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contracorriente

Víctor Sampedro: «Enseñar a programar es tan vital como aprender a leer»

Catedrático de Comunicación Política y Opinión Pública. Presenta su libro 'Dietética digital: para adelgazar al Gran Hermano'

 

Víctor Sampedro: «Enseñar a programar es tan vital como aprender a leer» - AJ. GÓNZALEZ

Pilar Sepúlveda
06/04/2018

-El Menú 4 de su libro se inicia con el concepto “La tele de los pobres”. ¿A qué hace referencia?

-Una de las originalidades del libro es que habla de los efectos de la tecnología digital pero no mirando al futuro sino también al pasado. Para pensar lo que va a pasar con las redes sociales (RRSS) ya tenemos la TV digital. Si se analizan las redes teniendo en cuenta lo que ya ocurre en los realities, en la mal llamada ‘telerrealidad’, lo que se constata es que la tecnología digital en vez de igualar las capacidades expresivas, de puesta en escena por parte de los actores sociales, lo que hace es contribuir a mayor desigualdad. Es decir; se nos prometía que íbamos a protagonizar una TV, que la íbamos a votar y que por tanto iba a haber una ‘teledemocracia’. En cambio, lo que vemos son programas que degradan a las clases populares y ensalzan a las clases altas. Incluso en las redes las meten en el mercado de las celebrities.

-Otro concepto que me ha llamado la atención es el de ‘McTele: escuela de políticos’.

-Arrancamos el siglo XXI con la promesa en los realities de una ‘teledemocracia’ y luego eso evolucionó hacia la ‘ciberdemocracia’. Era en las redes donde íbamos a plantear sin inhibiciones lo que eran los problemas cotidianos de la gente, íbamos a cuestionar también discursos elitistas, a introducir nuevos temas en la agenda pública; en fin, a tomar parte en el debate público. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Las clases altas obviamente, y sobre todo algunos dirigentes políticos, convirtieron primero la TV digital en una máquina de celebrities. Trump es el mejor ejemplo de todo esto; durante una década entera fue un empresario de lucha libre, también de misses y luego protagonizó un reality del cual era productor. Eso le sirvió para construirse una marca. De hecho, es un empresario que adquiere capital cultural de conocimiento público gracias precisamente a la industria cultural que él empieza a mover. Y lo que ocurre luego es que saltan a las redes para desde Twitter actuar como trolls y en Facebook para dirigir una publicidad y unas fake news a segmentos de la población muy determinados y condicionar de esa manera su voto.

-¿Hay un sector de la población más susceptible a viralizar las denominadas ‘Fake News’?

-Son los contenidos que mejor funcionan en las RRSS, teniendo en cuenta algoritmos que explotan las peores tendencias psicológicas que tenemos. Viralizan aquellos mensajes más impactantes que provocan más conexiones y más flujo de información, porque así recaban más datos. A ninguna plataforma de las mal llamadas RRSS le importa un bledo si los mensajes y los contenidos son reales o beneficiosos para la sociedad o para un conjunto determinado de ciudadanos. Lo único que buscan es detectar el mayor número de datos para luego poder dirigir mensajes adaptados a perfiles muy específicos de la audiencia.

-Michael Moore vaticinó que Trump ganaría los comicios cuatro meses antes de que comenzaran, en su ensayo ‘5 reasons why Trump will win’. ¿Imaginaba también este escenario político? ¿Cómo ha influido el filtrado de datos por parte de Facebook a Cambridge Analytica?

-Hay que tener en cuenta que Trump, tras una década de realities, se erige en un icono de la cultura popular, el gran empresario que además controla los concursos de belleza y de fuerza física. Se convierte en una figura pública que no necesita pagar un solo anuncio de televisión. De hecho, sus mítines son una continuación de sus realities. Las TV locales, muy importantes para los votantes que captó, pinchan en directo sus actuaciones debido a la tensión que crea y al gran espectáculo que genera. Luego, emplea todo su dinero en RRSS, en concreto Facebook y en vez de motivar voto lo que hace es desmotivar a votantes demócratas en algunos estados muy particulares. Los identifica gracias a los metadatos (Big Data) que recaba de Facebook y les dirige a ellos noticias falsas, informaciones y anuncios cuya eficacia ha sido previamente testada en experimentos. Así, logra desincentivar núcleos de votantes muy precisos en algunos estados, de forma que gana no en votos (perdió por tres millones) pero sí en electores presidenciales, que son los que en cada estado eligen al presidente. Entonces de lo que se trata es de desmotivar voto contrario y movilizar en cámaras de eco, es decir en comunidades de votantes muy dura, a una población afín. De manera que los extremistas, los supremacistas blancos, supremacistas heterosexuales… adquieren en la red un extremismo que normaliza otras posiciones autoritarias en lo que es al resto de la población. Es un uso muy maquiavélico, que se basa en los rasgos psicosociales de la audiencia y que experimenta con ella para encontrar los mensajes de mayor efectividad.

-Las empresas y políticos que compran a esta información, ¿tienen un interés particular en cierto tipo de datos, o acceden al ‘Big Data’ y luego se analiza?

-La tecnología digital en vez de ser interactiva, se ha dirigido sobre todo a monitorizar, vigilar y experimentar con la audiencia. Nosotros somos más transparentes para los poderes económicos y políticos de lo que lo son ellos para nosotros; pueden influirnos de manera más fuerte de lo que nosotros condicionar lo que nos ofrecen (los programas políticos y los bienes y servicios). Con el Big Data lo que tenemos que recordar es que cada vez que hacemos algo en un dispositivo digital estamos dejando un rastro que dice quién somos, dónde estamos, qué hemos hecho antes y qué haremos después (esto son las cookies); y además lo relaciona con observaciones en tiempo real. De manera que el Big Data son un enorme conjunto de datos, registrados en tiempo real y luego analizados para poder hacer ensayos de efectividad de determinados mensajes para posteriormente canalizarlos de manera muy específica a aquellos grupos donde tiene mayor impacto.

-¿Y estadísticas también?

-Sí. Lo más interesante del Big Data es que, al contrario que las ciencias sociales, no intenta entender por qué ocurren las cosas. Las almacena, construye modelos estadísticos y ve qué es lo más efectivo para los objetivos del cliente que pide un análisis. Por ejemplo; el Big Data se utiliza actualmente para los mercados bursátiles, de forma que se construyen bases de datos gigantescas de infinidad de factores de modo que los algoritmos calculan cuál es el movimiento especulativo para hacer y el ordenador, por fracciones de segundo, hace las inversiones más rentables. Todo esto es al margen de por qué sube o baja el precio de los productos o las condiciones de vida de una población o el valor de un bien determinado en el mercado de bienes, la bolsa, etc. Es pura y simplemente la búsqueda de la máxima eficacia y el máximo control sobre la demanda.

-En el libro habla también de la figura del troll. ¿La red social ha destruido nuestra capacidad para debatir?

-Pues sí. La ha destruido por varias cuestiones. Primero: porque las RRSS y los buscadores han generado núcleos, de las mal llamadas comunidades digitales, que consumen aquellos mensajes que más gratificación inmediata les producen. Jamás cuestionan los prejuicios o llevan la contraria a las tendencias mayoritarias, de manera que se forman grupos de votantes y ciudadanos que apenas se comunican entre ellos y que se alimentan de discursos de autoconsumo que satisfacen necesidades muy primarias de aprobación y refuerzo. Por otra parte, es muy importante recordar que gran parte del flujo de noticias está generado por robots. Muchas veces estamos contestando y retuiteando mensajes que no están producidos por humanos, sino por máquinas y algoritmos construidos para generar determinados mensajes y debates. Realmente no estás debatiendo con nadie, sino con una enorme maquinaria que está inventando una corriente determinada de pensamiento. Las RRSS no están ni para educar al público, ni para informar al votante, ni para crear debates sociales; son plataformas de supervisión, monitorización y experimentación de usuarios. Es un negocio publicitario, no informativo.

-Dada la situación actual es imposible eludir la analogía con ‘Un Mundo Feliz’. ¿Vivimos en una distopía como la ideada por Huxley? ¿Es Facebook, Instagram, y en definitiva las RRSS y la tecnología mal comprendida el genuino soma de la sociedad?

-Sí. Esa es la clave. La red tiene dos caras: en manos del Estado que vigila, de los servicios de espionaje, de la policía, etc, se parece mucho al Gran Hermano de la novela de Orwell, que vela por el bienestar de los demás recortando sus derechos de expresión (lo vemos por ejemplo ahora con las leyes mordaza, las incitaciones al odio y a la rebelión que se están dando en España). Pero el mercado adopta un mensaje publicitario y unas estrategias de legitimación que se parecen muchísimo al Mundo Feliz de Huxley. No es tanto 1984 como el Mundo Feliz en el cual el soma del consumo, el soma de la marca digital y de la reputación en las redes, la aprobación de los demás, los likes y los seguidores se convierten en el alimento del ego y la autoestima, de la felicidad, el reconocimiento público. Sí, parece que nos contentamos con eso y en cambio nos olvidamos de que la dignidad y el reconocimiento público dependen de ejercer unos derechos y tener garantizadas unas libertades. El reconocimiento, sobre todo, depende del apoyo de nuestros círculos más cercanos; de las redes que realmente son sociales, y esas son de carne y hueso.

-Nos rodea un software que no comprendemos, en una era digital confusa profundamente mercantilizada y que juega en detrimento de la sociedad. Aprender a programar, o al menos conocer conceptos básicos de programación, es vital pero no se enseña en las escuelas. ¿Cómo accedemos al código fuente y exigimos licencias de código libre sin concienciación ni formación?

-Sí, la solución pasa por la educación. Primero, por ser conscientes de todo lo que hace la tecnología sin que le demos permiso. Segundo, poder intervenir en esa tecnología. La única manera es utilizando código abierto: que puedas entrar al código fuente y cambiarlo según tus necesidades y objetivos. O esto se enseña en la escuela, o pura y simplemente somos víctimas de una maquinaria tecnológica; sujetos pasivos. Enseñar a programar es ahora tan importante como enseñar a leer o escribir. De hecho, el código informático y el código genético son los que están marcando el rumbo de la evolución social. Es una locura no introducir el software libre en el sistema educativo y la administración pública, no solo por lo que estoy diciendo, sino también porque al ser código libre es gratuito; es decir, solo pagamos actualizaciones o adaptaciones de aplicaciones. En Reino Unido la administración ha migrado del código cerrado y lo ha hecho porque en época de crisis eso significaba un ahorro considerable.

-También algunos gobiernos latinoamericanos como el de Brasil han renunciado casi enteramente al software propietario y ya han aplicado el software libre en sus administraciones públicas. En España se aprobaron unas tibias medidas legislativas al respecto, pero el cambio no se ha efectuado. ¿Podemos esperar que las instituciones lo apoyen de facto?

-Pues es difícil, porque las empresas tienen ahora mayor poder que los gobiernos. También las empresas digitales tienen un poder gigantesco sobre los medios de comunicación y los partidos políticos. No en vano periodistas y líderes políticos deben gran parte de su publicidad a la presencia en estas redes digitales. Pero la introducción del software libre en la administración pública y en los niveles más primarios de la educación básica de la ciudadanía, es la primera, necesaria e imprescindible medida de cualquier fuerza que se autodenomine, no ni siquiera progresista, sino de cambio social. En cambio, estamos viendo cómo las universidades están dando sus correos corporativos a Google o Microsoft. La pregunta que surge es inmediata: ¿qué podemos innovar frente a los norteamericanos si ellos en tiempo real están registrando las conversaciones y los intercambios de nuestros científicos?

-Su libro nos plantea retomar el control de la tecnología digital, reprogramando el consumo de la tele y las redes digitales. ¿Es la única salida? ¿No puede detenerse la filtración de información sensible por parte de las multinacionales implicadas, o aplicar medidas legales contra ellas?

-Lo que Cambridge Analytica ha puesto en evidencia es que a Facebook no le importaba que una compañía privada pudiera hacer un uso ilegítimo y muy poco ético de los datos que existían. Tenían conocimiento de que lo hacían, pero no hicieron nada por impedirlo ni denunciarlo. ¿Por qué? Es parte de su negocio; dar los datos que requieren sus clientes para campañas publicitarias. O regulamos el uso que se está haciendo del Big Data o simplemente somos una población observada, monitorizada y potencialmente manipulable. Por otra parte, el libro entiende reprogramación de la siguiente forma: primero, construyamos una programación propia. Podemos ver, y el libro lo sugiere, un montón de contenidos digitales (películas, series, documentales…) que realmente nos dan una idea muy aproximada y certera del papel que jugamos en la esfera pública. Es decir, debemos consumir aquello que queremos, en el tiempo y en los modos que queremos, con aquellos que queremos. Tenemos que retomar contacto sobre la programación que consumimos. Por otra parte, deberíamos ser capaces de reprogramar los realities shows y las RRSS para que, en vez de servir al autobombo de las celebrities o al monitoreo de los consumidores, sirvan para objetivos sociales. Se pueden hacer realities, y los hay, de servicio público, en los cuales las comunidades sí que debaten, participan en la formulación de soluciones y se implican en proyectos pedagógicos. Claro, para eso se necesita una televisión pública que promocione la cultura y no la industria. Por ejemplo, que Operación Triunfo promocione los conservatorios o las bandas de pueblo y no la creación de celebrities que ocupan los primeros puestos de ventas.

-¿Es posible que la ciudadanía una sus recursos, cada vez más limitados por estas empresas, para desarrollar programas e ideas que trasladar a la agenda política? Las redes sociales se han probado insuficientes por ahora. ¿Qué nos puede salvar de la ‘pseudocracia’?

-Hablemos de pseudocracia. Pseudo en griego significa mentira, y cracia poder. Actualmente vivimos en una esfera pública que está inundada de mentiras publicitarias. Si lo que prima es el mensaje que mayor impacto produce, al margen de su veracidad, lo que estamos es debatiendo propuestas políticas insensatas, al margen de lo que dicen los expertos y al margen del riesgo social que podría conllevar. Así resulta muy difícil determinar qué es verdad y qué es mentira y cuál es la solución apropiada y menos riesgosa o más favorable para el entorno social. Estamos retuiteando las mentiras de Trump y concediéndole mayor protagonismo, yendo a remolque, riéndole las gracias al troll que se fortalece. En este régimen de pseudocracia todos estamos colaborando en viralizar la mentira que nos mata.

-¿Son los medios de comunicación cómplices? ¿Hasta dónde alcanza su responsabilidad?

-Es difícil. Por una parte, los medios de comunicación tienen una crisis muy profunda de modelo de negocio y han de redefinir cuál es el rol del profesional de la información. Han recurrido a las redes sociales para vivir a golpe de clic. Si vives a golpe de clic, de lo que estás prescindiendo es de los criterios de veracidad y objetividad; lo único que estás buscando es el impacto y la aprobación social. Eso se hace a toda costa. Y es cierto, los medios de la comunicación sin los algoritmos de las RRSS no adquieren la audiencia que necesitan, pero al mismo tiempo, si se entregan a ellas pierden la credibilidad, que es su capital más importante. La gente se ha hartado de la información convencional porque, y esto sí es responsabilidad de los medios de comunicación, gran parte de la información política que ellos generan viene de gabinetes de prensa y no de una labor de periodismo de investigación ni del control del poder. Disfrazando y vendiendo como información lo que eran relaciones públicas y publicidad, los medios ya habían minado su credibilidad antes de la llegada de Internet. Si luego pasan a depender de Internet para llegar a los públicos y por lo tanto de los algoritmos que más impacto, más sensacionalismo y espectáculo están ofreciendo, todas estas tendencias se agravan. De hecho, Trump y otros muchos políticos anti-populistas han señalado a la prensa como un objetivo a batir, y usan Twitter como un canal de comunicación directa de manera que puedan controlar el mensaje y dar una mayor sensación de espontaneidad y autenticidad, saltándose todos los códigos, el lenguaje políticamente correcto y las normas mínimas de urbanidad.

¿Nuestra propia actitud pasiva en connivencia con las GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft) es una amenaza real para la democracia? ¿Cómo volver a democratizar el Internet que nos prometieron sus creadores en los 80s?

¿Cuál es la responsabilidad de la gente? Hemos optado por utilizar aquellas aplicaciones que se nos presentaban como gratuitas y que nos resultaban más sencillas de manejar. Hemos sido como niños a los cuales se los ha estado alimentado de comida basura, que era muy barata, muy gustosa y muy fácil de encontrar. Sin embargo, nadie nos ha avisado de los peligros de esa dieta digital; nadie nos ha dicho que estamos en nuestro tiempo de ocio trabajando gratis para aquellos que nos van a intentar manipular. Estamos generando conocimiento, poder y un montón de riqueza que se está acumulando en muy pocas manos y se nos puede volver en contra. La única manera de cambiar esto, insisto: pedagogía, aprendizaje, y uso de software abierto. Pero hay esperanza: existen multitud de programadores, de colectivos y pequeñas empresas que están trabajando por redes abiertas, sin un nodo central que monitorice y pueda cortar flujos de información por redes distribuidas en las cuales nadie tenga la capacidad de control. Ahí hay un movimiento que fue el mismo que creó Internet y es el mismo que está intentando reinventarlo. También es cierto que existen gobiernos, partidos y estados que se han dado cuenta que depender de las infraestructuras y de compañías norteamericanas digitales supone la pérdida de soberanía nacional. Y también es cierto que la gente va a empezar a exigir entornos digitales que estén libres de vigilancia, publicidad y mensajes no deseados. Yo creo que hay motivos para el optimismo, el problema está en no cobrar conciencia de que el sobrepeso digital actual puede acabar aplastándonos.