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HISTORIAS DE LA CALLE

Soledad, la mujer sin identidad

Lleva treinta años viviendo en la calle, desde que su matrimonio se deshizo y algo en su cabeza se rompió H Los vecinos de la plaza de San Miguel la conocen bien y reclaman una solución, al igual que su hija, que lleva años lidiando con el problema

 

Soledad, sentada en un banco de la plaza de San Miguel, donde se pasa los días. - SÁNCHEZ MORENO

Araceli R. Arjona Araceli R. Arjona
09/03/2020

Se llama Soledad Poyato, tiene 63 años, dos hijos y una vida marcada por la enfermedad mental no diagnosticada. Es el sino de muchas de las personas que viven en la calle. En algún momento de sus vidas, algo se rompió en sus cabezas y les llevó a embarcarse en un camino de no retorno que les mantiene en una realidad paralela de la que difícilmente podrán escapar sin ayuda. La hija de Soledad se llama como su madre, con la que nunca ha tenido una relación «normal».

Ella tenía dos años y su hermano ocho cuando el matrimonio de sus padres se rompió después de que él se fuera de casa. Las versiones que oyó de su padre y de su madre sobre lo ocurrido entre ellos no tienen nada que ver, ambos se acusan mutuamente de maltrato y agresiones. «Por lo que yo sé, nosotros estábamos muy bien económicamente, mi madre dejó de trabajar cuando se casó, pero mi padre ganaba bien», explica, «el problema no era el dinero». Cuando su padre dejó la casa común, Soledad decidió irse de casa movida por la idea obsesiva de que él le quitaría a sus hijos. «Nos cogió a mi hermano y a mí para meternos primero en casa de una tía, luego en la de mi abuela y al final, en la calle», recuerda, «estuvimos dando tumbos por diferentes ciudades durante ocho años hasta que nos pillaron durmiendo en la estación de Sevilla». Por lo que recuerda, su padre los recogió y luego los entregó a sus tías, que al cabo de un tiempo, devolvieron los niños a Soledad.

«Mi madre nunca quiso volver a casa, el día que nos fuimos cerró la puerta y dejó el frigorífico lleno de comida, imagínate el olor... los vecinos acabaron denunciando y cuando los bomberos entraron, algunos nos dieron por muertos mientras se iniciaba la búsqueda». De vuelta en la calle, Soledad se instaló con los niños en la calle Candelaria «hasta que nos pillaron y nos llevaron al antiguo centro de protección de menores San Rafael». Para entonces, Sole tenía 10 años y su hermano, 16.

«Recuerdo haber tenido una infancia feliz, aunque parezca increíble. Yo quería estar con ella, no conocía otra cosa, ella me pegaba, pero también me leía cuentos, me cantaba... mi hermano sí lo vivió como algo traumático porque él era mayor», explica Sole. «Cuando nos recogieron de la calle, la asistenta social no entendía por qué yo lloraba por estar con mi madre, pero yo había vivido desde los dos años en esa burbuja, yo no era consciente de que eso no era normal, ahora lo sé, pero en ese momento, no».

Según le han contado, su madre, obsesionada con la religión y las fuerzas malignas, sufrió una depresión cuando ella nació «porque decía que las niñas traían la guerra a casa». A diferencia de su madre, Sole es una mujer fuerte y trabajadora, que ha sufrido «la incomprensión de la gente», que cree que su madre está abandonada o que sus hijos no se preocupan por ella. Desde que dio a luz, ningún médico la ha visto. «Creo que las instituciones deberían hacer algo en estos casos, me gustaría que los juzgados me ayudaran, hay personas que no saben cuidarse y que pueden ser un peligro para otros».

Este año, se cumplen treinta desde que Soledad dejó su casa y aún sigue tirada en la calle. «Ella no reconoce que tenga un problema, necesita ayuda, un tratamiento imagino, pero ni siquiera tiene el carnet de identidad». Hace unos años, Sole, que ha tenido que aprender a vivir sabiendo que su madre anda tirada en alguna plaza, se la encontró y la llevó a su casa. «Contacté con una asistenta social y me dijo que necesitaba una fotografía para renovarle el carnet de identidad, porque lleva años sin renovarlo y ahora mismo es como si no existiera, pero no quiso hacérsela», relata. «Yo tenía a mi hija pequeña y no podía tenerla en casa en esas condiciones, le dije que o se hacía una foto, o se tenía que ir. Y se fue». Instalada en la plaza de San Miguel, donde los vecinos se quejan de los olores que genera la acumulación de basura, Soledad «no está bien, no quiere que la vigilen, que la controlen, no quiere saber nada de policías ni de médicos, los buenos son malos para ella y si intentas llevarla a algún sitio para ayudarla, ella cree que le vas a hacer daño y se pone agresiva».

De vez en cuando, va a verla para saber cómo está. «Es muy complicado, si alguien se niega a recibir ayuda, no se puede hacer nada salvo que sea incapacitada judicialmente», señala, «y luego, tampoco hay sitios donde atender a personas en sus circunstancias. En la quinta planta del Reina Sofía, la podrían tener un tiempo, diagnosticarla y ponerle un tratamiento, pero, ¿quién controlaría después si ella dice que no le pasa nada? Yo tengo dos hijos pequeños y tendría que verla muy bien para meterla en mi casa».

Servicios Sociales y Cáritas le hacen seguimiento. «Estuvo en San Miguel, luego se fue a la plaza de Capuchinas, donde le ofrecieron ir a la residencia, pero no quiere». Hace más de un año volvió a San Miguel y allí sigue. Según Sole, «antes era muy limpia, pero cada vez está peor, ya hace sus necesidades donde pilla». En enero del 2019, Sole asistió como testigo a un juicio contra su madre por un altercado. «La sentencia decía que se le iba a incapacitar, pero aún estoy esperando a que eso ocurra, ¿hasta cuándo?».

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