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Rosana Acquaroni

 

Rosana Acquaroni. - CÓRDOBA

Juana Vázquez
08/06/2019

Esta madrileña doctora y profesora, que imparte clases de español, es una gran poeta. Destacan entre sus poemarios: El jardín navegable (1990, reeditado por Torremozas en 2017), Del mar bajo los puentes (accésit del premio Adonais, 1987), Cartografía sin mundo (Premio de poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad, 1994). Además de sus poemarios, su poesía está en diversas y prestigiosas antologías y parte de sus poemas han sido traducidos al francés, alemán, árabe y portugués.

-¿Cómo fue el proceso creativo de ‘La casa grande’ (2018)?

-Andaba embarcada en otro proyecto de escritura, un poemario que ya tenía título y estaba bastante avanzado y, sin embargo, La casa grande se me impuso. Recuerdo muy bien cómo surgió el poema que le da título al libro. Fue en el mes de julio, después de impartir una clase en la universidad. Me quedé en el aula ya vacía, con el ordenador abierto para trabajar y, de pronto, sentí la necesidad de escribir y aparecieron los cuatro primeros versos del poema: «De la casa grande/sólo recuerdo aquel armario blanco/encallado en aquel largo pasillo/como en un río encajonado y pedregoso». A partir de ahí el libro se convirtió casi en una obsesión. Lo terminé un año después.

-Ya en el tercer verso del libro aparecen los recuerdos de la infancia. ¿Es la infancia nuestra única patria?

-Para mí, la infancia es más bien el paraíso perdido, el lugar donde todo acontece, donde todo se construye. Esto no significa que sea, ni mucho menos, un territorio idílico... Es siempre más que eso: es deslumbramiento y, a la vez, desencanto. En la infancia lo sientes todo directamente, sin intermediarios, con toda su intensidad y su crudeza. La alegría es alegría y el miedo es miedo, sin atenuantes ni construcciones simbólicas. Por eso, es un territorio de la memoria tan inspirador para cualquier creadora. En el último poema del libro se dice explícitamente que «No hay edad suficiente para acallar la infancia»; y creo que es cierto.

-Parece que la madre modeló más la infancia de la niña que el padre, una madre que era, a veces para ella, una diosa: «Saco de lentejuelas es mi madre».

-Es verdad que mi padre no parece estar demasiado presente en los poemas de La casa grande. Ya había dedicado todo un poemario a su recuerdo: El jardín navegable, reeditado, además, hace dos años. Y es que mi padre fue clave en ese «modelaje» personal, de hecho, a él le debo la pasión por el arte y la poesía. Era un estupendo pintor y una gran persona. Sin embargo, en La casa grande todo gira alrededor de la figura de esa mujer que era mi madre y que la niña que era yo se obstinaba en comprender. Sin embargo, siempre me acompañará su inmensa ternura.

-Por cierto, el poemario está escrito desde la mirada de la niña. ¿Qué dimensión le da esta mirada?

-Creo que es una dimensión de largo aliento, que va desde la ternura a la desolación. Por otra parte, era la única posible si quería contar esta historia desde la honestidad y la verdadera emoción. Son retazos de la memoria que retornan una y otra vez, hasta hacerse oír...

-Se entrevé un misterio, velado a los ojos de la pequeña, que pasa un poco de puntillas sobre él. ¿Quizá porque, a veces, el pudor de lo biográfico se impone?

-Creo que el pudor no surge ni tampoco impone restricciones de manera consciente. De hecho, no evito ningún tema... hablo de la locura, del delirio, de la sensación de orfandad, del abandono... sin autocensura. Sin embargo, es cierto que ha habido en todo el proceso de escritura una preocupación por cuidar el lenguaje, la manera de abordar la emoción para poder transmitirla. Eso era lo importante para mí: trascender lo personal siendo, por otro lado, muy honesta con la memoria. Por otra parte, en el hecho de haber querido blanquear un secreto familiar hay también un deseo de reparación, de necesidad de hacer justicia. Sacar a la luz lo privado, lo más íntimo es, en definitiva, un acto político, tal y como sostiene Carol Hanisch.

-Este poemario del recuerdo infantil, toma tintes del ambiente de asfixia de libertades de la postguerra en la figura de la madre. ¿Se podría decir que una vena comprometida recorre el libro?

-Sí, así es. Pero el compromiso, en este caso, está hilvanado con la historia familiar. Es un telón de fondo, eso sí, irrespirable, que cobra cuerpo en muchos poemas. Hablar desde la conciencia crítica siempre ha sido directa o indirectamente una preocupación para mí, que se refleja en mi poesía. Aunque, quizá en Discordia de los dóciles, mi poemario anterior, sea, posiblemente mucho más explícito.

-Se trata de una infancia llena de recuerdos, al parecer tristes, incluso de miedo de la casa grande: «Querido forastero... llenarás de aire limpio/las vitrinas inútiles/donde hiberna la frágil/porcelana del miedo».

-La contemplación de locura da miedo y, sobre todo, en una niña. Sin embargo, mi infancia no fue siempre triste, ni mucho menos. Pero es verdad que estos versos son, precisamente, un buen ejemplo de cómo se construye en el libro esa atmósfera irrespirable, propia de las dictaduras, donde nada cambia y hasta los objetos se cargan de esa atmósfera tenebrosa y siniestra.

-Rosana tiene muchas maneras de evocar el paso del tiempo, una de ellas, muy original, es a través de los objetos: «el pastillero roto/la cajita de nácar con mis dientes de leche/negativos sin fotos...».

-Esa enumeración caótica de objetos es una manera de incidir, por un lado, en los indicios, en las marcas que la niña iba encontrando de la vida anterior de aquella mujer que era su madre (los negativos sin foto, por ejemplo) y, por otro, esos cajones nos hablan de la confluencia de los recuerdos. Todos hemos encontrado en nuestras casas cajones llenos de restos que nos remiten a diferentes momentos y épocas de nuestra vida o de la de nuestros padres... en el fondo el «cajón de la memoria» siempre es así, caótico e inexplicable, sin jerarquías.

-Aunque es un libro de recuerdos de la infancia, hay adolescencia, donde el tiempo es casi lo más importante, no queda atrás el espacio, que empieza ya en el título con ‘La casa grande’. Por cierto, ¿qué significado tiene?

-La casa grande era la manera de nombrar en la familia, de referirnos a la primera casa de mi infancia. Era un piso de más de 200 metros en la calle Reyes Magos, muy cerca del parque de El Retiro. Después, nos fuimos a vivir a otra casa que era mucho más pequeña. Como decía al principio, el título del poemario se me impuso casi desde el primer poema. Era del todo imposible para mí pensar en otro título.

-Uno de los temas que más me ha interesado del poemario, y que está muy presente, es la reivindicación de las mujeres de la posguerra, a través de su madre, que fueron infelices pues se les negó la libertad. ¿Es así?

-Es así. A pesar de que mi madre no fue una republicana declarada y militante, hay que considerarla también como una víctima más del franquismo. El nacionalcatolicismo y la represión durante la dictadura hizo que no pudiera vivir con normalidad una historia de amor y el precio fue, nada menos, que su propia salud mental.

-¿El poemario es autobiográfico? ¿O tiene más de ficción?

-Sí, lo que hay de relato surge del recuerdo vivido en primera persona. Pero, es cierto, trasciende lo autobiográfico a través de la emoción y la intencionalidad de construir desde el desencanto un escenario que también esté lleno de belleza... Así me lo transmite la manera en que está siendo recibido el poemario. Yo creo que emociona a los lectores porque cada uno encuentra en él su propia «casa grande».