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La memoria viva de Córdoba / ENTREVISTA

"Yo he visto el bulevar lleno de cabras y a los cabreros ordeñándolas ante los clientes"

Enrique Garrido Poole, abogado

 

"Yo he visto el bulevar lleno de cabras y a los cabreros ordeñándolas ante los clientes" -

ROSA LUQUE
27/01/2013

NACE EN CÓRDOBA (1930).

TRAYECTORIA: DEDICADO AL EJERCICIO LIBRE DE LA ABOGACÍA DESDE 1955, HA SIDO VICEDECANO DEL COLEGIO DE ABOGADOS.

A punto de cumplir 83 años, Enrique Garrido Poole no solo acude cada mañana a su bufete de Ronda de los Tejares sino que lo hace lleno de entusiasmo y de ideas. Aunque a veces lo abruma la "diarrea legislativa" que afronta hoy la abogacía entre tantas nuevas disposiciones y reglamentos. Ese es el único lamento de este hombre de humor cáustico y dado a llamar a las cosas por su nombre.

Hablas un rato con el veterano letrado y además de tener la sensación de que se te abre un libro sobre la historia reciente de Córdoba, la más íntima, te encuentras con que las páginas están llenas de amenidad y hasta divertimento. Porque Enrique Garrido Poole es perfeccionista, vital y hasta tumultuoso a veces ("me fluyen las ideas demasiado aprisa y atropello las palabras", dice justificando su forma vertiginosa de concatenar recuerdos y frases). Un tipo intenso con el que no cabe el aburrimiento.

--¿Cómo ve la marejada de fondo que hay en el mundo del derecho?

--¡Oh! Eso es terrible. Hay que ver la diferencia que hay entre lo que era antes la justicia y lo que es ahora. Hombre, tenía sus dificultades, cuando yo empecé solo había dos juzgados, los dos de lo Civil y lo Penal, y una sección nada más en la Audiencia. Nos conocíamos todos y éramos amigos. Hoy en día llegas al juzgado y no te conoce nadie.

 

--Una de las principales quejas actuales de los letrados son las deudas impagadas por el turno de oficio. ¿Cómo era este cuando usted empezaba?

--Entonces era un honor para los abogados defender gratuitamente a las personas, una obligación muy gustosa aunque no cobrábamos ni una peseta. Yo estuve en el turno de oficio hasta que en los setenta se empezó a pagar, me sabía mal cobrarlo. Porque además la justicia gratuita era muy escasa, solo en casos penales.

 

--¿Cómo ve que jueces, fiscales y abogados se manifiesten en la calle contra las tasas y los recortes del Gobierno?

--Eso no había existido hasta ahora. Hemos sido una profesión de élite quizá, somos intelectuales y, la verdad, eso de manifestarse ha sido de otra clase de personas. A mí no me gusta, pero en fin... si por lo visto es la única forma de que te hagan caso, pues que se manifiesten.

 

--Bueno, usted también se manifestó durante la Transición...

--Sí, es verdad, participé en una marcha por la autonomía andaluza en la época en que entré en política con la UCD. Era uno de los que iban en cabeza portando la pancarta, y así salgo en la foto de portada del libro que se hizo sobre la Transición en Córdoba, un excelente libro titulado Crónica de un sueño .

 

--En 57 años de profesión ha debido ver de todo. ¿Con qué se queda?

--He visto muchas cosas. Y he tenido muy malos ratos y muy buenos ratos también, porque es muy bonito ganar el caso con la satisfacción de que has sabido exponerlo y te han dado la razón. Lo mejor del oficio es la satisfacción del deber cumplido, aunque a veces me he arrepentido de haber puesto demasiada carne en el asador, de llevar los asuntos como si fueran propios. Porque además luego no te dan ni las gracias. Yo he pasado muchas noches dándole vueltas al juicio del día siguiente, sobre todo si era penal; me iba al Paseo de la Victoria y estaba hasta las tres de la mañana arriba y abajo hablando solo.

 

A Enrique Garrido Poole le corre la abogacía por la venas. Su abuelo paterno, un gallego afincado en Cataluña, era abogado del Estado. También fue letrado su padre, nacido en Santiago de Compostela, aunque cambió la toga por la equipación del Español de Barcelona. Pero puesto a responder a la llamada de los genes, también podía haber acabado de ingeniero de minas siguiendo la línea materna: un tío abuelo suyo llamado Duncan Shaw, hermano de su bisabuelo, vino desde su Inglaterra natal a Córdoba para fundar las minas de Peñarroya-Pueblonuevo. "También mi abuelo, ingeniero igual que Duncan, participó en aquello --apunta--. Yo apenas si lo recuerdo, porque tenía seis años cuando murió. Las minas tuvieron un pleito enorme y la familia las perdió, se quedaron completamente arruinados".

--Supongo que su abuelo viviría en Peñarroya...

--No, no, vivía en Córdoba, en la casa frente a la Mezquita donde está el restaurante Bandolero. Mi familia se la vendió a los Vaquerizo y estos a los Adarve, que pu

sieron ahí El Mesón del Conde, donde mataron a Conchita, la mujer de Manolo Adarve, que era muy amiga mía por cierto. Yo tengo fotografías donde aparece toda la familia Poole Shaw en el patio de esa casa.

 

--¿Su madre era la típica inglesa rubia y de tez blanquísima?

--No, era morena, bellísima. Era de tal sensibilidad, exquisitez y bondad que no soportaría el lenguaje de la gente joven ni las cosas que se están viendo, se moriría del disgusto. Mi madre nació en Córdoba, pero al ser su padre inglés adquirió la nacionalidad inglesa cuando estuvimos en Barcelona, que fue donde nos cogió la guerra.

 

--¿Habían ido a visitar a la familia paterna?

--Estábamos veraneando allí sin mi padre, que se quedó trabajando en Córdoba. Entonces mi madre se fue a la Embajada británica, y como mi abuelo había sido cónsul de Inglaterra en Córdoba, pudimos escapar de Barcelona. Nos fuimos a Marsella en un barco de guerra inglés.

 

--¿Y su padre? ¿Cómo era?

--Era un hombre honesto, muy trabajador. Era rígido, un hombre disciplinado y muy elegante, sus amigos lo llamaban Maurice Chevalier, siempre con su sombrero canotier. Estudió Derecho pero no lo ejerció. Había sido futbolista, era íntimo amigo de Ricardo Zamora. Tenía un coche deportivo y era un figurín. Era gerente de una compañía de seguros, vino a Córdoba en 1926 y conoció a mi madre en la verbena de la Virgen de los Faroles. Ella tenía 18 años y dicen que era la mujer más guapa de Córdoba. Se enamoraron y él siguió trabajando en los seguros pero ya en Córdoba.

 

--Me da la impresión de que más que la flema británica heredó el arrebato hispano. ¿A usted le tiran más las raíces españolas o las inglesas?

--Yo siempre digo que tengo un leucocito inglés, solo uno --responde riendo--, por lo demás soy muy español.

 

--Tan español que toca usted la guitarra flamenca estupendamente según me han dicho.

--La tocaba, la tocaba. Fue que jugando al tenis en Sevilla me pegaron un pelotazo en un ojo y me desprendieron la retina. La mía fue la primera operación de desprendimiento que se hizo en Córdoba, por don José Jordano. La hacían quemando la retina y tardaba tres meses en cicatrizar. Ya me veía ciego tocando una guitarra por las esquinas, palabra de honor. Y le pedí que me diera clases a Antonio el del Lunar, el padre del que toca la guitarra en el reloj de Las Tendillas. Y llegué a tocarla bastante bien, sobre todo acompañando al cante. Me gusta mucho la música y tengo sentido del ritmo.

 

--Pero tocaría de forma 'amateur', ¿no? Porque está claro que no tuvo necesidad de hacerlo por las esquinas.

--No, tocaba con los amigos. Tocaba en la tuna de Sevilla durante los dos últimos años de la carrera. Me decían: "Enrique, saca el muerto". Y el muerto era la guitarra. También canturreaba cosas mexicanas y flamenco, sobre todo fandangos de Huelva. Yo le enseñé a tocar fandangos a Merengue de Córdoba y a mi amigo íntimo Pepe el Pisto , el gran tabernero fallecido hace muy poco.

 

--Así que tuvo usted una juventud 'tunante'.

--Pues sí, yo he tenido dos lemas en mi vida. Uno es que "minuto que pasa minuto que no vuelve", y otro que "lo que merece ser hecho merece ser bien hecho". Acabé la carrera con 22 años y hasta los 36 que me casé con Nani y senté la cabeza... Mis suegros al principio no querían verme ni en pintura, y con razón. Pero mi mujer, mis cuatro hijos y ahora mis doce nietos han sido mi pilar más firme. Los amigos, en cambio, me han decepcionado. Cuento con los dedos de una mano los que me quedan.

 

Estamos en su despacho, rodeados de muebles antiguos, de madera inglesa, que pertenecieron a su padre. En esta habitación pequeña, y bajo la protección de la Virgen de Belén, copia de Palomino, que cuelga de una pared a 

la altura de su mirada, este hombre visceral se siente a salvo de todo. En el mejor de los sitios para entregarse a las confidencias.

--Hábleme de la Córdoba de su infancia. ¿Qué imagen le dejó?

--Viví en el Gran Capitán número 24 hasta que me casé. Mira, yo he visto encender las farolas de gas del bulevar, preciosas, y lo he visto por las mañanas lleno de cabras y a los cabreros ordeñándolas delante de los clientes. El bulevar tenía dos calzadas muy grandes y allí jugábamos por la tarde a la pelota cuando salíamos del colegio, que casi todos los de la pandilla estábamos en Cultura Española. En ese segundo tramo del Gran Capitán, más para allá de donde está ahora el Corte Inglés, vivían también los Fernández de Santaella y los Olivares, José María y Gerardo, del que soy como hermano. Poníamos a dos nenas, Marujita Berenguer --hija del psiquiatra don Francisco Berenguer-- y Lolita Simón en las esquinas para que avisaran si venían coches. Y cuando pasaba el coche seguíamos jugando con nuestra pelota de trapo.

 

--Y eso que ustedes eran niños privilegiados. Otros por aquella época iban en alpargatas.

--Por supuesto. Pero nosotros estábamos ajenos a eso. Jugábamos con nuestra pelota y si venía unchiri , que era el guardia (había dos, el Bigotes y el Don Quijote), nos sentábamos por allí hasta que se fuera. Pero yo no iba por otros barrios, salvo de tabernas. Entonces fue cuando conocí a Pepe el del Pisto. Su padre era el tabernero clásico de Córdoba, serio, circunspecto. Pero eso no quitaba para que la gente medio qué de Córdoba se juntara allí por la noche con los gitanos más flamencos, la Tomata, el Finito... Y yo allí tocando la guitarra. Iba mucho también a las Bodegas Campos, porque era íntimo amigo de Norberto. Mi primer cliente fue la familia Campos. Medié en la compra de la primera casa que anexionaron. Sus vecinos habitaban en lo que llamaban salas, y en una sala vivía una familia entera. Luego se juntaban en el patio, y hacían las comidas en hornillos comunes.

--Entonces habrá tratado mucho a Paco Campos, que tanto potenció la animación del establecimiento. Y a Antonio Gala, famoso frecuentador de la casa.

--Gala es mi hermano. El lo ha dicho hace poco en una entrevista que le hicieron en Calle del letrado . Estudiamos juntos desde los ocho años. Nos fuimos los dos a Sevilla a estudiar Derecho, en las mismas pensiones y los mismos colegios mayores. Yo era el que los buscaba, porque él para esas cosas ha sido una inutilidad. Se pasaba el día hincando los codos. Siempre fue un figura.

 

--¿También hicieron el servicio militar juntos?

--No, él lo hizo en Córdoba. Yo hice las prácticas de la milicia universitaria en Africa, me mandaron a la Legión y a Regulares. Aquello fue un desastre, llegué a tener tres novias a la vez, todas las noches de cachondeo. A ver, con 22 años y ganando el triple de lo que ganaban en España... Luego nos fuimos juntos a Madrid a estudiar las oposiciones. Gala para abogado del Estado y yo para corredor de comercio. Me suspendieron en el cuarto ejercicio y decidí no seguir. Me vine a Córdoba y entré como pasante en el despacho de José María Montoto, al que tengo muchísimo que agradecer. Estuve con él ocho años, hasta que en el 63 mi novia me animó a montar despacho propio.

 

--¿Le costó poner en marcha su propio bufete?

--Aquello era una montaña al principio. Pero tenía muchos amigos, empezaron a encargarme asuntillos y me ayudaron bastante. Luego me llovieron los casos, sobre todo de civil y mercantil. He sido y sigo siendo abogado de muchas compañías de seguros y de bancos. También he llevado casos penales y esos te impactan más. Por ejemplo el del crimen de La Asomadilla, unos novios que estaban en un coche, llegó uno a atracarlos y se acabó cargando al muchacho. Pensé que podía haber sido uno de mis hijos, pero me tocó defender al agresor y lo hice, era mi obligación.

 

--Ahora ha estado asesorando a Reposo Carrero, la abogada de Ruth Ortiz, madre de los niños desaparecidos. ¿Qué opina del 'caso Bretón'?

--Después de oír a unos y otros, mi verdad es que estoy confuso. Intuyo que el padre es un cínico tremendo y todas las pruebas lo acusan. Pero, no sé, no veo normales sus reacciones. Y luego toda la cuestión mediática, a ver cómo formas ahora un jurado que no esté contaminado.

 

--Ha tenido un papel muy activo en el Colegio de Abogados, del que fue vicedecano. ¿Qué supone para usted ver ahora a su hijo presidiéndolo?

--Es una satisfacción y un honor verlo de decano. Es, digamos, la culminación de una estirpe. Yo colaboré en todo lo que pude para que lo fuera.

 

--¿Y ahora qué? ¿Se jubilará algún día o piensa morirse con la toga puesta?

--A mí me gustaría que me enterraran con ella. Mientras Dios me dé fuerzas... Yo me encuentro estupendamente de cabeza y de ánimo. Pero ya me canso más que antes. A mí me gusta hacer las cosas bien y seguiré mientras pueda hacerlas.