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ENTREVISTA

Patricia Esteban

Profesora y columnista, la zaragozana consiguió con su primera novela, ‘Las madres negras’, el premio Dos Passos. Patricia Esteban Erlés ha publicado tres libros de cuentos y uno de microcuentos

 

Patricia Esteban Erlés. - BEATRIZ PITARCH

Pedro M. Domene Pedro M. Domene
22/12/2018

Tras su incursiones en el cuento y el relato, Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972) publica su primera novela, Las madres negras, que consiguió el Premio Dos Passos (2017).

-Su mundo de ficción arranca con el cuento, ¿existe un universo diferente entre cuento y novela?

-Creo que son puertas comunicantes las que unen esos dos mundos, muy parecidos entre sí, al menos en mi caso. Me persiguen los mismos temas cuando quiero contar una historia breve o cuando me planteo un texto más largo. Las obsesiones que dan lugar a los argumentos que prefiero están en cada uno de mis libros de relatos y microcuentos, y se pasan a la habitación vecina, a la novela, porque no me puedo (creo que tampoco quiero) librarme de ellos.

-¿Todo cuanto tiene que ver con el «extrañamiento» forma parte de su vida cotidiana?

-Absolutamente. La vida es algo realmente extraño si una se para a mirar con detenimiento las cosas que aceptamos como normales, como parte de nuestra cotidianidad. Me gusta enfocar con un zoom implacable esos momentos, esas situaciones que muestran que nada es tan sencillo ni tan tranquilizador como pensamos.

-La tristeza, en sus relatos, es un tema recurrente, ¿es un motivo tan literario como personal?

-La tristeza me parece un sentimiento del que eludimos hablar muchas veces, como si fuera un tabú, algo que nos hace poco interesantes, que lleva a los otros a cruzarse de acera y evitarnos. Pero a mí me parece sumamente literaria esa sensación, prefiero las historias tristes que muestran los aspectos menos agradables de la vida, porque creo que tiene una dimensión estética muy interesante. Hablo de la tristeza emparentada con la ruptura, la muerte, la traición, la locura, porque es un efecto secundario inevitable, que merece su propio retrato.

-La colección, ‘Azul ruso’ (2010), ¿supuso, de alguna manera, una constatación de su presencia en el panorama narrativo?

-Sin duda, Azul ruso, mi tercer libro de cuentos, supuso un salto cualitativo en diferentes aspectos, porque pasé de presentar mis dos primeros libros, Manderley en venta y Abierto para fantoches a concursos que incluían en el premio la publicación del libro, a formar parte del catálogo de Páginas de Espuma, una editorial que me encantaba como lectora y que ha hecho mucho por el relato y su dignificación.

-La colección de microrrelatos, ‘Casa de muñecas’ (2012), ¿resultó un proceso diferente en su escritura?

-Un proceso de adelgazamiento, de jibarización podría decirse. Me interesó mucho el reto que supone ir talando frases hasta el límite del sentido completo. Me divertía calibrando adjetivos, buscando que el texto fuera tan ágil como concentrado. El proceso creativo tuvo mucho que ver con dos ejes fundamentales. Por un lado, la premisa de que escribí muchos de los bocetos iniciales de los microcuentos que fueron a parar a Casa de Muñecas para publicarlos en Facebook. El otro eje importante fue la colaboración, o segunda escritura, esta vez en imágenes, que hizo la ilustradora Sara Morante.

-Un premio y un salto a la narrativa extensa, ‘Las madres negras’ (2018), ¿una novela fruto de un largo proceso creativo?

-Sí, lo cierto es que echando la vista atrás me doy cuenta de que tomaba notas de historias que formaron parte de la novela mucho antes de que las incluyera en ese universo narrativo de Las madres negras. Hay obsesiones, personajes, tramas, que me persiguen incesantemente, van y vuelven. Esos hilos no encontraba la manera de trenzarlos con coherencia hasta que cayó en mis manos una novela de Shirley Jackson en cuyo prólogo se contaba la historia de la casa Winchester, una mansión encantada, la de la viuda del fabricante de rifles, que ella fue ampliando durante cuatro décadas con nuevas alas, incontables corredores, habitaciones, sótanos..., en un intento vano de escapar de sus fantasmas, todos los indios y soldados muertos gracias al eficaz mecanismo de repetición que había patentado su esposo. Ese edificio, las posibilidades que brindaba, apareció como por arte de magia y vi enseguida que podía servirme la idea de la casa infinita, laberíntica, como cuartel general del horror que persigue a las niñas.

-El lector se encuentra con una atmósfera asfixiante, un orfanato y cuanto ocurre allí dentro ¿sigue siendo válida la fórmula, el bien frente al mal?

-Es una lucha eterna, una oposición de contrarios que resume bien, creo, el propio interior del ser humano. Todos somos una Santa Vela en miniatura, con atisbos de luz y sombras que en ocasiones preferimos no ver. Me interesa mucho que el lado oscuro aparezca reflejado en lo que escribo.

-La infancia, la crueldad y la locura, ¿conforman el argumento de ‘Las madres negras’?

-Son varios de los núcleos narrativos que me parecen más importantes, pero creo que ante todo Las madres negras es una metáfora atemporal del mal uso del poder, de lo nocivo que es el fanatismo en cualquier ámbito, sea la ciencia, la religión...

-El convento tiene su propia voz, ¿es realmente el protagonista de esta obra coral?

-Es una más, es la casa que habla, que siente, recuerda, escucha historias... Como mi obsesión por las casas es proverbial me parece lógico que en este punto de mi trayectoria una de ellas empiece a comportarse como un ser vivo.

-Luego estaría Dios, ¿qué papel hay que atribuirle como personaje?

-El papel de cualquier representante del poder que abusa de su situación privilegiada. Dios es todos los jefes de planta, todos los presidentes, reyes, todos los dictadores que no asumen que cuidar de otros es un acto de responsabilidad.

-La novela está repleta de «dualidades», las pequeñas protagonistas, las hermanas, los padres, ¿conforman esas dos caras de luz y de sombra en el relato?

-Sí, el tema del doble es uno de mis favoritos, me sirve para crear contrastes y analogías, para contar lo inestable que resulta la propia individualidad, para mostrar de forma sencilla las diferencias básicas que enfrentan a los seres que habitan mis ficciones.

-Los personajes Coro y Mida ¿refuerzan esa idea de dualismo?

-En cierta forma sí. Son dos piezas inseparables, dos niñas que llegan a la vez al convento y eso las une casi como hermanas expulsadas en el mismo parto al mundo feroz del orfanato. Ambas son separadas de sus padres y sellan una alianza silenciosa, que se romperá porque al mismo tiempo son diferentes en su forma de vivir el amor.

-¿El lector puede sentir miedo al terminar su novela?

-Espero que sí. A mí me atrae generar sensaciones relacionadas con la inquietud, la desazón. Estar incómodo con lo que se lee quiere decir que hemos detectado el funcionamiento defectuoso de algo y es el primer paso muchas veces para iniciar una reflexión, una crítica constructiva.