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novela histórica

Un sueño para civilizar

Ignacio del Valle recrea la expedición de Vázquez de Coronado

 

Un sueño para civilizar -

ignacio del Valle. - ÁNGEL DE CASTRO

Alberto Monterroso Alberto Monterroso
14/12/2019

‘Coronado’. Autor: Ignacio del Valle. Editorial: Edhasa. Barcelona, 2019.

Desde la memoria atormentada por los motivos que le impulsaron a viajar a América, y más atormentada aún por el amor que allí perdió, Fray Tomás de Urquiza cuenta el relato de la expedición de Francisco Vázquez de Coronado (1540) por lo que hoy es el centro y sur de EEUU: una aventura impresionante y desgarradora que el protagonista narra con detalle, sin dejar de sospechar que, a veces, esté mezclando lo real y lo imaginado. «Abandonamos Teotihuacán como ahora estamos retirándonos de Marata, caminando a través de un aire puro, con las líneas de calor que hacían temblar el horizonte, la herida cauterizada de aquella tierra. Nuestras sombras se alargaban como si pudiera seguir camino por su cuenta, y atravesábamos la membrana del tiempo, alojándonos en él, que convertía de nuevo lo ágil en enjuto, lo flexible en seco, lo delicado en blando, lo luminoso en mortecino. Porque los recuerdos de los hombres son inciertos, y el pasado que fue difiere muy poco del pasado que no fue» (pág. 159).

El autor nos introduce en un mundo portentoso, no tanto el de la conquista sino el de la aventura de la gran expedición de Coronado, el descubrimiento del Cañón del Colorado o el Mississippi, las crueldades de los indios, la avaricia de los españoles, los crímenes de ambos, los amores entre todos ellos, el oro, la fe y la supervivencia. Y para narrar aquella extraordinaria aventura que acabó en desastre se parte del relato de un personaje inventado pero muy verosímil. Es él quien va contando la expedición como en un segundo plano, porque el primero lo ocupa la condición humana: las dudas, las contradicciones, el amor, el sexo, la crueldad, el fanatismo, la avaricia, el salvajismo de todos. Porque el narrador está a medio camino entre la cultura europea e indígena, conoce muy bien las lenguas y creencias de aquellos pueblos y encuentra un amor definitivo y rotundo en Iyali, una india que da sentido pleno a una vida que estaba socavada por el recuerdo de su antiguo oficio de inquisidor. La muerte de su amada lo precipitará al abismo porque «es algo terrible amar aquello que puede ser tocado por la muerte, ser y perder, hoy andando y en unos momentos fríos como una piedra, arrojado a una tumba o envuelto en el aliento purificador del fuego, lejos de nuestros dedos y nuestra vista y nuestras palabras, sordos, insensibles al olor de la resina del pino, al sabor de un buñuelo de crema, al tacto de una lana suave, ciegos al resplandor de una pequeña vela. Pensé que podría morir de dolor, pero el corazón, obstinado, mantiene su pulso; creí que no podría seguir respirando, pero el pecho sube y baja. Sigues viviendo a pesar de ti mismo y, para ello, Dios te abre el costillar y te arranca el corazón y te coloca un dolor afilado que jamás desaparecerá» (pág. 265).

NUMEROSOS LIBROS Y RELATOS

Ignacio del Valle (Oviedo, 1971) es autor de numerosos libros y relatos, ha ganado varios premios nacionales y ha sido traducido a diversos idiomas. Es autor, entre otras muchas novelas, de Los demonios de Berlín, Los días sin ayer y Soles negros (Alfaguara), Cómo el amor no transformó el mundo (Espasa, 2015) Busca mi rostro (Plaza & Janés, 2012) e Índigo mar (Pez de plata, 2017). A lo largo de todo este relato ameno y detallado de la Expedición de Coronado flota en el aire el motivo que llevó a todos aquellos aventureros a avanzar por vastos desiertos en busca de un Dorado que no existía. El conflicto entre el poder religioso y el político se percibe con claridad cuando el fraile Marcos de Niza inventa un mito, el de Cíbola, el de un nuevo El Dorado, con mentiras que alientan la avaricia de los hombres: aseguraba el fraile que había visto en aquellas tierras una ciudad más grande que Tenochtitlán, y que los indígenas vivían en casas de anchos pináculos de plata y oro, comían en vajillas de oro y plata y adornaban sus cuerpos y sus casas con piedras preciosas, perlas, esmeraldas y turquesas. Insistía el fraile en que el mar estaba cerca. Era mentira. Solo quería que hasta allí lo llevaran para evangelizar a los indígenas. Esa duda atormentará a Francisco Vázquez de Coronado durante toda su vida, por no saber si hizo bien o no dejándose llevar a aquella aventura, conduciendo al desierto a hombres y esperanzas por la inmensidad de «aquellas llanuras que no sentían el peso de nuestros caballos, los cielos rojos como venas abiertas, que no recordarán nuestras vicisitudes, los hombres que huían de sí mismos...» (pág. 470). Son las descripciones meticulosas, ajustadas, extensas de paisajes y hombres, de colinas, desiertos y almas las que cuentan un relato maravilloso y fatal en un lenguaje rico y exuberante y con una estructura cíclica que abre y cierra el libro con el mismo párrafo: «Fuimos a aquellas tierras por nuestros pecados. Y por nuestros pecados he de recordarlo todo, la manera del suelo, si áspero o llano, los árboles y las plantas, las piedras y los metales, los ríos, si eran grandes o pequeños, cada rayo de sol, la calidad de los hombres, si muchos o pocos, si estaban derramados o vivían juntos...» (págs. 15 y 473).