamente esquemática. No podemos olvidar que, a pesar de acercar la ficción al siglo XXI, se trata de la tragedia de una mujer cuyos amoríos terminan en muerte para ella y para los demás.

El espectáculo es excelente en su conjunto. Una puesta en escena sobria que utiliza proyecciones audiovisuales en una justa medida. Magníficos los arreglos musicales con una interpretación impecable de la Orquesta de Córdoba dirigida por Manuel Coves. Coreografías potentes, muy bien bailadas, fusión entre el ballet clásico y contemporáneo, forzando hasta el límite, en ocasiones, las figuras y la expresión de todo el cuerpo de baile que hace su trabajo con entrega y solvencia.

Vestuario e iluminación consiguen esa atemporalidad que persigue Ullate, dotando al espectáculo Carmen de una atmósfera y estética un tanto irreal, además de atemporal, que acompaña a la calidad de los bailarines.