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Ventana a la naturaleza

La migración invernal

La migración invernal de las aves es una estrategia compleja influida por el clima, la disponibilidad de alimento y la capacidad de orientación

Mirlo, especie que aumenta su número en el período invernal, asociado a arroyos y ríos de nuestro entorno.

Mirlo, especie que aumenta su número en el período invernal, asociado a arroyos y ríos de nuestro entorno. / Rafael Arenas González

Rafael Arenas González

Rafael Arenas González

Biólogo

Con la bajada de las temperaturas y el endurecimiento invernal en el norte y centro de Europa, los recursos alimenticios comienzan a hacerse menos predecibles y algunas aves sienten una necesidad imperiosa de desplazarse a otros lugares donde las condiciones invernales son menos duras. Este proceso denominado migración invernal siempre ha llamado poderosamente la atención sobre su justificación y cómo pueden orientarse las aves para reconocer sus rutas migratorias.

Las aves migratorias, durante sus trayectos de larga distancia, utilizan especialmente mecanismos basados en el sol, la luz polarizada y el campo magnético de la Tierra. Se ha determinado que los compases magnéticos fijos suelen producir rutas más eficientes que otros modelos alternativos, aunque las aves probablemente integran diferentes fuentes de información en distintos momentos de su viaje. Un estudio clásico mostró que el ruido electromagnético producido por actividades humanas puede interferir significativamente con el sentido del compás magnético de aves migratorias, que pierden su capacidad de orientarse correctamente, lo que indica que la magnetorecepción es un mecanismo real y sensible que puede ser alterado por campos artificiales.

Durante siete años se estudiaron mirlos europeos y se analizó si migrar en invierno confiere beneficios en comparación con permanecer en el mismo territorio. Usando marcaje-recaptura y telemetría, los autores encontraron que los individuos que migraban tenían un 16% más de probabilidad de sobrevivir al invierno que los residentes. Además, encontraron que los residentes deberían tener un 61,25 % más de éxito reproductivo que los migrantes para compensar los costos de supervivencia al no abandonar la zona de residencia.

Estudios recientes muestran que migrar puede aumentar la supervivencia, pero también que el cambio climático y la actividad humana modifican estos patrones tradicionales.

El endurecimiento o benignidad invernal puede provocar una mayor o menor migración en las poblaciones de aves. En el gorrión nival o alpino se observó que la probabilidad de migrar hacia el sur durante el invierno está correlacionada con las condiciones meteorológicas, especialmente temperaturas muy bajas en la región de cría. Esto indica que la severidad del invierno puede modular quién migra y quién permanece, lo que tiene implicaciones para la conectividad poblacional y respuesta al cambio climático.

Estrategias alimenticias para trayectos tan duros

Para los viajes migratorios las aves deben desarrollar estrategias alimenticias para poder soportar trayectos tan duros. Un estudio sobre currucas capirotadas encontró que durante paradas migratorias otoñales, estas aves no solo acumulan grasa para combustible, sino que seleccionan activamente alimentos ricos en antioxidantes si están infectadas por parásitos. Este ajuste dietético ayuda a contrarrestar el estrés oxidativo causado por el vuelo y las infecciones, lo que cambia la idea tradicional de que durante migración solo es importante comer para «engordar». Otro estudio abordó cómo diferentes aves paseriformes acumulan «combustible» (grasas) antes de la migración otoñal, comparando especies de migración larga y corta. Los resultados muestran que las aves con distancias más largas de migración depositan reservas más rápidamente, un proceso regulado por la duración del día y la disponibilidad de alimento. El éxito del viaje y la supervivencia invernal dependen de esta acumulación, ya que sin reservas adecuadas la migración de invierno y primavera se ve seriamente comprometida.

Espátulas de la Camarga que utilizan diferentes rutas y zonas de invernada presentan tasas de supervivencia distintas. La supervivencia se correlaciona con la distancia de migración, pero no con la ruta migratoria. Durante el intervalo entre el primer avistamiento invernal y el siguiente período reproductivo, las aves migratorias de larga distancia tuvieron la menor supervivencia, independientemente de la ruta elegida. A medida que envejecen parecen afrontar mejor los desafíos migratorios y las condiciones de invernada.

La migración puede verse afectada por los cambios ambientales que se están produciendo a escala global. La actividad humana y el cambio ambiental están alterando los patrones de invernada de especies como la curruca capirotada, que en décadas recientes ha expandido su presencia invernal en latitudes más al norte en Europa, mostrando que los cambios en el hábitat y en el clima pueden modificar las tendencias migratorias tradicionales. Asimismo, en un estudio realizado durante 30 años en los bosques de la República de Tartaristán (Rusia) sobre poblaciones de cuatro especies de aves granívoras durante el invierno, se encontró que el número de todas las especies fluctuó de un año a otro en varios órdenes de magnitud, pero con una importante tendencia subyacente a un incremento en su número asociado con el aumento de las temperaturas y una mayor disponibilidad de alimento.

Todo ello hace que la visión tradicional de que las aves se desplazan más al sur solo tras agotar su disponibilidad de alimento es demasiado simplista. La severidad del invierno, o su ausencia, influye considerablemente en la mortalidad y los desplazamientos de las aves.

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