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ENTREVISTA / CARMEN CEBALLOS

«La transexualidad no es una decisión, es un sentimiento»

Presidenta de la asociación Todes Transformando (TT)

 

Carmen Ceballos, en el centro Rey Heredia, donde se reúnen los viernes. - MIGUEL ÁNGEL SALAS

Araceli R. Arjona Araceli R. Arjona
19/08/2018

Carmen Ceballos es una mujer guerrera, una luchadora nata que lleva toda la vida implicada en mejorar las cotas de igualdad social. Técnico de educación infantil, ha pasado media vida liberada con distintos sindicatos, batallando por los derechos laborales en el comité de empresa de la Delegación de Igualdad primero y luego de Educación. Desde hace unos años, pelea además contra la discriminación y por la diversidad sexual, por la normalización de las personas Lgtbi al frente de la asociación Todes Transformando, de la que es fundadora y, actualmente, presidenta.

-Preséntese usted.

-Pues mira, soy una mujer de Bujalance, un pueblo muy luchador, tengo un hijo y llevo casada 36 años con mi marido, Paco. Me vine a Córdoba joven para estudiar Magisterio. Luego estuve en Málaga trabajando en una guardería, donde conocí las dificultades que había en las escuelas infantiles de la Junta de Andalucía. Antes de eso estuve trabajando en la residencia del Figueroa, donde formé parte del comité de empresa, y más tarde pasé a las escuelas infantiles cuando dependían de Igualdad, no de Educación. He estado en CCOO, en CGT y ahora en Ustea. Ahora estoy liberada, pero tengo mi puesto en la escuela Peter Pan, en Las Palmeras.

-Usted ha sido siempre peleona.

-Es que cuando ves que se pueden hacer cosas, hay que intentarlo. Ahora veo menos posibilidades de introducir cambios porque conoces más el terreno, antes conseguíamos mejoras a base de insistir mucho. Una vez recuerdo que pedí tantas veces unos zapatos especiales para una compañera que el delegado de Igualdad del momento sacó el dinero de su bolsillo y me lo dio. Siempre he sido un martillo pilón, me preocupa cómo mejorar la sociedad aunque sea poquito a poco. De chica, me iba a buscar a los gitanos de mi pueblo para darles clase, no me puedo quedar quieta si veo algo que no me gusta.

-¿Cuándo oyó por primera vez la palabra transexual?

-Durante muchos años esta palabra estuvo fuera de mi alcance. Recuerdo que tenía una amiga en el pueblo con la que yo estudiaba y un día su padre llegó de estar con unos sobrinos en Sevilla y nos contó que había estado en un bar, que se le sentó una rubia muy guapa encima «y después resultó que era un tío». Él lo contaba muy gracioso y nos reímos muchísimo de aquello. Luego me fui a Benidorm a trabajar y unos amigos me llevaron a un bar de gays, me impresionó ver a un hombre mayor besándose con uno joven. En ese momento pensé que el chaval lo hacía por el dinero, esa era la mentalidad y los prejuicios de la época. Después de eso, estos temas no habían formado parte de mi vida, la verdad, hasta hace unos años.

-¿Cómo recibió la noticia de que su hijo era transexual, que era un chico y no una chica como había pensado desde que nació?

-Me lo dijo con 27 años, ahora tiene 31. Si te digo la verdad, me pilló por sorpresa, no lo podía imaginar. Yo nunca he dado mucha importancia a la ropa y aunque veía que se ponía calzoncillos, pensaba que lo hacía por comodidad. Él me ha dicho que no sufra porque nunca se sintió mal en casa, que ha tenido una infancia feliz. Muchos lazos nunca le he puesto porque yo no sabía ni hacerlos. Yo siempre decía «mi hija es igual que su padre» porque se parecían mucho, en casa jugaba con lo que quería, se ponía lo que le gustaba... Me acuerdo que una feria se fue con un pantalón con un pernil largo y otro corto y entendí que era su forma de afirmarse, no sé, en ningún momento pensé que podía ser transexual, supongo que por puro desconocimiento de lo que era eso.

-¿Por qué tardó tanto tiempo en decir que era transexual?

-Berto pasó diez años en Castellón, se fue allí a estudiar Diseño. Ahora me doy cuenta de que pasó una etapa con mucha ansiedad, pero yo ni podía imaginar lo que tenía en su cabeza. Allí empezó a plantearse cosas pero, según él, no tenía referentes para entender lo que sentía. Iba a una psicóloga porque tenía un problema en la piel, se rascaba compulsivamente, hasta que un día, en una fiesta, lo confundieron con un chico y un amigo salió en su defensa diciendo que no, que ella era una mujer de los pies a la cabeza. Aquello le revolvió algo por dentro y sufrió un cuadro de ansiedad. Cuando volvió a la psicóloga, le dijo que creía que era un chico. Ella le dijo que sabía lo que le pasaba, pero que tenía que ser él quien diera el paso y lo admitiera. Nadie te puede decir lo que eres, lo que sientes, más que tú. El problema es que algunos ni siquiera se plantean o saben que pueden dar ese paso, ser lo que son. Yo he visto cómo le ha cambiado la cara a una niña con 12 años al enterarse de que era posible. Eso les quita la ansiedad de golpe, les abre un mundo. Cuando mi hijo decidió su nombre y vino por primera vez a casa, a mí no me salía, pero lo intenté. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo llamé Berto, no lo he visto contestar más rápido, esa cara de mi hijo no se me va a olvidar, como diciendo que por fin su madre lo aceptaba.

-¿Hasta qué punto el papel de los padres es importante?

-Es fundamental. Porque ellos no se relajan hasta que no ven que tú te relajas. Están tan pendientes de ti... Algunos adolescentes piensan en suicidarse al sentir el rechazo de su familia, se sienten solos, perdidos. En esos casos, tienen que esperar a cumplir los 16 años para tener edad de empezar el cambio sin autorización y sufren mucho. En el caso de mi hijo, su padre no tuvo ningún problema desde el primer momento. Le dijo que si era feliz, que adelante. Y eso que nos lo dijo por teléfono. Quería conectarse con el Skype, pero yo sabía que le pasaba algo y le insistí hasta que me dijo: «Mamá, que soy un chico, no una chica». En ese momento, yo le dije barbaridades, que eso era porque se juntaba con muchos gays... Se me fue la pinza. Me pasé dos semanas llorando y buscando en internet. Hasta que Paco, mi marido, me dijo: «Pero, ¿qué pasa?». Ahí empecé a relajarme. Me chocó mucho porque yo la veía con sus vestidos y sus escotes... aparentemente feliz. Luego me ha dicho que lo hacía para intentar encajar, que la gente le decía que estaba muy guapa así, pero que cuando llegaba a casa, él no se gustaba, no era él.

-¿Qué miedos tienen los padres?

-Sobre todo, miedo a que hagan daño a tu hijo, a que lo traten mal, que no lo acepten. Algunos temen que los niños cambien de opinión, que se sometan a un tratamiento y se arrepientan, pero esto no es una decisión, es un sentimiento, sienten que son un hombre o una mujer y que nadie los ve como son. Pero hay que hacerlo por ellos. Cuando un niño es pequeño, todo se reduce a un cambio de ropa, en su entorno infantil se entiende más fácilmente de lo que imaginamos. Luego, cada persona es un mundo. Los padres tienen que ir a demanda de los hijos, estar abiertos y receptivos porque ellos lo van pidiendo. Algunos te corrigen desde pequeños cuando les hablas como niñas y se sienten niños, otros lo expresan más tarde, depende. Cuando un niño insistentemente te da señales, está claro. A los once años, hay que ver el tema de los bloqueadores, por el desarrollo. Ahí te pones a pensar. Son reversibles, pero hay otros hándicaps. Los bloqueadores hacen que el pene se quede más pequeño, pero igual de mayores ellos no quieren quitárselo o con un pene más pequeño no pueden hacerse una vaginoplastia. Hay que explicárselo bien a ellos.

-¿La vida de los padres también cambia en este proceso?

-Completamente. Tú proyectas la vida de tu hijo en función de que es un niño o una niña y eso se cae abajo y piensas: «¡Vaya montaje tonto que me he hecho yo de una vida que no es mía!». Ese proceso lo pasamos todos y quien llega ya sabiéndolo todo, malo. Te derrumbas y a partir de ahí tienes que desaprender para aprender de nuevo un montón de cosas, cambiar el chip. Lo primero, a llamarle en masculino y por su nuevo nombre. La gente te pregunta «¿y tu niña?», y yo decía «no, ahora tengo un niño». Y me contestaban: «¿Que tienes un nieto?». Al principio, yo a veces daba la explicación y otras no. Ahora, hasta provoco la conversación porque es la única forma de normalizar las cosas. De todas formas, lo nuestro es lo de menos, tenemos que estar ahí para ayudarles porque ellos son los que tienen que tomar decisiones difíciles cada día, decidir si quitarse el pecho, las operaciones, todo para que la sociedad los acepte. Al principio tienen dudas hasta para decidir en qué servicio entran, por si les dicen algo. Mi hijo, un día, tuvo un problema en una tienda porque ya tenía barba, pero no se había cambiado aún el DNI y llamaron al vigilante porque decían que la tarjeta no era suya. La vida diaria puede ser muy dura para ellos. Hace poco, por ejemplo, hicimos una convivencia y lo primero que preguntaron los niños es que dónde era la piscina. Cuando dije que en mi casa, se quedaron tan contentos porque podían estar en tetas. Ellos no van a la piscina porque no quieren que se les vea el pecho. Las niñas lo disimulan mejor, pero los chicos ni se bañan.

-¿El proceso de los chicos es más fácil que el de las chicas?

-En general, yo creo que sí. A las chicas trans les cuesta más aceptarse a sí mismas. Hay que trabajar mucho en su empoderamiento, para que se quieran y no se obsesionen. Ellas se hacen una idea de la mujer perfecta y nunca se ven lo bastante femeninas. A la mayoría les pasa y muchas se encierran en sí mismas.

-Cuando Berto le dijo que era un chico, ¿dónde buscó ayuda?

-Yo no encontraba a nadie. Buscaba y buscaba en Córdoba, pero nada. Luego localicé al presidente de Arco Iris de Andalucía y a Padres y Madres por la Diversidad. Cuando conocí otros casos me empecé a relajar. Mi obsesión era solucionar el cambio de mi hijo en Valencia, así que empecé a moverme. Localicé a una persona de una asociación Lgtbi de allí. Yo hablaba y lloraba por teléfono, del miedo que tenía. Por eso pensé que había que crear una asociación, para que nadie más pasara lo que yo, que hubiera un lugar donde buscar ayuda, información.

-¿Dónde se reúnen?

-Estamos todos los viernes por la tarde en el centro social Rey Heredia y desde el mes pasado hay una oficina de atención, también para las familias, en la Casa de la Juventud.

-¿El proceso de tránsito, la reasignación de sexo, es muy duro?>

-Para unos más que para otros. Al principio, todos sueñan con despertarse un día en el cuerpo que quieren. Luego, a medida que empiezan el tránsito y ven que la gente los acepta, se relajan. Cuando están con sus iguales, se cuentan las cosas y se van sintiendo mejor poco a poco. A la asociación llegan muchas madres asustadas y cuando ven que allí hay gente normal se les va la angustia. Aunque también hay padres que de boquilla dicen que apoyan a sus hijos y por dentro no lo aceptan. En eso no influye el nivel cultural, ni que sean jóvenes o mayores. Hay personas con un nivel cultural bajísimo, que son todo amor y dan un apoyo incondicional a sus hijos, y otros universitarios que son racistas de género, con sus hijos, y no pueden ni quieren asumir la realidad.

-¿Los tratamientos son caros?

-La prestación de la Seguridad Social es lo que es. Hay padres con préstamos para que sus hijos se operen el pecho. Hay cosas que figuran en el protocolo sanitario, pero no se hacen. En Córdoba vamos bien en la asistencia endocrinológica, pero las operaciones... Se les quiere dar la misma calificación que a los cánceres de mama, pero no hay quirófanos, no hay dinero. Si un niño no puede bañarse en la playa hasta que no se opera el pecho, le estamos robando todas esas etapas de su vida. Las operaciones son caras. Los 5.000 euros no hay quien te los quite para la masculinización del tórax. La vaginoplastia, unos 12.000 euros, hasta 20.000 euros. Hay tantos niños que hay que darle una solución.

-¿Cómo se aborda este tema en los colegios?

-Yo he trabajado en escuelas infantiles y muchos niños se han quedado durante años sin acompañamiento por desconocimiento del profesorado y de los técnicos. En el 2014 se aprobó un protocolo de actuación para estos casos. Ese protocolo llegó en un archivo adjunto, sin más. Dos años después, mucha gente no lo conocía. Ahora nuestra asociación (Todes Transformando) ofrece asesoramiento de un sexólogo a los centros cuando se detecta algún caso. Se han dado varias charlas en el Centro de Profesores y en la Escuela de Magisterio. Ustea está repartiendo unidades didácticas en las que se explica que hay chicos con vulva y chicas con pene y se ha notado un cambio en los centros.

-¿Hay muchos niños con vulva y niñas con pene?

-En los colegios se detectan cada vez más porque estamos más pendientes, más abiertos, hay más conocimiento y se están viendo los casos de niños cada vez más pequeños.

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