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poesía

García Baena: doctor de Córdoba

Manuel Gahete reflexiona sobre el poeta cordobés tras recibir el doctorado honoris causa

 

Pablo García Baena. - SÁNCHEZ MORENO

Manuel Gahete Manuel Gahete
11/11/2017

Las rosas de Ronsard y las de Juan Ramón son de plástico, las mías son de olor, como las que descubrimos un buen día Juana Castro y Pedro Tébar mientras paseábamos por la campiña cordobesa». Con estas palabras clausuraba Pablo García Baena el acto solemne en el que la Universidad de Córdoba lo nombraba doctor honoris causa. Inmerso en la emoción, Pablo reiterará su amor por Córdoba y el dolor que siempre le produjo verla desdibujarse en la desidia: «Esta Córdoba que ya no conozco pero a la que vuelvo siempre al acecho de encontrar la Córdoba perdida». Córdoba es más por Pablo, pero Pablo no sería Pablo sin Córdoba. Como manifestó María Rosal en la laudatio de la investidura, Córdoba ocupa un lugar destacado en las letras españolas gracias a la poesía de García Baena, pero también Pablo debe a Córdoba la esencialidad de su poesía; porque Córdoba no es, para el poeta, un frío dato geográfico; es, sobre todo, fuente literaria, un inexcusable referente estético que concilia lo antiguo y lo moderno, lo popular y lo culto, lo religioso y lo profano. Antiguo muchacho nos remite indefectiblemente a la evocación nostálgica de la infancia y la pubertad, el tránsito de la pasión y la melancolía por las calles de Córdoba; recuerdos de niñez envueltos entre sombras de árboles, en la sencillez del huerto cerrado, en la resonancia del paraíso. Ya en Rumor oculto, su primer libro, se evocaba el ardor y aturdimiento de la adolescencia que, más que convaleciente, latía con intensidad. En él trasparecían los primeros amores y olvidos, inflamados de una grave elegía melancólica que no aminoraba el tono dramático de la inconstante juventud.

Córdoba adquiere en Pablo García Baena calidad de espacio trascendente; pero, como ocurre con su propia juventud, la imagen de la ciudad se difumina y se pierde, transformándose en una quimera de esplendor antiguo: «En el fondo de mi poesía late esa Córdoba de mi infancia, esa Córdoba más soñada que viva [...]». Ricardo Molina y Juan Bernier conocían muy bien el amor de Pablo por Córdoba. Ellos sabían que todo Pablo estaba lleno de una Córdoba de ensueño. Sabían que, sin pronunciar su nombre, la estaba pregonando; y cuando la nombraba, la ciudad se investía de un fulgor inefable.

Juan Antonio González Iglesias, padrino en el también reciente nombramiento de Pablo como doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca, declaraba -como nos recordaba el rector de la Universidad cordobesa- que Pablo aglutina todo el juego de esdrújulas que enhebran Córdoba, Séneca, Góngora y Cántico. Alimentado por la confluencia canónica del lenguaje renacentista y la explosión verbal del barroco, Pablo inicia una travesía de tono elegíaco donde se concitan el hedonismo pagano y la impronta inmarcesible de la educación católica, sesgada a fuego y hielo del goce físico. Este descubrimiento de la sensualidad, del carpe diem horaciano, con toda su voluptuosidad y delicuescencia, se desgrana en uno de sus libros capitales, Junio, donde todo suena a delirio: reverbera la música feérica, el olor a ámbar, la enigmática herida de los poemas de Ibn Ham con su latido asaeteado de refrenadas pasiones; trasparece la rosa coronada de escarcha, el doliente gozo del infortunado Ash-Sarif At-Taliq; se renuevan las lágrimas de amor, el vino derramado y la pérdida del paraíso que Ibn Zaidum desgranaba en sus casidas. Engarzados por una belleza delirante y un brío sensual desconocido, se nos revela fúlgida la explosión del amor, la dicha cumplida del cuerpo, el triunfo de la carnalidad no exenta de sombras, que traen consigo la reflexión del desengaño y sus amargas consecuencias. Porque Pablo es un cordobés curtido en las excelencias e imposturas de sus antecesores y contemporáneos. No podía faltar en su panoplia de influencias el lancinante poso de Séneca, ecléctico y estoico, resignado sin resignación a las argucias de Eros y Tánatos, unidos en un oscuro rito de destinos aciagos, «porque el amor tan solo puede ser poseído por la muerte».

Pablo refleja como nadie la realidad que lo envuelve y atrae a su memoria todos los referentes de lecturas y experiencias. Hablará de Córdoba y trasparecerá en sus versos la nostalgia épica de las civilizaciones compartidas, el fulgor desvaído de su perdurable belleza. Y, al fondo, don Luis, habitante eterno de calles y plazas. Pablo confesará: «Entre los nuestros, Góngora podría ser el poeta de la perfección, el frío fuego del diamante». Góngora y Córdoba, los recuerdos tenaces y la poesía fluyen en el ánimo de quien convirtió su mirada en palabra y su palabra en mester sagrado. La presencia de Góngora planea como una umbrosa luz por todos los rincones, en el entramado de las buganvillas, por las doradas arenas del Guadalquivir luciente, en el trasluz alumbrado de los alféizares, por las calles angostas donde el aliento se consuma. Como en el mejor barroco, donde cohabitan Góngora y Quevedo, la unión de los opuestos se entiba en la voz poética de Pablo. Porque, aunque deudo de Góngora, no faltan las influencias de los poetas más graves. El tema de la muerte, interpretada en Pablo con senequista conformismo, nos evoca a los sevillanos Rodrigo Caro y Andrés Fernández de Andrada, inmortalizados por obras breves que se han convertido en imprescindibles para cualquier antología de la época. La fascinación por las ruinas y la fatalidad de nuestro destino han sido los inductores directos de la magna arquitectura que define el delirio barroco.

Pero también el romanticismo del cordobés Ángel de Saavedra irrumpe en los versos de Pablo. También para él la soledad es el camino imprescindible del propio yo, «porque de la soledad nace la luz y, de ella, la verdad». La rebeldía romántica de Pablo atiende a los supuestos cristianos de exaltación del espíritu. Esta confrontación entre lo angélico y lo demoníaco no es más que un grito desgarrador, una rogación anímica, un afán desaforado de nutricia inocencia. En definitiva, su actitud responde a un deseo evidente de libertad y armonía, coartadas por un momento histórico en que todas las sediciones eran perseguidas y castigadas. La influencia de Saavedra alcanza a Pablo, al menos, por tres cauces: directamente de los textos de Rivas, por mediación de Lorca y a través de Adriano del Valle. García Baena acuña su vocación romántica ensoñándose en la contemplación vívida de las tierras de sur, emulando desde el prisma autóctono de su genuina experiencia el asombro de los viajeros románticos del siglo XIX por las tierras de Andalucía.

Asimismo, las lecturas de Pablo vendrán orientadas por los intelectuales del grupo, Ricardo Molina y Juan Bernier. Este le hablará de Gide, Omar Khayyam y la poesía francesa. Las traducciones de Wystan Hugh Auden, Lubics Milosz o Paul Claudel marcarán igualmente las directrices estéticas de un grupo, no solo abierto a las influencias europeas. Al Gide de Les Nourritures terrestres le seguirá el Whalt Whitman de Leaves of grease, alcanzando la figura siempre seductora de un poeta, Rainer Maria Rilke que reflejará con precisión los ideales de estos creadores fascinados por un ideal estético ajeno a la tendencia general de la época.

Pablo sabía que la propuesta de Cántico enlazaba muy bien con la estética del lujo y de la muerte postulada por el simbolismo francés de Mallarmé y Rimbaud y todos lo que alimentaron el culto a la belleza y la palabra. Como afirmaba la profesora Rosal Nadales, «en su obra y en su memoria se reúne un siglo de poesía española a cuyo trasluz leemos también a los clásicos: el Renacimiento y el Barroco, el Simbolismo, el Modernismo y la Edad de Plata de la literatura española». No le falta razón. La obra de Pablo, preñada de tradiciones como la de todo autor verdadero, constituye, sin duda, una herencia esencial.

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