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CRÓNICA

Adiós a Julio Anguita: Parroquiano «buena gente», don Julio

Un recorrido por sus bares de cabecera, en el entorno de Puerta Nueva y La Magdalena, y en La Corredera, pone en evidencia la forma de ser de un hombre sencillo, culto y discreto, al que incomodaba la popularidad: «Soy político, no famoso»

 

Juanlu, Pepe, Jesús y José, parroquianos de El Seis, que ayer mostraron su pesar por la muerte de Julio Anguita. - SÁNCHEZ MORENO

Araceli R. Arjona Araceli R. Arjona
16/05/2020

Hablar de Julio Anguita, del Califa Rojo, del primer alcalde de la democracia, de don Julio, como lo llamaba mucha gente en señal de respeto, es hablar de una persona educada que, pese a su semblante serio y su gusto por la discreción, se ganó con los años la simpatía de cordobeses de toda ideología por valores eternos como la honestidad y la sencillez. Así lo recuerdan al menos en los bares de su barrio, en el entorno de Puerta Nueva y La Magdalena, donde era frecuente verlo a mediodía departir con los parroquianos, como uno más, sobre las cuestiones de la vida, «nunca sobre política», aclaran, con su copita de Ribera del Duero en la mano. En El 6, uno de sus puntos de encuentro habitual, la noticia de su muerte cayó ayer como un jarro de agua fría. «Esperábamos que saliera de esta», aseguraban los habituales, «era una buena persona por encima de todo, buena gente y político, algo que ya se ve poco, y con una cultura descomunal».

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Según relatan sus vecinos, rehusaba entrar en debates públicos sobre la política, pero más de una vez le oyeron decir que «había que votar a las personas buenas, ni de un partido ni de otro, a las buenas personas». Juanlu, Pepe, Jesús y José lo veían a menudo en el bar y también «andando, le gustaba mucho recorrer la ciudad a primera hora de la mañana o por la noche, cuando no había nadie por la calle». La última vez que pasó por El 6, donde casi siempre ocupaba la misma mesa, según Salvador, uno de los camareros, fue el sábado antes de decretarse el estado de alarma. «Después supimos que había ingresado en la UCI y esperábamos volver a verlo por aquí, lástima que no podamos ni siquiera despedirlo». Entre los asiduos, también hay algún que otro alumno de Julio Anguita, en sus tiempos de maestro, que recuerdan con cariño su entrega al magisterio. «Julio fue el mejor alcalde de Córdoba, como él no ha habido ninguno, una cabeza pensante al que daba gusto escuchar y que fue un ejemplo de integridad», señalan sus allegados del barrio.

En el supermercado de la esquina de su casa llevaban semanas sin verlo. Según la propietaria, Caridad, «solía venir a comprar una o dos veces a la semana hasta que empezó el confinamiento», explica, «que llevaba a rajatabla». También ella lo recuerda como un hombre «simpático y agradable». Otro de sus hábitos era echar su partida de dominó en el bar Anyfer, junto a La Magdalena, cerrado a la espera de la nueva fase de desescalada, y comprar el periódico en el quiosco de Puerta Nueva, donde Ricardo Márquez y Leonarda Roda lo atendieron durante años. «Lo conozco de toda la vida, a él y a su padre, que vivía en la calle Abejar», recuerda Ricardo, «era un fenómeno, no hablaba mucho, pero era un hombre afable al que se echará mucho de menos en el barrio».

En algunos círculos, don Julio tenía fama de serio, por su semblante estricto y esa reticencia a ser fotografiado. Según Alejandra, propietaria de El Sótano, el bar de La Corredera donde se le veía muy a menudo, «decía siempre que él no quería fotos porque era político, no famoso». Alejandra es la tercera generación de camareros que ha servido el café a Anguita en ese bar, abierto en 1966. «Venía aquí desde los tiempos de mi abuelo, que tenía más o menos su misma edad, y que murió hace unos años», recuerda, «para nosotros, era uno más de la familia». Solía echar su partida de dominó con los parroquianos de El Sótano y se tomaba «por la mañana un descafeinado en taza con sacarina y sin espuma o un poleo menta y, a mediodía, su copita de Ribera». Nada más conocer la noticia de su muerte, los camareros se apresuraron a colocar dos crespones negros en la puerta, en memoria del Califa Rojo. «Era un hombre excepcional, discreto, al que le gustaba conversar, pero no exhibirse», recuerda Alejandra, «el otro día comentamos que en cuanto saliera del hospital y fuera posible, había que hacer un perol para celebrarlo, sabía que estaba mal, pero no pensé que se fuera tan pronto».

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