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COLABORACIÓN

¡Auxilio!

 

Mujeres y niños llegando a la costa tras cruzar el mar en patera. - EFE

Carles Francino Carles Francino
28/07/2019

Auxiliadora tiene cara de felicidad y hace honor a su nombre: se dedica a ayudar a los demás. Quizá por eso sonríe tanto. Es directora general de la Fundación Emet Arco Iris, que atiende a personas en situación de vulnerabilidad. Pudo seguir en el mundo de la empresa, pudo colocarse las gafas de no ver nada, pero decidió abrir los ojos e intenta que los demás los abramos también.

La otra tarde en la radio explicó detalles del proyecto que gestiona en Córdoba: el centro Ödos. Y después de conversar con ella me quedé con la duda de si se ha inventado algún nombre para definir la capacidad de convertir en invisibles aquellas cosas que nos molestan o nos incomodan. Porque está claro que en esta sociedad tan guay y moderna conviven la hiperexposición de las chorradas más inocuas con el ocultamiento de los problemas más lacerantes. Por ejemplo, ¿alguien sabe dónde acaban las mujeres migrantes que llegan a España embarazadas o con bebés? Pues no. Nadie les sigue la pista.

En cuestión de días, semanas a lo sumo, desaparecen del mapa. Sí consta que algunas –o bastantes– son captadas por las redes de trata y terminan explotadas sexualmente; a veces sus hijos van en el mismo pack. Pero del resto lo más habitual es perderles el rastro porque no existe un sistema de acogida y protección digno de tal nombre. Era peor hace unos años, cuando se las expulsaba con tarjeta roja directa; ahora simplemente las ignoramos: a ellas y a los niños.

Las oenegés y el Defensor del Pueblo llevan tiempo desgañitándose sin ningún éxito, pero el último informe de esta institución destaca precisamente el proyecto piloto de Ödos como ejemplo a seguir. El centro abrió hace apenas un año, no recibe ninguna ayuda pública, tiene una capacidad de 40 personas y prioriza su recuperación física y psicológica. Algunas de esas mujeres, como Aissata, desmienten el tópico de que los migrantes son gente miserable y poco formada. Al contrario, hablamos de una licenciada universitaria que pasea orgullosa dos mellizos rechonchos que apenas caben en el carrito.

De hecho salió de Guinea Conakry por miedo a que una cesárea defectuosa acabara con la vida de los tres; su marido es ingeniero y ahora espera reencontrarse con él a través de un amigo que tienen en París. Pero nada de eso sería posible sin el milagro de Ödos; sin su auxilio. Auxiliadora tiene un apellido muy corriente, Fernández, pero lo que hace es excepcional.

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