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REPORTAJE

La huella de San Juan de Ávila en Montilla

El próximo 6 de abril arrancará un nuevo año jubilar con el que se espera «revalorizar» la vida y la obra del patrono del clero secular español

 

Maestro de santos. El altar de la iglesia de La Encarnación –hoy basílica de San Juan de Ávila– alberga la urna en la que se conserva la mayor parte de las reliquias del asceta manchego. - JOSÉ ANTONIO AGUILAR

Juan Pablo Bellido Juan Pablo Bellido
12/01/2019

Montilla vivirá a partir de la próxima primavera su quinto año jubilar en la última década. Así, tras el que se celebró entre los años 2009 y 2010 coincidiendo con la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de San Francisco Solano, la localidad de la Campiña Sur volverá a dedicar un nuevo año de gracia a San Juan de Ávila tras el trienio jubilar que rememoró, entre 2012 y 2015, su consagración como Doctor de la Iglesia Universal.

Esta misma semana, el Ayuntamiento de Montilla y el Obispado presentaron en el patio de la casa que el asceta manchego habitó en sus últimos años de vida el proyecto turístico Vitis Dei, una iniciativa que persigue «poner en valor» a una de las «figuras clave» del Siglo de Oro.

Nacido el 6 de enero de 1500 en el municipio ciudadrealeño de Almodóvar del Campo, el Maestro Ávila fue fundador de centros de Teología y Humanidades en Baeza, Granada y Córdoba, así como de varios colegios en Jerez, Priego, Montilla, Úbeda, Sevilla, Alcalá de Guadaira, Palma del Río y Écija.

Su vinculación con la Ciudad del Vino arrancó a mediados del siglo XVI, cuando acudió a la llamada de la segunda marquesa de Priego, Catalina Fernández de Córdoba, interesada en que atendiera espiritualmente a sus hijos.

Una década antes, en 1535, había recalado en la Diócesis de Córdoba tras haber cursado estudios de Leyes en Salamanca y de Teología en la Universidad de Alcalá de Henares. «Fue en estas dos urbes intelectuales donde tomó contacto con las corrientes reformistas del clero español, que pretendían actualizar el obsoleto modelo eclesiástico medieval», explica el investigador montillano Antonio Luis Jiménez Barranco.

Tras descartar su marcha a América por deseo del arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique, Juan de Ávila recorre buena parte de la geografía andaluza para «desplegar el ministerio apostólico y el propósito reformador» por Cádiz, Córdoba, Jaén y Sevilla.

«Sus fervientes pláticas despertaron las envidias de algunos de sus coetáneos, que lo denunciaron ante el Tribunal de la Inquisición, que lo procesó y, finalmente lo absolvió, tras pasar no obstante dos años de cautiverio en los que descubrió sus aptitudes literarias», recuerda Jiménez, quien resalta su Audi, Filia de 1556, una suerte de «avisos y reglas cristianas para los que desean servir a Dios» que acabó convirtiéndose en uno de los tratados espirituales más influyente de la ascética española.

Su vida en Montilla

La huella de San Juan de Ávila en Montilla es indeleble. Sobre todo en templos tan señeros como Santa Clara o la parroquia de Santiago Apóstol, donde se conserva El Cristo de la Tabla, un espectacular óleo que, como desveló Antonio Luis Jiménez, mantiene una «curiosa vinculación» con el Maestro de Santos. Con todo, son dos los claros «epicentros avilistas» en Montilla: su modesta vivienda muy cerca del Palacio de Medinaceli y La Encarnación, una iglesia situada en la Corredera, en cuyo altar mayor se encuentra la urna que contiene la mayor parte de sus reliquias.

«Antes del fin de sus días, Juan de Ávila vive una etapa de madurez y sosiego en Montilla, donde encuentra la paz idónea para corregir sus escritos de juventud y redactar otros de gran trascendencia», detalla Antonio Luis Jiménez, en referencia a los Memoriales para el Concilio de Trento, o las Pláticas para los sínodos de Córdoba.

El Apóstol de Andalucía compaginó esos años de efervescencia literaria con las ilustres visitas que peregrinaban hasta Montilla en busca de su confesión o consejo, en reuniones que, en ocasiones, se celebraban a los pies de la Cruz de Arbón, un viejo crucero situado junto al Paseo de Cervantes, que desde el año 2006 rinde tributo a San Juan de Dios, con el que el Maestro Ávila mantenía una fluida correspondencia, al igual que ocurría con otros personajes tan relevantes como Ignacio de Loyola, Pedro de Alcántara, Francisco de Borja, Juan de la Cruz o Teresa de Jesús, a la que corrigió su autobiografía y con la que llegó a cruzar cerca de 300 cartas. «Una y otra vez rechazó las ofertas que le llegaron para cambiar su residencia montillana, con sugerentes ofertas de mitras y capelos», sostiene Jiménez Barranco, quien hace hincapié en que su última voluntad fue reposar para siempre en la iglesia jesuita de La Encarnación, lo que, a la postre, convertiría a Montilla en «epicentro avilista». Un carácter que la localidad retomará a partir del próximo 6 de abril gracias al nuevo Año Jubilar que conmemorará el 450 aniversario de su muerte.

Patio de la vivienda del Maestro Ávila. El pintoresco patio de la casa en la que San Juan de Ávila pasó sus últimos años inspiró el relicario que Antonio Bernal concibió para portar su corazón y un cálculo renal.

Despacho y escritorio. El Maestro Ávila encontró en su modesta casa de la calle San Juan de Dios la paz y la luz idóneas para corregir sus escritos de juventud y para redactar algunos documentos teológicos que alcanzarían una gran trascendencia a la postre.

Basílica Pontificia. La iglesia de La Encarnación, uno de los grandes «epicentros avilistas» en Montilla, fue elevada al rango de «Basílica Menor Pontificia» el 20 de junio de 2012, gracias a un decreto firmado por el cardenal valenciano Antonio Cañizares.

'El Cristo de la Tabla'. El investigador Antonio Luis Jiménez y el sacerdote José Félix García posan junto a ‘El Cristo de la Tabla’, un óleo de excelente factura que conoció San Juan de Ávila.

La Cruz de Arbón. La tradición sostiene que el Maestro Ávila recibía a muchos de sus ilustres visitantes a los pies de este crucero situado en la avenida de Granada. Fotos: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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