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Haikus, senrius y tankas

Sobre ‘Flor en el agua’, de Vicente Barberá Albalat

 

Vicente Barberá Albalat. - CÓRDOBA

Vicente Barberá Albalat. - CÓRDOBA

‘Flor en el agua’. Autor: Vicente Barberá Albalat. Editorial: Lastura. Toledo, 2018.

Desde hace algunos años existe una atención especial entre algunos autores españoles por la lírica japonesa que tanta relación han visto algunos con las estrofas de tres versos de arte menor española como la soleá o la tercerilla, pero es evidente que existen diferencias notables. Barberá Albalat es un escritor valenciano con más de treinta libros en diferentes géneros y premios tan prestigiosos como el Nacional de Ensayo de la Fundación Ibáñez Martín por su obra Enseñanza de valores en la sociedad contemporánea. Ha impartido cursos y conferencias en varias universidades y en la actualidad ha creado el programa «Poetas en el Ateneo de Valencia». Con su último libro, Flor en el agua, se adentra en la lírica que llega de Japón con sabiduría y solvencia. En él hay una primera parte donde analiza la poesía japonesa a raíz de dos viajes a Japón que realizó en 2013 y 2014, y observa que la poesía para el japonés tiene la misma relevancia que la filosofía o la teología para nosotros, de ahí que «conceptos éticos y religiosos se han tratado de manera estética y poética». A ello se une la asociación de lo divino y sobrenatural, la influencia china y la vinculación con la escritura femenina, así como la relación de vocalidad y música. Se percibe su voluntad didáctica y su veta profesoral por la clarividencia expositiva y sabemos de la tendencia de la lírica japonesa por lo inacabado, lo asimétrico, la sugerencia, el minimalismo y el amor a la naturaleza, la base de su lírica que tiene el aware (la emoción, el asombro), como principio rector tanto como la delicada melancolía desde que Matsuo Basho (1644-1694), el famoso poeta del periodo Edo, los popularizara con sus breves poemas encadenados y pusiera en circulación poemas que revelan una forma de mirar, sentir, observar y estar en el mundo. Define el haiku, el poema breve de dieciesiete sílabas dispuestas en tres versos de 5/7/5 sílabas o moras, aunque con la precisión de que nunca la sílaba coincide con la española. Y profundiza sobremanera en sus características fundamentales que van más allá de lo que habitualmente se ha entendido, pues deben contemplarse elementos formales tan importantes como evitar adjetivos y adverbios, sortear asonancias, mostrar el aquí y ahora, el no hablar de uno mismo, el no escribir sobre sexo, muerte, violencia o miserias y la observación de la naturaleza y la vida cotidiana.

Pero también habla del senryu, que se diferencia del haiku en los temas: no aparece la naturaleza y sí el alma, los pensamientos, los deseos, el hombre, el humor, la ironía. Y el tanka, formado por tres versos como haiku pero con dos más formando la estructura 5/7/5/7/7. En la segunda parte aborda propiamente su poesía escrita según estas formas rítmicas en la estela de lo afirmado, en tres partes, precedidas por un soneto en versos blancos de prólogo y un epílogo también con un soneto en versos blancos en los que se centra en las heridas del corazón y la invitación a la templanza vital tanto como al acoso de las dudas o las grietas del corazón para superar el dolor y esperar el amanecer.

Su poesía es de una enorme delicadeza, recorre todos los temas de la cotidianidad con imágenes sugerentes que producen una impresión certera en el lector, donde podemos observar el temblor de las hojas en los días de lluvia, la presencia de un paisaje que va adentrándonos en una continua sugerencia de pétalos muertos, vientos que ululan, o tardes donde la tormenta se presenta agraz. Son múltiples ideas que se van acumulando en esa naturaleza que nos envuelve: «Cima nevada/y aliagas en la senda./Nadie camina». El observador se sitúa en una posición en el que debe concentrar al máximo su experiencia vital y dárnosla con sentido, sin apariencias, con la sensación primigenia: «Maceta y reja./Vuela sobre un clavel/ la mariposa». En ese recorrido por el mundo encontramos las estaciones, la presencia del hombre en su quehacer diario, los atardeceres y los amaneceres, la presencia de la nevada o los animales en su deambular: palomas, liebres, jilgueros, peces rojos..., pero también los cambios de las estaciones en su primera parte «La linde del agua».

En la segunda, «Los límites del cielo», se adentra en la infancia, el hogar vacío, la ausencia, el engaño, el trabajo de la tierra, la soledad... Existen elementos donde los estados del alma tienen su mejor versión. Ya no es la naturaleza en curso sino el fragor de la vida («Como el amor,/la vida se alimenta/de sol y sombras») o el camino y su encuentro, tanto como el llanto o los sueños y sus correlatos. Una poesía que sugiere, que nos alimenta y nos proyecta hacia el otro que se puede imbuir del perfume de una flor tanto como de la melancolía o el dolor: «Dolor y náuseas/en el pasillo blanco/hacia el quirófano».

En la tercera y última parte, «En brazos de su amante», toma la guía de los tanakas donde encontramos tanto lo amoroso como la naturaleza y las preocupaciones existenciales: «Por no morir/en un momento dado/ahora sufro./Batalla interminable,/haberte conocido». Es un mundo preciso, complejo, en el que el ser se presenta en su dimensión más profunda siguiendo el esquema de vida, amor y muerte que dijera Miguel Hernández, en una poesía lúcida, sugerente, compleja en su sencillez: «En el otoño/mueren las verdes hojas/de las acacias,/y en tu mirada/frío fuego de nieve».