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LA HUELLA DE DOS MANDATOS

El legado que dejó Anguita

El Califa Rojo impulsó el PGOU del 86, intentó darle un giro al destino de la estación y del futuro plan Renfe, adquirió los edificios del Gran Teatro y del Ayuntamiento y llevó agua a las barriadas | Compañeros de viaje entre 1979 y 1986 lo recuerdan

 

Obras del Gran Teatro, edificio adquirido y rehabilitado en la etapa de Julio Anguita. - FRANCISCO GONZÁLEZ

Isabel Leña Isabel Leña
25/05/2020

Hay personas que pasan por este mundo sin pena ni gloria, pero hay otras que dejan una huella tan profunda que su estela continúa a pesar de los estragos del tiempo. Ese es el caso del que fuera el primer alcalde de la democracia en Córdoba, Julio Anguita, cuyo corazón dejó de latir el día 16 y empezó ese viaje infinito y sin retorno que a todos sorprende y para el que nadie está preparado. Los que compartieron algún instante de su vida con él destacaron valores difíciles de encontrar en estos tiempos. Pero además de la personalidad singular que tenía aquel alcalde comunista bautizado como el Califa Rojo, hay proyectos y planes que se fraguaron o culminaron en esos difíciles años en los que le tocó gobernar la ciudad. Eran los primeros años de la democracia, en los que pesaba aún la sombra de la dictadura y había anhelos de cambio.

Sus dos mandatos fueron diferentes. En el primero, entre abril de 1979 y mayo de 1983, tuvo que llegar a un acuerdo de gobierno, ya que logró 8 concejales frente a los 7 de UCD; 7 del PSOE; y 5 del PSA. Aquel acuerdo, que implicó reparto de delegaciones, no llegó intacto hasta el final y fue roto por los socialistas. El segundo mandato, en el que estuvo de mayo de 1983 a febrero de 1986, año en el que dimitió para emprender ese otro viaje que lo llevó a sumergirse en la política andaluza y nacional, fue otra historia. El PCE, con Anguita a la cabeza, arrasó consiguiendo 17 concejales de los 27 que había.

Durante el tiempo en el que Anguita fue alcalde, el Ayuntamiento municipalizó Aucorsa y remodeló sus líneas; empezó la recogida nocturna de basura; llevó agua a los vecinos de las barriadas; y comenzó a mimar el casco histórico y a pensar en una reordenación viaria y en el peatón. En esos primeros años de democracia Córdoba asistió a la inauguración de un ayuntamiento moderno junto a los restos de su pasado y recuperó el Gran Teatro. En aquellos tiempos, los cordobeses pudieron entrar en la caseta municipal durante la Feria y recuperaron los carnavales. Fue el momento en el que la Mezquita fue declarada Patrimonio de la Humanidad, cuya tramitación venía de antes, aunque para la designación del casco histórico, impulsada también, habría que esperar hasta 1994.

Julio Anguita permitió la apertura de la caseta municipal a los cordobeses durante la Feria.Julio Anguita permitió la apertura de la caseta municipal a los cordobeses durante la Feria. / FRANCISCO GONZÁLEZ

El recorrido no fue fácil y hubo proyectos que se quedaron en el camino, como el aparcamiento subterráneo del bulevar Gran Capitán; o que no pudo concluir, como la negociación para la nueva estación, primera parada hacia la ciudad del futuro. En esa etapa se sentaron las bases de la transformación de la plaza de La Corredera, que fue declarada Bien de Interés Cultural, con la aprobación de un plan especial y la firma de un convenio con la Junta para financiar su remodelación, que llegaría más adelante. Pero la mejor memoria de aquellos años es la de sus compañeros de viaje.

Herminio Trigo: "Con Julio se trabajaba bien"

Herminio Trigo acompañó a Anguita como concejal responsable de distintas áreas, entre ellas Urbanismo y Presidencia, durante el tiempo que estuvo al frente del Ayuntamiento y después fue quien lo sustituyó cuando dejó la Alcaldía. Trigo, que fue alcalde hasta 1995, recuerda que «Julio era una persona de ideas y de proyectos» pero «la dificultad que teníamos era doble, nuestro desconocimiento de cómo se gestionaba» y «los problemas urgentes que tenía Córdoba como consecuencia de la última etapa del alcalde Antonio Alarcón, que, ante el cambio que venía, optó por no iniciar proyectos, sino realizar gestión pura y dura».

Trigo relata que la Córdoba de entonces era «una ciudad en unas condiciones lamentables, sin espacios verdes, y con deficiencias de servicios». Esto hizo que pasaran la primera etapa «casi exclusivamente tapando agujeros, resolviendo problemas». La prioridad eran «las zonas más necesitadas», sobre todo, las barriadas, y «en lo político -indica- pusimos en marcha la participación ciudadana».

Los quebraderos de cabeza no fueron pocos, entre ellos los que dio el PGOU, que estaba en elaboración y que Trigo impulsó cuando asumió Urbanismo cambiando al equipo redactor. La dificultad -asevera- vino porque «Julio tenía unas ideas muy claras y la negociación no era un instrumento que practicara, y en el PGOU tienes que negociar con los propietarios». Trigo explica que el PGOU del 86 tenía dos ejes, hacer el casco histórico «habitable, ya que estaba en condiciones lamentables», y lograr una expansión ordenada. El plan recogía los crecimientos de Poniente «con el modelo de casa de vecinos a lo bestia», como se ve en los residenciales del Zoco. «La tercera actuación importante fue la del río», afirma.

Con el plan «se taparon huecos» y se resolvieron «problemas de conexión de la ciudad».
Pero no fueron las únicas complicaciones. «El tema de la estación fue muy complejo», reconoce. Trigo relata que cuando llegaron había ya un proyecto aprobado por el Gobierno, «el tren iba subterráneo y el suelo que se liberaba cuando se desmontaran las instalaciones ferroviarias se colmataba de viviendas». El plan «lo dirigía Renfe, que se quedaba con las plusvalías, y el Ayuntamiento no pintaba prácticamente nada». Es más, cuenta que «había una cláusula que decía que si la operación resultase deficitaria, el Ayuntamiento tenía que abonar 500 millones de pesetas». Aquellas condiciones no las aceptaba Anguita, que quería otras. Trigo asegura que el Gobierno, en manos de UCD, «no negociaba» y el proyecto «entró en vía muerta y así estuvo tiempo» hasta que, tras un cambio en la legislación, «hallamos una puerta abierta para meternos y cargarnos el plan». A partir de ahí redactaron otro plan, al que el nuevo PGOU le daba cobertura. Aquel conflicto culminó con Trigo como alcalde y, «tras negociaciones muy duras», con «una fórmula intermedia, que el tren no fuese ni subterráneo ni en trinchera, sino en trinchera tapada».

Las relaciones entre el alcalde y el resto de administraciones no fueron muy buenas por la manera que tenía «de defender el Ayuntamiento», al que «quiso darle fuerza e importancia», señala Trigo, que asegura que Anguita, «cuando debía negociar con la Junta o el Gobierno, tenía unas posturas muy firmes» y eso «dificulta mucho la negociación».

Día en el que el agua llegó a la barriada de El Ángel.Día en el que el agua llegó a la barriada de El Ángel. / CÓRDOBA

En febrero de 1985, el alcalde inauguraba el Ayuntamiento en su emplazamiento tradicional, acto al que asistió el obispo José Antonio Infantes Florido, con el que también tuvo sus más y sus menos. El Consistorio estaba de prestado en «un caserón viejo en la calle Pedro López», en el que estábamos hacinados», señala. El edificio de Capitulares había sido expropiado por el Ministerio de Cultura cuando, durante las obras de ampliación de los cincuenta, afloró el Templo Romano, pero Anguita lo recuperó pagando el mismo dinero por el que se lo quedó el Gobierno. Mientras culminaba su construcción, el Ayuntamiento se trasladó al edificio de Gran Capitán, «que tuvimos prácticamente que invadir». El inmueble era municipal pero había sido cedido a Hacienda, «que no se mudaba» al que tenía hecho nuevo al lado, hasta que «Julio se hartó y dijo: ‘mañana, patada a la puerta y entramos’», y «así lo hicimos».

Otro edificio recuperado para la ciudad fue el Gran Teatro, que abrió sus puertas con Trigo recién nombrado alcalde. Fue el arquitecto José Rebollo quien se percató de que sus propietarios iban a demolerlo y, tras pedir la declaración de bien histórico, fue expropiado y rehabilitado.

El Jardín Botánico fue fruto de un acuerdo con la UCO. El Ayuntamiento compró las huertas que había allí «y, con el convenio, ellos ponían el equipamiento técnico y nosotros el dinero», indica. El edificio de entrada fue el primero en construirse. El resto llegó en los noventa.

«Con Julio se trabajaba bien», asegura, «era un hombre de ideas, pero la gestión no le llenaba». «Su idea de la política era más amplia», añade, por eso «dejaba que hiciéramos lo que creyéramos mejor». De ahí salió aquel dicho de que «yo era el alcalde de interior y él, el de exterior».

Juan José Giner: "Ha dejado un legado coherente"

Juan José Giner fue el concejal que sustituyó en Urbanismo a Trigo cuando este pasó a Presidencia, y también fue el que estuvo al frente de Aucorsa. Para él, «el legado de Julio tiene que ver con la forma de hacer las cosas y con la impronta política que dejó en la ciudad». Giner piensa que Anguita «introdujo entre los ciudadanos una forma diferente de ver la gestión política, que no es solo hacer las cosas, sino cómo se hacen y con quién». A su juicio, aún estando en otras responsabilidades políticas, «ha dejado un legado coherente con su actitud de los primeros años». Su afán «era mirar hacia adelante y no solo arreglar calles, alumbrados o jardinería, sino proyectos con más porte», afirma. Otra de sus peculiaridades era «trabajar para hacer equipos, para que la gente se responsabilizara».

Aucorsa, que, según Giner, «era un desastre absoluto, con un déficit imparable», se había conseguido municipalizar en el primer mandato con el voto de calidad del alcalde. Allí «su legado fundamental tiene que ver con la composición del consejo de administración, de tal manera que en esta y en otras empresas dio entrada a los vecinos, los sindicatos de la ciudad y a personas independientes, además de a los partidos», tanto en el primer como en el segundo mandato. Con esa composición, tomar decisiones era complejo pero «fue muy beneficioso y útil».

Las vías del tren tenían la ciudad partida.Las vías del tren tenían la ciudad partida. / FRANCISCO GONZÁLEZ

El problema fue que el plan de reconversión previsto para Aucorsa coincidió con la negociación del convenio colectivo, que los trabajadores querían firmar antes, y aquello dio lugar a una huelga. Giner está convencido de que aquella composición variopinta de los consejos «sirvió de elemento de negociación y de comprensión» y, al final, primero se hizo el plan y luego se firmó el convenio. El sistema de líneas que se instauró «es prácticamente el que conocemos ahora», aunque hoy está más ampliado, «con la idea del transbordo para llegar a los barrios y comunicarlos con el centro con líneas transversales», asevera.

Si en el primer mandato se hizo «lo urgente», señala, en el segundo «se renovaron montones de cosas». En aquella etapa Sadeco se convirtió en empresa; y Emacsa «llevó agua a las barriadas periféricas» como Alcolea, El Ángel o Villarrubia, e «inició el plan de renovación de alcantarillado». Anguita presentó en 1981 el plan de saneamiento integral, que empezó con la construcción de los colectores y cuyo broche fue la EDAR de La Golondrina, inaugurada en 1993.

«La obsesión de Julio fue la participación ciudadana y la búsqueda del mayor consenso», indica. Recuerda cómo se «desesperaba» con el PGOU, que «tocaba muchos intereses». Lo que hacía era «participar en las líneas políticas sobre qué tenía que ser el plan general y cómo debía ser la Córdoba del futuro». En aquel momento ya se empezaron a negociar los convenios que harían posibles las determinaciones del PGOU, como los que fueron el germen de Vistalegre o la Asomadilla. Bomberos y Policía Local -que estaba «en un cuartel antiquísimo en Campo Madre de Dios»- hallaron también su espacio en la avenida de los Custodios. Giner destaca la «política de disciplina urbanística, muy explicada y muy consecuente», que hubo entonces para evitar las parcelaciones.

Uno de los episodios más rememorados de la etapa de Anguita es el del fallido aparcamiento del bulevar. Giner explica que «queríamos peatonalizar» y dar respuesta al comercio y para ello se optó por una empresa que construyera y luego explotara un parking subterráneo. Sin embargo, durante las obras aparecieron restos de mayor importancia de lo que esperaban y la Junta las paralizó. «Hubo un debate con la Junta planteando poner metacrilato de punta a punta y seguir la excavación, pero aquello costaba un dineral y era imposible pagarlo», señala. Entonces, la Junta «optó porque siguiera la paralización y que crecieran los jaramagos» y nosotros, «por tapar», porque vimos que «la única manera de recuperar Gran Capitán para Córdoba y mantener los restos hasta poder hacer una excavación era conservarlos cubriéndolos».

Para ello, añade, «aprovechamos el primer fin de semana de agosto, cuando los delegados y consejeros de la Junta estaban camino de la playa y, a las 6 de la mañana, se inició» la bautizada como «operación Valkiria».Los restos quedaron así «conservados» y aquel episodio fue el germen del actual bulevar, ejecutado ya en la etapa de Trigo.

Juan Cuenca: "Me unía un gran afecto a él"

El arquitecto Juan Cuenca fue la primera persona a la que Anguita visitó cuando logró mayoría absoluta en el 83, antes incluso de ir a celebrar la victoria, escena que recuerda con cariño y satisfacción. «A mí me unía un gran afecto con él», confiesa, aunque reconoce que «en cuestiones de la ciudad tuvimos nuestros desencuentros», ya que «él era una persona que decía lo que tenía que decir y yo también». El arquitecto, que en este siglo transformaría el entorno de la Puerta del Puente, fue el que culminó el PGOU del 86. Aquel plan difería del anterior, afirma, que era «de zonas», «no tenía el sentido más trabado de la ciudad y tenía grandes déficits», plasmaba «unas líneas maestras y luego cada uno hacía lo que le parecía bien para sus intereses». En cambio, el del 86 fue el del «urbanismo ilustrado», donde «cada trazado de calles» estaba «muy trabajado».

Cuenca cuenta que «el peso gordo del plan lo llevaba Trigo, Anguita estaba de acuerdo con las cosas que planteábamos, pero en la distancia». Cuenca asegura que «Julio confiaba mucho en Herminio», al igual que en «las personas que tenía», e «iba a los actos protocolarios pero no entraba de lleno en el tema de la ciudad, en cómo se iba trazando». No obstante, afirma, «quedaba claro que él quería hacer lo que estábamos haciendo» y «de alguna manera, ese es un legado suyo».

Antonio de la Cruz: "Al portavoz de la leal y educada oposición"

Antonio de la Cruz fue portavoz de AP durante el segundo mandato de Anguita y asegura que tiene un «excelente recuerdo de él» y que la relación entre ambos «siempre fue muy buena». «Con 6 concejales y ellos con una mayoría de 17 en ningún momento sentimos el efecto apisonadora», afirma. A su mente vienen las palabras que Anguita inmortalizó para él en la dedicatoria de un libro calificándolo como el «portavoz de la leal y educada oposición». Para él, «su valor fundamental es la coherencia», ese fue «el gran mensaje que deja como legado».

Anguita, con Infantes Florido, el día de la inauguración del Ayuntamiento.Anguita, con Infantes Florido, el día de la inauguración del Ayuntamiento. / FRANCISCO GONZÁLEZ

Para él, lo más importante que se hizo fue el PGOU. Aquella época tuvo, a su juicio, «sus fallos en la gestión» y como ejemplo pone ese plan, que «vivió siete años complicados, hubo suspensión de licencias de construcción y se causó mucho perjuicio a la ciudad». De la Cruz piensa que hubo dos problemas. Uno, darle una delegación a cada uno de los 17 concejales, que «complicó mucho el control», y otro, «cuando lo reclama el partido para presentarse a las elecciones autonómicas y luego para responsabilidades en Madrid», lo que «lo desconectó del Ayuntamiento» y «dejó a Trigo en una situación muy difícil». El «reproche» que cree que se le puede hacer a Anguita es que «quizá desaprovechó una gran ocasión, con la mayoría tremenda que tenía», para «hacer una ciudad distinta».

Ana Sánchez de Miguel: "Me dio todas las facilidades"

Ana Sánchez de Miguel era edil del Partido Socialista pero estuvo encargada de la delegación de Sanidad y Consumo durante el segundo mandato, cuando, a pesar de la mayoría absoluta del PCE, este ofreció a los socialistas una tenencia de Alcaldía. «Julio era una persona con mucha empatía y necesitaba tener un enganche fuera», asegura la entonces concejala, que renunció a ese cargo que le daba Anguita a raíz de la polémica que hubo con el obispo y con la Casa Real. Durante el tiempo que estuvo sintió cómo le dejó «las manos abiertas y me dio todas las facilidades».

De Miguel se tuvo que enfrentar a la pésima situación de los mercados y de los cementerios. En aquel momento «el único mercado de abastos era el de La Corredera, que estaba fatal» y «pensamos que había que hacer más» y «unas normas sanitarias». Así nació el mercado de Ciudad Jardín. En cuanto a los cementerios, asegura que «había un negocio soterrado» con las escaleras para limpiar y por los toldos que estaban vendiendo para las lápidas, a los que puso fin. Tras una reunión en la que los promotores de aquellos negocios le llegaron a sacar «navajas y cuchillos de cocina», Anguita la llamó y le dijo que «iba a hacer un decreto para prohibir aquello, ya que las escaleras estaban para uso público». «Aquello me emocionó», confiesa.

Alfonso Ceballos: "Dignificó la institución municipal"

Alfonso Ceballos fue desde 1981 hasta 1986 el secretario particular de Anguita. Ceballos tiene claro que «fue el alcalde que dignificó la institución municipal» respecto a los demás poderes, incluso al militar. «Cuando hacían maniobras entraban por donde les parecía y les dijo que pasaban, pero por donde él dijera». En cuanto al trato diario, afirma que «fue bastante bueno, no te exigía algo que él no se exigiera». Era, en suma, «un hombre de convicciones firmes pero respetuoso con lo que pensaban los demás». De él aprendió que «la estética tiene que ir ligada al modelo de persona que eres y no se importa ni se copia, y eso me marcó mucho porque vimos que la política no tenía que ser vender cosas vacías, sino fundamentarla». De la huella que dejó, destaca, además de la recuperación del Ayuntamiento y del Gran Teatro, la dotación de un «servicio público de transporte decente», la creación de la empresa Sadeco y «la extensión de las redes de abastecimiento y saneamiento».

Rafael Carmona: "Importante fue la defensa de la ciudad"

Rafael Carmona fue concejal del PCE entre 1980 y 1987. Para él, su legado fue «su preocupación por el tema de la participación». Su empeño era «establecer con los movimientos asociativos un mecanismo que hiciera posible que la ciudadanía participara en todas las decisiones de la ciudad». Fundamental fue también para él «su responsabilidad y preocupación a la hora de abordar los temas», «su calidad humana» y «esa defensa de la ciudad ante todo».

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