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RELATO

Historias que cuentan

«El lector parece que se enfrenta a unos relatos convencionales, de ejemplar concepción y desarrollo, aunque existen excepciones»

 

Juan Bautista Durán. - CÓRDOBA

Pedro M. Domene Pedro M. Domene
07/11/2020

U n cuento es algo tan nítido y limitado que un autor puede resumir su poética literaria cuando concibe unos textos breves, y se convierte en un experimento con la noción de límite, o en esa manifiesta voluntad impuesta, como escribiera el argentino Piglia a propósito de un denostado género literario que ha ido ganando fervientes seguidores en las últimas décadas. Esta generalización merece una reflexión ensayística más oportuna y mejor documentada, y para situarnos en el concepto tradicional de cuento deberíamos aventurar, entre otras características, la recapitulación de una síntesis capaz de resumir el concepto de un buen relato y de un texto breve, o cómo deberíamos guardar un secreto cuando se confecciona un cuento, porque los relatos siempre suceden ahora y no hay tiempo para más. Es, precisamente, en las primeras líneas donde un cuento se juega la vida y, a medida que leemos, observamos cómo actúan los personajes, y la atmósfera recoge lo memorable del argumento. El lirismo contenido se convierte en la magia de la mejor expresión, la voz del narrador resulta tan importante que apenas se nota y es, precisamente, en el ritmo donde muestra su talento. Baste añadir que una frase, un párrafo, una página, pueden ser la extensión justa y medida, pero el proceso a seguir para terminar un buen cuento es, siempre, callar a tiempo.

Buena parte de las características apuntadas se advertían en el primer libro de cuentos, Convivir con el genio (2014), de Juan Bautista Durán (Barcelona, 1985), doce cuentos que la crítica apuntaba que se caracterizaban en torno a dos ejes temáticos. Por un lado, una educación sentimental, en cuyos textos los personajes se encuentran a través de amores florecientes o amistades truncadas; y, un segundo lugar, bastante más original, de esforzadas tramas que hace de los tópicos culturales y de la identidad una metáfora de validación por excelencia de lo literario, y aún añade esa dificultad de mantener relaciones sociales justo cuando la sociedad más necesita relacionarse.

El narrador catalán vuelve al cuento con Tantas cosas dicen (2020), relatos que parten de situaciones normales y corrientes, la mirada de un narrador capaz de dotarlas de esa mágica visión que rodea a la literatura, y a sus posibilidades. Los protagonizan unos personajes solitarios, perdedores o antihéroes, cuya irónica mirada salpica a estas historias, como «Cena con los suegros», donde un joven casado recibe a sus suegros que vienen a cenar por primera vez, pero tiene una relación peculiar con su perra Fabia; una chica francesa, que realiza una tesina sobre Francisco Umbral, viaja a Madrid a entrevistarlo, y sufre el desengaño que le produce un «Eximio escritor y extravagante ciudadano». El lector parece que se enfrenta a unos relatos convencionales, de ejemplar concepción y desarrollo, aunque existen notables excepciones, la caleidoscópica visión de Hugo, el protagonista de «Adverbios de modo», que se enfrenta a su yo del pasado, o vive un posible futuro, mientras queda para ir al cine con Mónica, y la memoria le devuelve la misma acción con Rosa; o el cuento que da título al volumen, y resulta igual de inquietante por ese juego con el tiempo, porque «Tantas cosas dicen» reproduce la voz de un niño enfermo que cuenta la relación con sus progenitores, y cómo el padre trabaja en un texto de Rosa Chacel, mientras vigila que no le suba la fiebre y recuerda que hace tiempo tuvo una perra llamada Fabia. Resultan cuentos de una arriesgada búsqueda técnica que rompe convencionalismos y marca ese espacio en blanco que suponemos en un buen relato, donde no todo queda dicho sino que el lector decide o interpreta su final. En «Foto de pareja» unos amigos van a pasar un fin de semana en una casa de campo, y ante la costumbre de perpetuar el momento en una foto, esperan que el fotógrafo encuadre y haga el clic final ante la perplejidad, sobre todo, de Guillermina; el humor, tan satírico como irónico, se percibe en «Mi Venus húmeda», y lo más sobresaliente, en la mayoría de estos relatos, caso de «Asueto», o incluso, «Currículo de un falso iconoclasta», nadie dirige nuestra lectura, no existe un giro inesperado, o sorpresa final, sino que el autor deja entrever aquello que no dice, nos advierte de esos espacios que debemos rellenar como lectores, porque en algunos de ellos, en no pocos, lo no contado, lo oculto, son esas zonas que debemos completar, sobre todo porque percibimos ese guiño que nos muestra a un autor con un singular destello para contar originales historias.