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ENTREVISTA

Liliana Blum

La editorial Páginas de Espuma publica 'Tristeza de los cítricos', una colección de cuentos de la escritora mexicana

 

Liliana Blum -

Pedro M. Domene Pedro M. Domene
15/02/2020

Liliana Blum (Durango, México, 1974) es autora de las novelas Residuos de espanto (2013), Pandora (2015) y El monstruo pentápodo (2017), y de los libros de cuentos La maldición de Eva (2002), Vidas de catálogo (2007), ¿En qué se nos fue la mañana? (2007), El libro perdido de Heinrich Böll (2008), Yo sé cuando expira la leche (2011) y No me pases de largo (2013). En España acaba de publicar su colección de cuentos Tristeza de los cítricos (Páginas de Espuma, 2019).

-¿Qué le lleva a practicar una literatura incómoda?

-No es algo que me proponga hacer, pero sucede. Los temas que me escogen a mí, y no al revés, son incómodos de alguna manera. Más bien, los temas son temas simplemente, pero a la gente le incomoda tener que enfrentarse a ellos. En mi novela El monstruo pentápodo (2017) hablo de un pedófilo que secuestra una niña de cinco años, con ayuda de su pareja. El abuso sexual infantil, que se da casi siempre dentro de las familias, es algo de lo que la mayoría prefiere no hablar o reconocer, ya que hacerlo implica tomar cierto tipo de acción.

-¿Estamos amenazados por una absoluta oscuridad?

-Sí. Existe en los humanos una parte oscura, muy oscura, que puede permanecer agazapada o emerger con brutalidad, dependiendo de las circunstancias y la voluntad de cada quien. Al menos en México, en los últimos años, pero en particular en el 2019, que llegó a ser el año más violento y con más asesinatos desde la revolución mexicana en 1910, me parece que la oscuridad nos amenaza a todos y cada uno de los días. Se comete un asesinato en México más o menos cada cinco minutos; se cuentan cuatro feminicidios cada día según las cifras oficiales, pero cientos de mujeres desaparecen sin dejar rastro. Los ciudadanos tenemos la sensación de que estamos desamparados; el Estado tiene la ilusión de que la violencia terminará bajo la política del presidente de «abrazos no balazos».

-La violencia acecha nuestras vidas, ¿debe denunciarse, también, en literatura?

-Personalmente me parece que no. Al menos no de primera instancia ni como objetivo principal: no creo que ninguna novela deba de convertirse en un objeto de denuncia o en un vehículo para transmitir cualquier ideología del autor. Al menos a mí no me gusta leer este tipo de libros ni tampoco escribirlos. Creo que al escritor le toca mostrar el mundo tal y como lo ve, que siempre será desde un ángulo único como nuestras huellas dactilares. Al lector, por su parte, le corresponde mirar este pedazo de mundo desde aquella perspectiva nueva, y reflexionar, entender, reaccionar, como mejor pueda.

-¿Escribe usted sin concesiones?

-Intento. No sé si siempre lo logro, pero lo intento. Es cerrar los ojos y escribir pensando que nadie me va a leer, que el texto es parte de un diario íntimo. En el momento en que me detenga a pensar en lo que va a decir mi familia, amigos, colegas y lectores, seguramente me autocensuraría. Es imposible darle gusto a todo mundo, así que solo aspiro a escribir para Liliana y esperar que existan más personas por allí que lleguen a apreciar o disfrutar lo que escribo.

-Los temas que maneja, ¿sirven para sus novelas y para sus cuentos?

-Sí, al menos hasta ahora. Los temas giran en torno a mi cabeza como una nube de mosquitos en verano. Son mis obsesiones y miedos que emergen en ambos géneros sin que yo me lo proponga en realidad.

-¿Muchos de los cuentos de ‘Tristeza de los cítricos’ exploran ese camino?

-Así como «cada cabeza es un mundo», cada infierno es particular. Mis personajes, como la mayoría de las personas, viven una cotidianidad tan llena de violencia y tan permanente que llegan a olvidar que está allí. Es solo cuando se miran las cicatrices que caen en cuenta de su propia realidad. Relacionarse con el otro, sea la pareja, el padre, la madre, los hijos o el amante se antoja una meta imposible, tanto como establecer una verdadera comunicación.

-¿Escribir cuentos le permite tener mayor heterogeneidad para sus historias?

-Solamente en términos de la anécdota, pero ciertas temáticas son recurrentes en casi todos mis textos. Ahora que trabajo en una colección de cuentos de corte fantástico me doy cuenta de que la oscuridad siempre es el trasfondo de mis historias.

-¿Hay mucho de maldición femenina o feminista en sus cuentos?

-La pregunta me hizo pensar en mi primer libro de cuentos, La maldición de Eva (2002). Aunque no ha sido algo que me haya propuesto de manera consciente, mis personajes son casi siempre mujeres (porque es lo que me es más familiar y cercano) y la vida se ensaña un poco con ellas. Sin que exista una agenda feminista tras mis historias, siempre he escrito sobre lo que veo, sobre lo que conozco, y la constante es la adversidad y el sufrimiento que social y culturalmente se cierne sobre las mujeres.

-¿Es importante para usted narrar ciertos momentos del horror?

-Siempre se me complica decidir qué cosas narrar en la historia y qué cosas dejar sin decir. Lo implícito. En algunos casos el horror es necesario: por ejemplo, en el cuento «Luz de mi vida, fuego de mis entrañas» sería imposible aludir al incesto y la pedofilia sin narrarlos. Darle la oportunidad al lector de no ver el horror, de pasar de largo sin que se vaya nauseabundo después de leer, sería minimizarlo.

-Sus personajes, masculinos y femeninos, de ‘Tristeza de los cítricos’ ¿viven amenazados en un mundo violento?

-Definitivamente sí. Pienso en mi país, con récords de violencia jamás antes vistos, que se doblaron solamente en 2019 con la entrada del nuevo gobierno. La amenaza está allí y uno llega a tomarla como algo natural, pero no lo es. Eso lo descubrí en mi breve estancia en Madrid: me di cuenta que se puede caminar de noche con una amiga sin morirse del miedo, tomar un taxi sin temer que te vaya a violar, asesinar y tirar en algún terreno baldío. Mis personajes viven en México, acosados por esta violencia exterior, pero, al mismo tiempo, también la ejercen a diversas escalas.

-Cuentos que inquietan al lector, ¿quizá para sacar a la luz matices de cuestiones incómodas que, generalmente, preferimos evitar?

-Como lectora, no me gusta la literatura autocomplaciente y como escritora trato de que mis lectores no se queden impávidos al terminar mis libros. Que no puedan dejar el libro en una mesita y luego iniciar una partida de Candy Crush como si nada. Busco que mis textos sacudan, que obliguen al menos a una pequeña reflexión después de la lectura. Por supuesto, los temas que más deseamos evitar son los que nos terminarán sacudiendo con más fuerza.

-¿Qué supone para Liliana Blum publicar un libro como ‘Tristeza de los cítricos’ en España?

-No sólo una gran alegría sino una gran oportunidad en varios niveles. A pesar de que muchas editoriales son transnacionales, sucede que los escritores, con excepción de los best sellers, pocas veces salen de sus propios países. Es decir, los peruanos sólo se venden en Perú, la mayoría de los mexicanos sólo se venden en México. Curiosamente, a México nos llegan muchísimos escritores españoles publicados en estos grandes sellos comerciales, pero a España no llegamos todos los mexicanos publicados en los mismos sellos, pero que se venden en el mercado interno. La posibilidad de que alguien pueda leerme fuera de mi país es genial y que ciertamente no me esperaba. Publicar en Páginas de Espuma es también un gran honor: su catálogo es tan exquisito que todavía no me creo estar junto a escritores no solo importantes, sino excelentes en lo que hacen, que no siempre es lo mismo. Y no solo eso: Tristeza de los cítricos me llevó a España, donde no había estado antes, y regresé a México encantada y enamorada al mismo tiempo. Fue como asomar la cabeza debajo del árbol y ver las raíces. Un descubrimiento profundo para mí.