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CRÓNICA

La familia de la vieja nave de Calmante Vitaminado

Un cordobés de 72 años comparte su vida con dos familias rumanas desde hace varios años en una nave abandonada de Chinales a la que el juzgado ha puesto fecha de desalojo. Desde que entraron, han limpiado, reformado y adaptado el lugar

 

Pepe, a la derecha, con los dos matrimonios y los niños con los que convive en Chinales. - SÁNCHEZ MORENO

Araceli R. Arjona Araceli R. Arjona
25/06/2019

Esta es la historia de dos familias de emigrantes pobres que adoptaron a un cordobés de 72 años, la historia de un cordobés repudiado por los suyos que buscó cobijo y cariño junto a una familia de rumanos. El relato transcurre en la antigua nave de Calmante Vitaminado, en Chinales, un edificio que fue estandarte del analgésico más vendido de los años cincuenta y que ahora calma el sentimiento de exclusión de un grupo de desheredados.

El narrador de la historia se llama Pepe, un jubilado que un mal día vio cómo su vida se truncaba cuando, con 68 años, su mujer le pidió el divorcio. «Yo pensaba que el matrimonio sería para toda la vida, pero no fue así, lo que peor llevo es que mis tres hijos no quieren saber nada de mí», lamenta, «he podido hacer cosas mal, pero también he trabajado mucho por sacarlos adelante, tengo dos hijos policías nacionales y una hija que es ATS y que para mí fue el mayor regalo de la vida cuando nació». También tiene cinco nietos a los que no ve desde el 2014. Angustiado por la soledad, decidió acercarse a la nave de Calmante Vitaminado, donde se enteró de que vivía un grupo de rumanos a los que quizás él podría ayudar a cambio de su compañía. «Lo he pasado muy mal y todavía lloro cada día», afirma serio. Luego, se recompone: «Yo he sido electricista, pero también soy un manitas y he hecho de todo, de fontanería, albañilería...», comenta mostrando sus manos mientras los hijos de Daniela, que tienen a su abuelo materno al lado, lo miran atentos.

La entrada a la nave está presidida por una especie de recibidor donde se encuentra la mesa de comedor, cubierta por un mantel y adornada con un jarrón y flores de plástico. A los lados, antiguas estancias de la fábrica han sido pintadas y acondicionadas para que parezcan una vivienda. En la planta de arriba, almacenan las cosas que encuentran en la basura como ropa o zapatos que están en buen estado y que revenden a grupos de marroquíes que las envían a Marruecos.

Daniela tiene 37 años y conoció a Pepe hace una década, cuando iba a pedir a un supermercado al que él también acudía. «Que yo recuerde, solo le compré una vez un pollo, nada más», comenta él, que se fue a vivir a una parcela rústica que tenía cuando dejó su casa. «Tenía una cuerda colgada en un árbol y me levantaba cada día a mirarla, pero nunca me atreví a dar el paso», asegura, «perdí todo mi estatus social, entré en situación de ansiedad y ahora ellos son mi segunda familia», asegura Pepe, que llegó a vender la tierra que tenía para irse a Rumanía a empezar una nueva vida con ellos. «El dinero que conseguí lo invertí en abrir un pozo y dar un dinero para una casa, pero me estafaron y tuvimos que volver», explica. Daniela llegó a España con 14 años, recién casada con su marido, dos años mayor, y ya lleva 20 años en Córdoba, que considera su hogar. «Por muy mala que sea esta vida, es mejor que la que tendríamos en Rumanía», explica.

La primera vez que se instaló en la nave fue hace unos ocho años. «Esto era un vertedero, la gente venía a soltar la basura, pero no teníamos dónde vivir, necesitábamos un techo y nos metimos», relata, «estuvimos un año hasta que vino un hombre en un taxi que dijo que era el dueño, nos enseñó unos papeles del juzgado y nos que pidió que nos fuéramos». No querían problemas y se fueron sin perder de vista sobre lo que pasaba con la nave. «Pasó el tiempo y nadie vino a hacer nada aquí», afirma, «así que volvimos hace tres años».

Bajo el mismo techo, se instalaron varias familias, primos, hermanos unos de otros que ya no están. Pepe interrumpe el relato. «Porque son gitanos, no los quieren en Rumanía y tampoco aquí, pero luego todo el mundo habla de los derechos humanos, tienen hijos, son buenas personas, yo lo sé, no se les puede dar de lado», reivindica convencido.

El día a día de Daniela y su familia es rutinario. «Nos levantamos temprano, el café y a trabajar». El trabajo de ella y su prima Elena, que sufre hipertensión, es pedir por la calle y preparar la comida antes de las dos, hora a la que llegan a almorzar los maridos, que pasan las mañanas buscando chatarra. Ni Daniela ni su marido, sus hijos o su prima han ido al cine o al teatro alguna vez, tampoco han visto el mar aunque el año pasado Pepe los llevó a todos un día a la piscina. «Lo pasamos muy bien», dice Daniela entre risas.

Juntos han logrado crear un ambiente de hogar en una nave rodeada de trastos abandonados que, a todas luces, no debiera ser la casa de nadie. «Si nos echan, nos tendremos que ir debajo de un puente y eso sí que es peor, ahora con el calor más aún», cuenta Daniela, que piensa en sus hijos, de 8 y 12 años. Como otros rumanos que viven en España, aprendió el español en su país, «escuchando las telenovelas», dice, «allí se ven mucho». Ahora entiende todo, pero mantiene su acento intacto. «¿Que si me siento discriminada aquí? Un poco, la gente te mira como... la rumana esa, no sé», explica, aunque no sabe muy bien si las miradas tienen que ver con su origen rumano, con su etnia gitana o con su condición de pobre. «¿Si me tocara la lotería? Jajajaja, no sé cómo me mirarían, no sé de verdad». Pese a todo, también hay mucha gente que les ayuda. «Nos traen electrodomésticos viejos para la chatarra, hay gente buena».

El día a día de Pepe empieza llevando al cole a su nieto adoptivo, el pequeño, que dice tener muchos amigos y pasarlo muy bien en la escuela. Su hermano apenas chapurrea el español. Llegó aquí más mayor y tiene problemas de aprendizaje, así que falta mucho a clase.

Hiperactivo pese a su edad, Pepe se esfuerza por mantener unas condiciones de vida dignas en la nave. «Si pudiéramos hablar con los dueños de este sitio, nos ofreceríamos como guardas, quizás podríamos pagar un alquiler y que nos dieran una máquina para retirar todo lo que hay tirado alrededor, lo mantendríamos en condiciones, pero la propiedad de esta nave pasó de un banco a un fondo buitre y ahora está en manos de Coral Homes».

A principios de mayo, recibieron una orden de desahucio y recogieron todo por si los echaban, pero finalmente no se ejecutó. «Vino gente a solidarizarse de varios colectivos», señalan agradecidos, "asociaciones como Acisgru (Asociación Cordobesa para la Inserción de Gitanas Rumanas) están pendientes y nos echan una mano". Hace unos días recibieron un nuevo aviso de desahucio para el próximo 2 de julio. «Ojalá no tengamos que irnos de aquí».

   
1 Comentario
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Por gañán de Fernán Núñez 10:48 - 25.06.2019

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Está muy bien. Somos los mejores. Bienvenidos. No se cuanto tiempo la sociedad española seguirá admitiendo estas usurpaciones de la propiedad privada,pero mientras dure,vosotros aprovecharlo. Gracias por limpiar un poco la nave y no exigir al ayuntamiento que os la limpien los servicios municipales.