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REPORTAJE

«El patio me carga las pilas, me da vida»

Cuatro cuidadoras de recintos en concurso que han pasado o están pasando por una enfermedad relatan el efecto terapéutico de las plantas

 

Celeste y Marina, madre e hija, en su patio de Mariano Amaya. -

Araceli R. Arjona Araceli R. Arjona
10/05/2019

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Paseando por los patios de la Judería.

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Un pasillo largo salpicado de verde conduce al limonero que da sombra al patio de Elisa Pérez (Pozanco 21), la mujer que con su voz grave y semblante amable saluda a las visitas mientras teje. Elisa lleva 25 años participando en el Concurso Municipal de Patios, pero este año se ha perdido los preparativos por culpa de un edema en las piernas que la ha mantenido recluida en el hospital un mes. «Antes de ingresarme dejé las plantas sembradas, pero no he podido colocarlas, llegué el viernes pasado y mis dos sobrinos, Carlos y Jose, ya se habían encargado de todo», explica, «estar lejos del patio me sienta fatal, sentarme en mi rincón, rodeada de mis flores, me da la vida». Sus sobrinos han aprovechado para hacer algunos cambios. «Ella manda mucho así que este año hemos colocado as macetas muy tranquilitos», bromea Carlos, mientras Elisa sonríe enfrascada en su labor de croché, sentada en su silla, en el rincón de siempre. «Le estoy temiendo al fin de semana, por la cantidad de gente que se espera y el calor, de momento, estoy muy bien, estar de nuevo en casa es un gusto».

A unos metros, en la calle Mariano Amaya 4, vive Marina Muñoz, que también ha estado pachucha en las semanas previas al concurso. «Cogí un resfriado, y como tengo solo un pulmón, acabé ingresada porque la tos no se me iba», explica, «ahora ya estoy bien, este patio es mi segundo pulmón, me carga las pilas, aquí no me falta el aire». A punto han estado este año de no participar en la cita porque en marzo diagnosticaron a su hija Celeste, la que la ayuda con el trajín floral, un cáncer de mama. Marina y Celeste son dos polvorillas que derrochan energía por donde van. «Esto es una piedrecita que nos hemos encontrado en el camino», dice la hija, «así que me empeñé en que había que abrir sí o sí y aquí estamos».

Las casualidades han querido que este año tengan ayuda extra de alumnos del ciclo de jardinería del IES Galileo Galilei. «Ha sido una suerte porque la quimio te deja sin fuerzas y además hemos podido intercambiar opiniones con los chavales, que saben mucho de plantas», afirma Celeste, que tiene la costumbre desde hace algunos años de colocar en cada planta un cartelito con su nombre. «La gente te lo agradece porque le ayuda a reconocer especies y aprenden de las plantas que tenemos en los patios», comenta. Sonriente, explica que además de la piedrecita ha recibido un regalazo, la llegada de su nieta María, de seis meses, que ya encabeza «la cuarta generación de patieras de la familia», subraya. A ella, como a su madre, el patio le insufla vida. «Esto da mucho trabajo, pero también alegría».

Rosario Torrealba (Céspedes 10) pasó hace unos años por lo mismo que pasa ahora Celeste, un cáncer de mama. «En 2017 me dieron el alta», recuerda, «después de cinco años, de quimioterapia y radioterapia». Según su testimonio, «cuando me diagnosticaron y durante el tratamiento estuve bien, pero luego me dieron bajones de ánimo y para mí cuidar de mis plantas y estar en el patio (donde suena el agua de la fuente, su canario españolito y, a menudo, música clásica) fue algo terapéutico». Con sus flores lograba «desconectar, relajarse», afirma, «aunque también me he peleado y desahogado mucho con ellas, aunque no tuvieran culpa de nada», bromea simpática mientras muestra las novedades florales de este año.

Ni Pozanco 21, ni Mariano Amaya 4 ni tampoco Céspedes 10 tienen premios. «Mi premio es conocer gente en mi propia casa», dice Rosario con la sonrisa desplegada, «mi patio es mi rincón de la alegría».

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