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Opinión

80 años de la muerte de Guerrita

 

Retrato del diestro cordobés Rafael Guerra, Guerrita. - CÓRDOBA

Ochenta años se cumplen este 21 de febrero del 2021 de la muerte de Rafael Guerra Guerrita. El mismo año que este diario sopla sus primeras ochenta velas. Pocas cosas tiene la Córdoba de 1941 que sean espejo de la actual. Quizá unas ganas de salir adelante de la terrible crisis sanitaria y económica del coronavirus, al igual que la del 41 quería olvidar penurias pasadas en los años de la Guerra Civil. La ciudad bimilenaria que fundó Roma a orillas de Guadalquivir recuerda a sus hijos ilustres de forma distinta a lo que lo hacen en otros lugares. Sin embargo, una cosa es evidente, los cordobeses solemos reivindicar lo propio a nuestra manera, es decir, casi en silencio.

El silencio de esta efeméride ya se ha agrietado y toca dotarlo de sonidos o palabras que recuerden a Rafael Guerra Bejarano, patriarca de una extensa familia, rico hacendado, senequista, torero todopoderoso y cordobés singular. Muchos tienen en mente las sentencias, las anécdotas o, tal vez, la mala fama que le colgaron los revisteros del Foro, cuando rememoran al Guerra.

Breve apunte biográfico. Rafael nació en el barrio del Matadero Viejo, auténtica zona cero de la torería cordobesa, el 6 de marzo de 1862. Tras las reticencias iniciales de su familia encamina su vida hacia el toreo, donde destaca en cuadrillas cordobesas por sus grandes habilidades como banderillero. En 1882 es contratado por Fernando Gómez El Gallo para su hueste y su fama trasciende a la de su maestro, convirtiéndose en una celebridad. Los ojos del primer Califa, Rafael Molina Lagartijo, se posan en él y lo ficha con la idea de convertirlo en su sucesor. El 29 de septiembre de 1887 toma la alternativa en Madrid de la mano de Lagartijo en una de las jornadas con más expectación que se recuerdan en la historia de la tauromaquia. El toro de la alternativa, Arrecío, de Francisco Gallardo. Su poderío delante de los toros, su conocimiento de los mismos y su gran forma física lo colocan en la cúspide del toreo hasta su retirada en Zaragoza el 15 de octubre de 1899. Desde su Club Guerrita (los ochenta años de su desaparición se conmemoran en una semana), auténtica Meca del toreo durante 45 años, dictó sus sentencias, que llegaban a todos los rincones del orbe taurino hasta su fallecimiento, hace hoy ochenta años.

Guerrita es una figura clave sin la que no se entiende el devenir del toreo. Su influencia, que queda patente en la Tauromaquia de 1896 de la que es el director técnico, es notoria en tanto en cuanto no se puede entender el toreo moderno sin la llamada dictadura del Guerra. Como aseguran algunos autores, Guerrita es la culminación de la tauromaquia ochocentista y antes y después de él nada vuelve a ser igual. Muchos lo interpretan en el sentido negativo, asegurando que su reinado en la cumbre fue una catástrofe para la Fiesta y que desde Rafael II todo ha degenerado. Sin embargo, es evidente que los primeros pasos, el primer esbozo, de la tauromaquia moderna, que se alumbraría en la Edad de Oro del toreo con Joselito y Belmonte y que alcanza su madurez con Manolete, los da Guerrita. El segundo Califa ya solo vive en nuestra memoria, que es lo que hacen las leyendas. Alguna vez una foto, una crónica, la anécdota más conocida o, incluso, un vídeo, nos puede llevar a un determinado momento en el que se pueda romper del todo el silencio cordobés y gritar: ¡Viva El Guerra!