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NOVELA

Las voces ciegas

 

Elsa Veiga. - CÓRDOBA

Pedro M. Domene Pedro M. Domene
04/07/2020

La violencia contra las mujeres como acto sexista produce un tipo de daño físico, psicológico o emocional que deriva en maltrato verbal o corporal en cualquier contexto. El menosprecio y la discriminación son manifestaciones de la necesidad de un cambio, un grave problema que debe solucionar esa igualdad entre personas. La violencia psicológica se da en cualquier entorno: la casa, la pareja y la familia suelen ser lugares comunes; la violencia psicológica es la puerta de entrada a otros tipos de agresión, la física o la sexual; la física se traduce en acciones que provocan daño o sufrimiento, afecta a la integridad de la persona. La literatura universal ha legado notables ejemplos que ilustran el problema en versiones clásicas. Cantar de mío Cid (1140) describe en la afrenta de Corpes un maltrato femenino, el primer relato pormenorizado del triste episodio que los infantes Ferrán y Diego González llevan a cabo con las hijas del Cid, las abandonan en el campo, desnudas y malheridas, las golpean e hieren, y las dan por muertas; o la tragedia Otelo (1603), de William Shakespeare, que daría lugar a la patología psiquiátrica de celos irracionales y desmesurados con dramáticas consecuencias; incluso Pamela, o la virtud recompensada (1740), la novela epistolar del británico Samuel Richardson que puede ser leída como el relato del rechazo de un constante acoso sexual.

ASFIXIA Y VIOLENCIA / La asfixia que genera la violencia o los monstruos creados a lo largo de los años, por una sociedad patriarcal, ejercen su opresión sobre la vida de las mujeres tanto en el aspecto de lo real o de la ficción; el horror se instala tras las paredes de una casa normal, en un barrio corriente, un lugar del que es imposible escapar se convierte en un auténtico laberinto del que no hay salida; en este sentido ensaya Elsa Veiga (Santiago de Compostela, 1972) su primera entrega narrativa, Me desperté con dos inviernos a los lados (2020), una novela de grandes silencios que describe una atmósfera familiar donde la culpa y el miedo forman parte de sus vidas durante años, una visión sobre el maltrato atávico como maldición incontrolable. La historia de tres generaciones de mujeres que han sufrido tanto violencia física como psicológica por parte de hombres, contada por su protagonista, Cara, que deja constancia del maltrato que su padre causa a su madre Carmen, y certifica las heridas que deja en su hermano y en ella, adolescente, pero que la narradora salvaguarda creando una atmósfera de auténtico cuento de hadas donde la vida se tiñe de sombras, fluye la sangre y aflora la muerte; la bestia se convierte en esa fuerza que somete a las mujeres, a los espacios, en un aparente componente fantástico que la narradora Cara lleva al terreno de la realidad, su historia familiar, y en esa convivencia, de apariencias convencionales, cada noche se desata el horror: una madre y sus dos hijos cohabitan con la bestia protagonista de este cuento.

Un hilo invisible une la vida de varias mujeres, la historia nos conduce a preguntas sobre la memoria, la transmisión de los traumas vividos, el duelo cuando no encontramos las palabras adecuadas o las lágrimas no sofocadas y que jamás ejercieron su poder terapéutico. La novela Me desperté con dos inviernos a los lados habla del infierno vivido entre las paredes de una casa donde nunca existió la felicidad, y pese a que algunos personajes tuvieron la opción de la huida, otros nunca lo hicieron porque significaba el fin de toda su existencia. Entre tanto secreto, miradas perdidas y sombras que ahogan, sobresale la forma en que Veiga narra esa confraternidad de las mujeres de la familia, esa alianza, compromiso que nace en tiempos revueltos, pura vida y afecto, una esperanza absoluta en medio de la incertidumbre. Elsa Veiga estructura y concreta su relato en cuatro fechas, el discurrir del tiempo donde las mujeres viven los accesos de violencia sin que haya cambiado nada, una primera opresiva, que plantea y da comienzo al recuerdo en 2005; una segunda, en mitad de la Guerra Civil, verano del 1938, que protagoniza la abuela, Elisa, con sus consecuencias posteriores; una tercera, en febrero de 1970, justifica la vida de Carmen, la madre, y una cuarta y final, de vuelta a la primavera de 2005, testimonio de esas terribles situaciones vividas, porque la historia de las mujeres que han rodeado a la protagonista, abuela, la madre, y ella misma no ha cambiado con el paso del tiempo.

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