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POESÍA

Íntima cartografía urbana

La isla de Siltolá recoge los 100 mejores poemas de Karmelo C. Iribarren

 

Karmelo C. Iribarren. - CÓRDOBA

Francisco Onieva
30/03/2019

Veinticinco años después de la aparición del cuaderno Bares y noches en la colección Máquina de sueños, del Ateneo Obrero de Gijón, Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) ha conseguido moldear una voz propia, fácilmente reconocible, que cuenta con la veneración de un gran sector del público, siendo uno de los poetas actuales más seguidos en las redes sociales, y con el respeto de un buen sector de la crítica y de los compañeros. Sin embargo, los inicios de este mal llamado poeta tardío -publica su primer poemario, La condición urbana, a los 36 años en la editorial sevillana Renacimiento- no fueron fáciles. En este sentido, es justo destacar la perspicacia de uno de los grandes editores de este país, Abelardo Linares, quien confió en él desde el primer momento y ha publicado siete de sus once poemarios, además de la célebre antología La ciudad (Antología poética 1985-2008), -cuya segunda edición, ampliada, vio la luz en 2014-, su poesía completa Seguro que esta historia te suena. Poesía completa (1985-2005) -que ha alcanzado una segunda edición en 2012 y una tercera en 2015- y múltiples reediciones, entre las que destaca el heteróclito volumen en prosa Diario de K. Confirman la excelente acogida de su obra por parte del público la aparición de otras dos antologías -Pequeños incidentes (Antología poética), con prólogo de Luis García Montero, aparecida en 2016 en Visor, y El amor, ese viejo neón, editada en 2017 por Aguilar- y de su más reciente poemario, Mientras me alejo, con prólogo de Luis Alberto de Cuenca, en Visor.

Ahora La isla de Siltolá decide recoger algunos de sus poemas más significativos bajo el título de Los cien mejores poemas de Karmelo C. Iribarren. El mérito principal del presente volumen, aparte de la exquisita edición a la que nos tiene acostumbrados Javier Sánchez Menéndez, es que ofrece el itinerario lector de un crítico sólido y reputado como José Luis Morante, quien, además, firma un extenso y sólido prólogo. En sus tres primeros poemarios -La condición urbana (1995), Serie B (1998) y Desde el fondo de la barra (1999)- el poeta delinea con trazos gruesos los rasgos de un yo poético que le ha valido ser considerado como uno de los últimos poetas malditos: un hombre callado y descreído, escéptico y misterioso, entre cuyos múltiples oficios se encontraba el de tabernero que escribía en los tiempos muertos, y que, tras asomarse al abismo del alcohol, comprendió que la vida, pese a todo, merece la pena.

Sin olvidar la noche, la contemplación de la realidad urbana a un lado y otro de la barra, el desencanto, el alcoholismo y diversos temas y motivos del cine negro, como una inevitable atracción por ciertas mujeres fatal, en La frontera y otros poemas, el discurso se vuelve más reflexivo y adquiere conciencia de la temporalidad. Con todo, no será hasta Otra ciudad, otra vida (2011) cuando el poeta descubra que el verdadero paisaje no es la realidad, sino la recreación que la memoria y el desencanto hacen de esta, con lo que el poema se convierte en el instrumento idóneo para explorar la propia identidad.

Así pues, la indagación en la intimidad y la temporalidad se convierten en el eje de rotación de Las luces interiores. Frente a la hostilidad del afuera aparece el espacio interior de la casa, cuyas luces dan calor y sentido a la existencia. El desencanto y el amor a la vida, la dureza y la ternura, la desolación y la esperanza, la soledad y el amor... incardinan la existencia. Esta certeza supone una revisión de las relaciones con el entorno y revela aristas desconocidas.

En la misma línea continúan Haciendo planes y Mientras me alejo. En ellos, junto al escepticismo, teñido de cierto humor, hay sitio para la ternura de una mirada pesimista y desarraigada que, a pesar de las cicatrices que la vida ha ido dejando en ella, encuentra cobijo en el amor; al mismo tiempo, la palabra se depura y adquiere mayor sobriedad y laconismo, poniendo el foco de atención en las sensaciones de un hombre que observa cansado el mundo, y entrelaza vivencias personales, entre las cuales se encuentran las lecturas, con lo que lo metaliterario pasa a formar parte de lo diario. Frente a la intemperie, el poema, que nace de los naufragios y de las islas de toda travesía, muestra pequeños instantes como una forma de eternidad momentánea.

AUTENTICIDAD POÉTICA

El gran hallazgo de la poesía del donostiarra es la autenticidad que le confiere el hecho de ser escrita desde el centro de su propia vida. Aunque libro a libro haya ganado en contención, sugerencia y hallazgos, convirtiéndolo en un hábil maestro de las distancias cortas y consiguiendo una singular intensidad que, además de activar el pensamiento del lector, deja constancia de lo que sucede a su alrededor, su lenguaje sigue siendo directo e incisivo, descreído y sobrio, preciso y descarnado, y encuentra en la ironía y el distanciamiento un instrumento eficaz para desmontar la previsibilidad del poema y ganarse la complicidad del lector sin alardes estériles.