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LA MEMORIA VIVA DE CÓRDOBA

José Javier Rodríguez Alcaide: "El problema de la izquierda intelectual es creer que siempre está en la certeza"

 

José Javier Rodríguez Alcaide, en su despacho del antiguo Rectorado de la UCO. - SÁNCHEZ MORENO

F. EXPOSITOF. EXPOSITO 03/04/2011

NACE EN BAENA (1938).

TRAYECTORIA DOCTOR EN VETERINARIA, LICENCIADO EN CIENCIAS EMPRESARIALES Y MASTER EN ECONOMIA AGRARIA, FUE DIPUTADO POR UCD EN LAS CORTES CONSTITUYENTES. PROFESOR EMERITO DE LA UCO, DIRIGE LA CATEDRA PRASA DE EMPRESA FAMILIAR DESDE 2000.

Una conversación con José Javier Rodríguez Alcaide da para mucho. Su dilatada trayectoria vital y profesional permite analizar la Córdoba de las últimas siete décadas en profundidad y sin vacilaciones. Sus primeros años transcurrieron en Baena, donde sus padres se conocieron tras ser destinados como maestros a este municipio a principios de los años treinta. En 1950 se trasladaron a Córdoba y tuvo una estrecha relación con el obispo Fray Albino, mientras se formaba en el instituto situado en la calle Alfonso XIII, que se convertiría en el rectorado de la UCO. Después llegarían sus años universitarios en la facultad de Veterinaria, su entrada en la tuna, su marcha a Sevilla para estudiar empresariales o su máster en Estados Unidos entre 1963 y 1965. A su regreso dio clases en la recién constituida ETEA, hasta que aprobó por oposición una plaza en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Al final de la dictadura entró en política, con el Partido Social Liberal Andaluz, y fue diputado constituyente por UCD. Rodríguez Alcaide abandonó la política en 1982 y se incorporó al CSIC. En 1987 fue nombrado catedrático en la UCO. En los noventa presidió el consejo de administración de Diario CORDOBA.

--Usted nació en plena guerra civil en un municipio que fue de los que más padecieron-

--Fui engendrado entre bombas. Estábamos en guerra. Cuando venían las milicias desde Jaén se huía al cortijo del Calabazar, junto al Marbella. Cuando entraban las fuerzas de Franco, volvían al pueblo.

--¿Qué imagen tiene de ese periodo?

--Tengo conciencia a partir de 1943 o 1944. Guardo una buena imagen de Baena. Nací en una casa situada en una esquina de la Plaza Vieja. Recuerdo los jubileos que se celebraban en agosto, las atracciones para niños, los garbanzos tostados, los candelorios de marzo y las caballerías que subían a las casas de los hortelanos. Lógicamente, la gran impresión de la Semana Santa, Jesús Nazareno y los misereres. Después nos mudamos muy cerca. La nueva casa tenía tres patios y estaba en la Puerta de Córdoba, número 2.

--¿Se dio cuenta de los silencios obligados de la época?

--No lo noté hasta mucho más tarde. Con seis o siete años me dedicaba a jugar a la pelota con baenenses como Alfredo Fernández Cubas o Paco Ariza. Los silencios sobre lo que estaba pasando en Baena no llegué a notarlos. Recuerdo a mi abuela, a la que le habían confiscado sus tierras, que estaban entre Obejo y Villanueva de Córdoba. De mi infancia en Baena me acuerdo de que iba a la Casa Reyes, que era una tienda de ultramarinos, a por los cupones para retirar el azúcar y el aceite, de los sabañones, los fríos y el brasero de picón.

--¿Qué le comentaron sus padres de aquellos años?

--No me dijeron absolutamente nada. Había un pacto de silencio. Recuerdo a un chico que se llamaba Antoñín y era muy amigo. Su padre dejó a su madre sola porque se había exiliado a Francia. En mi familia no me enteré de que mi abuelo era masón y que le habían hecho un juicio sumarísimo en Ronda hasta que entré en política, con 38 o 39 años. En mi casa no me comentaron nada de esto, ni de la otra parte, donde también hubo muertos. Me educaron sin esas tensiones, sin ese odio o ese rencor.

--¿Qué recuerda de los años del hambre?

--Recuerdo que mi padre daba clases particulares a los que tenían dinero en Baena y cobraba en especie, en harina, aceite o gallos. Ayudaba a preparar el examen de acceso a la universidad. El hambre la recuerdo perfectamente. La gente iba a coger carihuelas y todas las hierbas que había en el campo para hervirlas y comérselas. No olvido las colas que se hacían para recibir comida los viernes en las iglesias de San Bartolomé y de Guadalupe, y cómo la gente iba a casa de la señorita Julia de Prado, que estaba en la calle Calzada, donde se le entregaba comida.

--¿Se morían las personas por la calle?

--Morían con edema de hambre, es decir, con falta de proteínas, porque te vas hinchando, la sangre se va haciendo acuosa y se morían. En los años 1948 y 1949 me acuerdo de la emigración de muchos baenenses hacia los Pirineos para hacer un pantano.

--¿Cómo era la Córdoba que se encontró cuando sus padres decidieron trasladarse a la capital en el año 1950?

--La primera Córdoba que me encuentro es Ciudad Jardín, que era un barrio bastante poblado. Viví tres meses en la barriada. En septiembre nos fuimos al Campo de la Verdad. Yo iba al instituto. Mi vida desde los 12 años y hasta la universidad transcurría entre el Campo de la Verdad y el instituto, situado en la calle Alfonso XIII. Los veranos iba a casa de mi abuela o me quedaba en Córdoba pasando calor y bañándome en el río Guadalquivir.

--¿Era muy diferente este ambiente con el del pueblo?

--Yo no lo noté mucho, porque, en el fondo, la barriada de Fray Albino era un pueblo. Con los amigos de instituto no tengo más relaciones que las propias del instituto y mis verdaderas amistades son las del Campo de la Verdad.

--Socialmente, ¿cómo era la Córdoba de entonces?

--En el instituto me incorporo a la cultura a través de la catedrática Luisa Revuelta, que nos animaba a ir al Círculo de la Amistad a escuchar conferencias, oír música o ver teatro. También iba a los billares de San Alvaro o en Marqués del Boil. Cuando bajaba al Campo de la Verdad nos deteníamos a jugar al futbolín cerca del conservatorio de Santa Ana o nos parábamos debajo de las palmeras de la catedral para coger los dátiles. En Baena vivía en un barrio de jornaleros y hortelanos, y en Córdoba, en un barrio de trabajadores.

--¿Qué recuerdos tiene del obispo Fray Albino?

--La imagen de Fray Albino la tengo muy cercana. Entre 1954 y 1958 pasaba por el barrio y enseñaba las casas a dirigentes de la época. La casa piloto era la de mis padres. Fray Albino siempre llegaba a mi casa por la tarde. Llamaba, le abría y me instaba a que subiera a estudiar. "No te preocupes, yo enseñaré la casa", me decía. Cuando terminaba subía a la habitación y me preguntaba por los estudios. Era un hombre curiosísimo. Vestía de blanco, con la capa negra que traía, su nariz y sus ojos extraviados. Algunos lo consideraban un hombre muy serio, pero conmigo se portaba muy bien, dentro de la rudeza del asturiano. Una vez vino con el abad Pierre, otras con personas importantes, con algún ministro,- En el instituto estaban los alumnos de la clase media, hijos de profesionales liberales. Los adinerados y ricos iban a La Salle y al Cervantes.

--Por esos años surgió el Grupo Cántico en Córdoba. ¿Había ambiente cultural en aquella época?

--En Córdoba había dos teatros, el Duque de Rivas y el Gran Teatro. El Liceo Artístico y Literario tenía grandes actividades musicales, conferencias y teatro. Como estaba en el instituto, doña Luisa Revuelta nos incitaba y nos obligaba a ir a actos culturales. Viví un mundo cultural excelente en aquella época. En el Campo de la Verdad tuve otro enfoque cultural distinto. Hacíamos teatro, estaba en la rondalla de Fray Albino, donde tocaba el laúd, y jugaba en el equipo de fútbol. Viví un ambiente bastante sano. En la parroquia, por mi edad, el cura me decía que preparase conferencias y con 14 o 15 años empecé a dar charlas. Para mí fue una formación de príncipes. Yo me aproveché de esa riqueza cultural en el instituto y en la facultad de Veterinaria.

--¿Qué se comentaba del Grupo Cántico en aquel periodo?

--Yo era más joven y conocí a sus integrantes bastante después. Aquello era muy minoritario. Oía hablar de ellos, no como Grupo Cántico, sino como personas. Molina, Aumente o Bernier iban a la taberna de La Rinconada, en el Campo de la Verdad, a escuchar flamenco. Sabíamos que venían por ciertos motivos, no solo por el flamenco, porque eran artistas y se salían de lo normal. Entonces, el grupo era un núcleo muy minoritario. Doña Luisa Revuelta, que tuvo algún contacto con ellos, nunca nos dijo que fuéramos a un recital de ellos. El periódico era Diario CORDOBA, que se compraba en mi casa todos los días.

--¿Qué sectores sustentaban la economía de los años sesenta?

--Córdoba era una ciudad más industrial. Hoy nos queda la fábrica de cemento, ha desaparecido la de porcelana, queda muy poco de la Electromecánica o de Cenemesa. Proporcionalmente, para el tamaño que tenía Córdoba, era una ciudad bastante industrializada, con un peso grande del sector agrario. Recuerdo que los trabajadores iban en bicicleta o en el autobús de la Letro . Eso se fue agotando con la crisis de los setenta y los ochenta. Lo que sí se echaba en falta eran los servicios, pues no estaban muy desarrollados. La agricultura pesaba mucho y se notaba porque tenía presencia en la Diputación de Córdoba, el Ayuntamiento o la Cámara. Había preocupación por los temas económicos. En 1963 surge ETEA. Supuso un gran impacto para el estudio económico de Córdoba.

--¿Cómo recibió la democracia?

--Para mí llegó, como todas las cosas de mi vida, de una manera natural, nunca revolucionaria. Yo entré a luchar por la democracia al morir Franco. Años antes había estado dirigiendo la organización científica del instituto de desarrollo regional de la Universidad de Sevilla. Se creó en 1972 por el profesor Clavero y a mí me nombraron coordinador científico. Entré en contacto con el núcleo de los fundadores del Partido Social Liberal Andaluz, con Clavero, Olivencia... En Córdoba, formé el grupo. Cuando en 1976 se sabía que iba a haber un referéndum por la reforma política, empezamos a movernos de manera clandestina por Córdoba y los pueblos. Sabíamos que iba a haber un partido, pero no cómo quedaría. En enero de 1977, cuando se fundó, Córdoba tenía 250 o 300 militantes. En la primera lista por Córdoba, Calvo Sotelo le dio poder a Cecilio Valverde y confeccionó una lista. Primero iba yo, después Carmelo Casaño y el tercero iba a ser Luis Marín, que quería ir de segundo y no se presentó al final. Entonces entró Antonio José Delgado de Jesús. Sacamos tres actas. Fue una época curiosa porque fue muy efervescente. Todo se estaba creando. Salvando al PCE, no había nada organizado. El PSOE tuvo suerte, pero organizado no estaba. En aquellos momentos había miedo e incertidumbre por lo que iba a pasar. Había mucha gente escondida debajo de las mesas que luego salieron y se pegaron al viento que bien corría. Solo algunos dimos el paso por una responsabilidad histórica. En 1982 abandoné la política y volví al puesto de investigador.

--En sus memorias dice que las personas que no eran de izquierdas estaban mal vistas.

--Los que éramos de centro lo pasamos mal, porque la gente del antiguo régimen nos consideraba traidores; y la izquierda, como siempre da carta de ciudadanía, no nos consideraba demócratas. El problema de la izquierda intelectual es creer que siempre está en la certeza. Fue un momento complicado. La familia estaba preocupada porque te encontrabas entre dos fuegos. Viví, como mi padre, en equilibrio. El gran problema de la sociedad actual es que es muy unidimensional. Las personas tenemos múltiples facetas y visiones muy distintas según de lo que estemos hablando. La situación que vivimos ahora, de descalificaciones y de etiquetar todo, no me parece adecuada. Eso existía entonces, pero desapareció, aunque hemos vuelto a lo mismo.

--Usted se encontraba el 23-F en el Congreso cuando se produjo el intento de golpe de estado de Tejero, ¿Qué recuerdo tiene?

--Aquel fue un momento de gran tensión. Lo que me produjo más impresión es que hubiera un guardia civil al frente de aquel golpe y entrara dando tiros. Yo quería mucho a mi abuelo, que terminó de capitán de la guardia civil. Tenía un concepto de la benemérita, como el que tengo ahora, muy serio, de servicio a la patria. Todo se vino abajo.

--Después llegó la integración de las dos cajas cordobesas...

--Lo viví muy de cerca, porque en 1973 yo era director del gabinete técnico de Cajasur. Salí de allí porque me llamó Clavero y Miguel Castillejo entraba de presidente. Mi vocación era universitaria. Yo cambié el sistema informático e implanté los ordenadores con terminales. Después fui consejero de la Caja Provincial y llegué a ser vicepresidente, con Miguel Manzanares de presidente. Vi los cambios de la caja. Yo no estuve a favor de la fusión con Cajasur. Defendía más el eje Córdoba-Málaga, frente al eje político de Sevilla, porque creía que era más adecuada una fusión con Unicaja. Todo estaba casi hecho, pero vino una contraorden y se paralizó. No fue porque Braulio Medel no quisiera, sino que la orden se dio desde Sevilla para que no se produjera. Alguien muy importante de la Junta no quiso esa fusión. Después se vio que la fusión de las dos cajas no era muy natural y la prueba es ver cómo fue evolucionando y cómo terminó, pues fue una fusión por absorción, cuando debería haber sido por integración. A mí no me gustó. Los primeros años fue bien, pero hemos visto lo que ha pasado. Después, aposté por la fusión de Cajasur con Unicaja, sabiendo que tenía que digerir un problema grave. BBK, que era la primera caja en solvencia, hoy no lo es.